viernes, 22 de noviembre de 2013

El enfoque del valor

Normalmente, las descripciones de puestos de trabajo, los directorios de competencias y, en general, la mayoría de herramientas para la gestión de los RR.HH ofrecen una visión distorsionada de la realidad cuando se intenta comprender a través de ellos el día a día o las necesidades de las personas de una organización.

Aunque en su génesis se halle lo contrario, estas herramientas, muchas de ellas importadas o clonadas, no suelen estar enfocadas a describir realidades o a resolver problemas de las personas sino a simplificar la complejidad, uniformar la diversidad y alinear teóricamente la organización con el concepto que se quiere tener de ella o, en el peor de los casos, con la imagen que se quiere ofrecer de ella.

Lamentablemente, la distancia entre los datos que ofrecen estas herramientas y la actualidad de la organización recuerda un poco al orgullo que muestran actualmente muchos políticos cuando se jactan públicamente de sus supuestos éxitos que, paradójicamente, se hallan en las antípodas de la hambruna de muchos hogares y la situación socioeconómica de la mayoría de los habitantes de los países que dicen gobernar.

Sea como fuere, es difícil que un trabajador halle respuestas a sus necesidades más inmediatas, ya se trate a nivel de desarrollo como de las responsabilidades de su puesto de trabajo, en la información que suele manejarse al nivel de los departamentos RR.HH. Hoy en día, una descripción de puestos de trabajo difícilmente arroja luz sobre lo que se espera o lo que hace el trabajador y poca utilidad tiene salvo la de ser uno de los pasos habituales para realizar estudios retributivos o la base sobre la cual elaborar abstrusas valoraciones de rendimiento de dudosa objetividad.

Normalmente, las descripciones funcionales de puestos de trabajo acaban siendo compartimentos estancos donde la persona espera encontrar, como principal seña de identidad, la frontera que delimita sus responsabilidades de las responsabilidades de los otros a lo cual suele contribuir eficientemente la organización mediante un organigrama que las suele representar, a todo color, como distintas y distantes. Lejos de ser inocuas, las consecuencias de esta desconexión entre diseño y realidad organizativa son devastadoras.

Para combatir este autismo organizativo, la falta de contacto y el consecuente conflicto que se deriva, personalmente apuesto por un enfoque que he denominado “del valor” a la hora de determinar la razón de ser de una persona en un sistema organizativo y que me ha reportado buenos resultados en varias ocasiones.


En este enfoque, la razón de ser no viene determinada tanto por las funciones o tareas que desarrolla la persona en su puesto de trabajo como por el “valor que aporta” a otras personas, que directa o indirectamente se relacionan con ella o se ven afectadas mediante sus actuaciones.

Por decirlo de otra manera, no es tan importante lo que haga una persona en un entorno determinado [a qué dedica su tiempo o el número de horas que invierte] como la consciencia de los beneficios que reporta y la identificación de los sujetos [personas o roles] que resultan favorecidos por ella.

Se persigue, de este modo, restablecer la relación de transacción que la persona establece mediante su trabajo con el entorno y hace emerger el vínculo de colaboración [aporte, cooperación,..] que subyace en cualquier sistema pero que suele estar oculto entre los pliegues del ensimismamiento que conlleva la descripción clásica y plana del puesto de trabajo.

Aplicar el “enfoque del valor” es relativamente sencillo ya que se basa simplemente en formularse tres preguntas. La relatividad estriba en que es muy probable que lo dificil sea responder a estas preguntas, ya que no solemos darnos el tiempo suficiente ni prestar la atención debida a este tipo de cuestiones.

Las preguntas son:

  1. ¿Qué valor aporto desde mi puesto de trabajo y a quién? El objetivo es identificar los beneficios que se reportan y los beneficiados a los que se dirigen. Esta pregunta permite reconocer el propósito que subyace a una acción y las conexiones de este propósito con la organización [la consabida relación proveedor-cliente].
  2. ¿Qué valor podría aportar y no estoy aportando y a quién? Es posible que hayan potenciales desaprovechados que la persona piensa que podría añadir y no lo hace. Estos aspectos suelen ser variables y emerger paralelamente al desarrollo profesional y con el conocimiento que se va adquiriendo de la organización. De responderse a esta pregunta en el seno de un equipo puede dar pie a un interesante debate relacionado con la reinvención y evolución del puesto de trabajo.
  3. ¿Qué está bloqueando actualmente estas potencialidades? Se trata de identificar las variables que obstruyen aquellas acciones, comportamientos o actitudes que añadirían valor a la transacción. Esta pregunta permite poner sobre la mesa muchos de los resortes que propician la insatisfacción de la persona y el conflicto en el seno de los equipos.

