Los primeros días fueron de silencio. Cada persona se refugió en su tarea, en sus pendientes, en lo que le era habitual y conocido.
Al cabo de unos días, sin que nadie tomara el mando, las personas empezaron a mirar más allá de su parcela. Alguien se dio cuenta de que una consulta de una ciudadana llevaba días sin respuesta en el buzón compartido y la respondió. Otra persona encontró en la carpeta común un informe que el jefe había dejado a medias, con la fecha de entrega cerca, y se puso de acuerdo con otras personas para terminarlo. Nadie había repartido esas tareas, las asumieron porque estaban ahí, a la vista, sin hacer o sin terminar. A medida que pasaban los días, el equipo dejó de responder solo de lo suyo y empezó a responsabilizarse del conjunto.
Lo más interesante es que apenas hubo reuniones y no se hizo un nuevo reparto de funciones. No hubo ningún plan de contingencia. La coordinación surgió del propio trabajo, lo que una persona dejaba hecho, o a medias, orientaba lo que hacía la siguiente.
Seguramente muchos hemos vivido algo parecido, encontrarnos una tarea empezada y continuarla o terminarla, como quien ve un gran puzle a medio hacer sobre la mesa y, espontáneamente, coloca alguna pieza.
También es probable que conozcamos casos en que sucedió justamente lo contrario, equipos que, sin un responsable que dijera lo que había que hacer, se paralizaron.
Para entender por qué ocurre una cosa u otra, contamos con un concepto poco conocido pero muy útil: la estigmergia.
Origen, significado y alcance del término: de las termitas a Wikipedia
La palabra estigmergia fue acuñada en 1959 por el zoólogo francés Pierre-Paul Grassé. Estudiando a las termitas, se preguntó cómo unos insectos con una capacidad individual tan limitada podían construir nidos de una complejidad tan asombrosa, con pilares, arcos, galerías y sistemas de ventilación. No parecía posible que tantos individuos se comunicaran entre sí todo lo necesario y, evidentemente, no había una dirección de obra ni un plan.
Grassé llegó a la conclusión de que la coordinación no pasa entre las termitas directamente, sino a través del entorno, en este caso, la propia obra. Lo que estimula a cada termita a actuar es el estado de la construcción que encuentra. Una termita deposita una bolita de barro. Ese pequeño montón estimula a otras a depositar más barro en el mismo lugar. Cuanto más crece, más termitas atrae, y acaba convirtiéndose en un pilar. Cuando dos pilares están cerca, la forma de la obra invita a unirlos y aparece un arco. Cada acción modifica la obra, y la obra modificada estimula la acción siguiente.
De ahí el nombre: stigma, que en griego significa marca o señal, y ergon, trabajo. La estigmergia es, literalmente, el trabajo que se estimula a sí mismo a través de las marcas que deja.
Algo parecido sucede con las hormigas, aunque con una diferencia: aquí la marca no es la obra, sino un rastro químico. Cuando una hormiga encuentra comida, vuelve al hormiguero dejando ese rastro en el suelo. Otras hormigas lo detectan, lo siguen hasta la comida y, al regresar, lo refuerzan con su propio rastro. Cuantas más hormigas lo recorren, más intenso se vuelve y más hormigas atrae. Si hay dos caminos posibles, el más corto se recorre más veces en el mismo tiempo, acumula más rastro y acaba atrayendo a toda la colonia. Ninguna hormiga ha comparado los caminos ni ha decidido cuál es el mejor. La decisión la toma, por así decirlo, el propio rastro.
Las personas hacemos algo muy parecido sin darnos cuenta. Basta con fijarse en los senderos que aparecen en el césped de los parques. Alguien cruza en diagonal para ahorrarse unos metros, la hierba pisada invita a la siguiente persona a pasar por el mismo sitio y, al cabo de unas semanas, hay un camino que ningún jardinero había diseñado. En los Países Bajos los llaman olifantenpaadjes, caminitos de elefante.