Es importante dejar claro que, con el “enfoque del valor”, no se pretende obtener una relación exhaustiva de todo lo que la persona aporta o con lo que podría contribuir, sino aquello que destaca o que le es reconocido por su entorno. Ni qué decir que este aspecto es diametralmente opuesto a la convergencia y simplificación que requiere la gestión cuantitativa de los RR.HH pero, lejos de ser contrario, ha de ser visto como complementario.

Tampoco busca homogeneizar o estandarizar puestos de trabajo sino hacer emerger, junto a lo que quizás es "esperable", el valor diferencial que aporta la persona en virtud de sus capacidades e iniciativa particular, lo cual, dicho sea de paso, no altera el hecho de que siga siendo sustituible pero en cambio subraya su carácter absolutamente irremplazable.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Este blog ha cumplido 5 años

Hace muy poco surgió una nueva colaboración. Al indagar cómo habían llegado hasta mí me dijeron que hacía un año que seguían el blog: Queríamos traerte y que nos contases en persona sobre lo que escribes, me dijeron. Al punto me hallé pensando en que quizás debiera orientar el blog y enfocar sus contenidos a las expectativas que sospechaba en este tipo de entornos, no sé…, eliminar aspectos personales, añadir más densidad a las especificaciones técnicas, en definitiva, volverlo más serio. Casi al instante volví a caer en la cuenta de que el error en muchos de mis planteamientos está en perseguir aquello que deseo e infravalorar el peso que tiene la espontaneidad en aquello que consigo. Éste es uno de los grandes aprendizajes a los que he llegado.

Este blog es para mí un portal que tan sólo he decidido cruzar, pero que me está llevando a parajes maravillosos e inesperados con la intensidad y a la velocidad que sólo poseen los verdaderos portales.

No sólo me ha llevado a conectar con el mundo mundial y, en definitiva, a la riqueza de la red de relaciones con la que me manejo actualmente sino también a muchas de las principales personas que me están acompañando con su amistad a lo largo de estos últimos años.

Pero sobre todo ha abierto la posibilidad de indagar en mis intersticios, de observarme en la perspectiva de mi deambular, siguiendo las pistas de aquello que voy conociendo para capturarlo en una instantánea que, en cada post, ha hecho las veces de aquella clavija con la que el escalador afianza su recorrido por la pared y que deja ahí para aquellas otras personas a las que le pueda ser útil en su propia escalada.

Éste está siendo uno de los mejores viajes, el más inesperado y el de más valor ya que me lleva a conectar y a meditar sobre aspectos fundamentales de mi trabajo y que, de otra manera, hubieran quedado ahí, asilvestrados, expuestos a la intemperie y al más que probable olvido que conlleva la atención ininterrumpida que reclama un presente demasiado celoso del pasado inmediato en el que se convierte a cada instante.


martes, 12 de noviembre de 2013

El mundo de Cristina



Uno no puede evitar una sensación de desasosiego cuando se halla ante esta pintura. La estrecha franja que el autor le ha reservado al cielo y la inmensidad de un prado capturada entre los límites del lienzo obligan a dirigir la mirada hacia el suelo donde yace la figura solitaria de una mujer que se yergue con el torso elevado y la mirada fija en la casa que se eleva imponente en su horizonte.

Un examen más atento de la figura humana revela detalles como la falta de musculación y los huesos marcados del brazo derecho que no hacen más que alimentar aquella inquietud inicial con la sospecha de la enfermedad. La muchacha parece alerta, frágil ante el sordo vacío que la rodea y lejos todavía de la casa a la que parece dirigirse torpemente. La imagen rebosa tensión contenida y no podemos dejar de preguntarnos, en definitiva: de quien se trata y por qué está ahí.

Y como si fuera lo que realmente el autor persiguiera, es la respuesta a estas preguntas la que le da una dimensión extraordinaria a “El mundo de Cristina” [Christina’s world, 1948], título con el que Andrew Wyeth quiso representar a Christina Olson, una vecina del pintor aquejada por una parálisis y con la que el artista se encontraba, según la versión más conmovedora, cuando ella se arrastraba por el prado en busca de flores. Una imagen de lo más turbadora que se adhiere a la pintura y acaba por conferirle todo su contenido.

A pesar de la apariencia juvenil que transmite, en esta época, Christina Olson ya no era una mujer joven, tenía 55 años y no llegó a posar jamás para el artista el cual se sirvió de su esposa Betsy, como modelo.

Junto al afán de superación, la resistencia a la adversidad, la autonomía o cualquiera de las emociones de la gama de sentimientos empáticos que despierta esa pintura, yo la utilizo para sobrevolar un concepto tan complejo como el de resiliencia. De algún modo, la emotiva imagen de Cristina arrastrándose de camino a casa sugiere algo tan importante como la parte de responsabilidad de cada uno en hacer posible el mundo que se quiere habitar.



miércoles, 6 de noviembre de 2013

Explorando los posibles adyacentes


Siempre he mantenido separadas las dinámicas sociales de mi trabajo con las organizaciones, quizás porque el top down al uso no me resultaba tan interesante como para rastrearlo en todos los escenarios en los que me muevo y quizás también porque lo que se llevaba era separarlo todo, la vida privada de la profesional, la razón de las emociones, la novela del ensayo, la amistad de los negocios o lo social de lo organizativo.

Sin embargo, en el momento actual se han dilatado tanto los poros que separan unas cosas de las otras que es imposible no hallarse a cada instante recogiendo datos, relacionando y apuntando posibilidades a partir de todo aquello que sucede en cualquier ámbito, ya sea éste social, organizativo, literario, filosófico, científico o del tipo que sea que afecte a las personas, en aquello que pretenden hacer y en los motivos de por qué lo hacen. Vaya, que es muy probable encontrar repuestas en sitios que se hallan muy distantes de aquellos donde se formulan las preguntas.

Siguiendo este hilo de reflexión, me parece importante subrayar dos temas: El primero es advertir de la conveniencia de desconfiar de todo aquél que tenga soluciones a los nuevos desafíos que se están formulando ya que lo que de verdad se necesita son buenas preguntas, de aquellas que orienten hacia dónde rastrear e ir en busca de respuestas a la altura de las circunstancias. Algo difícil de llevar a la práctica en un oficio como el mío, al que secularmente se ha acudido en busca de respuestas claras e infalibles y del que se exigen soluciones inmediatas a los problemas tal y como son planteados.

El otro es que, a la hora de investigar en materia de personas y de organizaciones, es importante reconsiderar las fuentes a las que acudimos en busca de información y que, sin llegar a perder de vista el objeto de análisis, es conveniente apartarse un poco de los temas de siempre para ganar en perspectiva y poderse dar un paseo por otros ámbitos distintos de los habituales y que pueden aportan esta nueva mirada tan necesaria a la hora de reenfocar las cosas más cotidianas.

En este sentido y de clasificar las principales fuentes de información que estoy manejando estos últimos años, quiero destacar tres grandes bloques que, aunque atípicos, me están aportando interesantes reflexiones en el terreno profesional:

En primer lugar destacaría el papel que están volviendo a ocupar los filósofos largamente menospreciados, olvidados e incluso desterrados de los programas formativos por esta supuesta falta de conexión con la realidad con la que se ha insistido en travestir cualquier duda que estuviera fuera del alcance de una respuesta funcional, simple, rápida y breve.

La falta de encaje entre lo que vamos sabiendo y lo que venimos haciendo ha llevado a la Ética al primer plano de los ámbitos de discusión científicos, educativos y organizativos. Y filósofos como Martha Nussbaum, Adela Cortina o Gregorio Luri [por citar aquellos que tengo de referencia] ocupan hoy en día un papel importante a la hora de enfocar interpretaciones, motivos o valores para cualquiera de los ámbitos que he destacado anteriormente. Particularmente me he encontrado con interesantes aplicaciones a las organizaciones en reflexiones planteadas desde campos aparentemente tan dispares como la Educación o la Neuroética, por poner un ejemplo.


En el segundo bloque, íntimamente relacionado con el anterior, hay que destacar la emergencia de la Teología y su contribución a arrojar luz sobre asuntos muy actuales y muy alejados de la rancia penumbra de las catacumbas académicas donde siempre la hemos ubicado. 

Creo que merece la pena destacar esta generación de teólogos que, cincel en mano, horadan en aquello en lo que penosamente han acabado cristalizando las principales religiones para rescatar el germen primigenio de los valores que las inspiraron. Unos valores que coinciden con aquellos que se reclaman desde el bottom up social más actual para derrotar y sustituir caducas concepciones sobre el sentido de la vida y de las relaciones entre los seres humanos. 

Por citar a algunos autores destacaría a Karen Armstrong y sus lúcidas aproximaciones a las constantes que se mantienen en la diversidad religiosa actual, a Francesc Torralba, imprescindible para bucear en la esencia de los valores, o a José Antonio Pagola ,con su polémica aproximación histórica a la figura de Jesús y de donde además de poder reflexionar sobre los valores y el liderazgo he podido extraer jugosos apuntes relacionados con el storytelling y con los mecanismos de influencia y persuasión social.

Y, para finalizar, en el tercer bloque situaría todo aquello que se está publicando sobre las bases neurológicas del comportamiento humano y su incidencia en lo social. Como ya he comentado otras veces, la relación fractal que siempre se ha establecido entre cómo creemos que funcionamos y la manera idónea de cómo pensamos que deben funcionar las cosas es importantísima para entender la transformación del modelo piramidal más clásico a la conexión en red del momento actual, así como su aplicación al diseño de nuevos modelos organizativos.