Hay un detalle que conviene retener para cuando apliquemos el concepto a las organizaciones. Cuando la comida se acaba, las hormigas dejan de recorrer el camino y el rastro se evapora. Así, la colonia no queda atrapada en caminos que ya no llevan a ninguna parte. Las marcas útiles se mantienen porque se usan, y las inútiles se borran solas. Lo mismo ocurre con los senderos del parque. Cuando nadie los pisa, la hierba vuelve a crecer. Pudimos comprobarlo al salir del confinamiento por la COVID.
En todos estos casos, termitas, hormigas o personas que cruzan un parque, el patrón es el mismo: una acción deja una marca en un medio compartido, la marca estimula una nueva acción, y la acumulación de acciones produce un resultado que nadie había planeado.
Para acabar de entenderlo, conviene ver lo que no es estigmergia. Pensemos en una bandada de estorninos dibujando en el cielo esas formas cambiantes que tanto nos fascinan. También aquí hay coordinación sin jefe y sin plan, pero el mecanismo es otro ya que cada pájaro se ajusta directamente a los que tiene más cerca, en tiempo real. No hay ninguna huella ni ningún medio que guarde lo que se ha hecho. Cuando la bandada se dispersa, no queda nada. Y nada de lo que hizo orienta a quien venga después.
La estigmergia, en cambio, necesita el entorno. Los individuos no tienen que coincidir en el tiempo ni en el espacio, ni siquiera conocerse: basta con que trabajen sobre el mismo medio. La termita que deposita barro hoy coordina su trabajo con la que llegará mañana, sin haberla visto nunca.
Durante décadas, el concepto quedó en el ámbito de la biología y, más tarde, de la robótica y la informática. Quien lo ha llevado al terreno humano y lo ha divulgado es Francis Heylighen, investigador belga de la Vrije Universiteit Brussel especializado en autoorganización e inteligencia colectiva. Heylighen sostiene que la estigmergia es un mecanismo universal de coordinación, y lo muestra con ejemplos muy conocidos, como Wikipedia, donde millones de personas que no se conocen construyen una enciclopedia completando y corrigiendo lo que otras dejaron; el software libre, o un documento compartido en el que cada aportación orienta la siguiente. Heylighen lo aplica sobre todo a comunidades abiertas como estas, donde cada persona participa libremente y no hay jerarquía. Lo que me interesa aquí (y en los artículos que vendrán), es llevarlo a un terreno distinto, el de nuestras organizaciones, con sus jefaturas, sus procedimientos y sus equipos.
Puede que estés pensando que las personas no somos termitas, que las termitas y las hormigas responden a las marcas por instinto, con un comportamiento que en gran medida viene determinado genéticamente. Y es cierto. Las personas, en cambio, percibimos, interpretamos y decidimos. Lo que nos mueve a actuar ante una tarea empezada no es un estímulo químico, sino nuestro criterio, el sentido que le damos a lo que hacemos y la cultura de la organización en la que trabajamos.
Pero lo que nos interesa no es la naturaleza de quien actúa, sino la estructura del mecanismo: una acción deja una huella en un medio compartido, y esa huella orienta la acción siguiente.
Además, la inteligencia humana permite algo que las termitas probablemente no pueden hacer, y es preguntarse por qué existe una marca, mejorarla o decidir que ya no sirve.
Pero también hace que la estigmergia humana no sea automática. Una termita siempre responde a la marca; una persona solo lo hace si la ve, si siente que la interpela y si cree que le toca. Esa es, precisamente, la parte que más nos interesa.
Termitas o personas, la clave está en la doble función de la huella. Por un lado, es memoria de lo que se ha hecho: el pilar de barro, el artículo de Wikipedia o el informe en la carpeta común guardan el trabajo acumulado sin que nadie tenga que recordarlo. Por otro lado, es señal de lo que falta: el pilar que pide un arco, el artículo con una sección vacía o el informe a medio terminar están diciendo qué hay que hacer a continuación. Como en el puzle sobre la mesa: las piezas colocadas muestran lo que ya está hecho y, al mismo tiempo, el hueco que espera la siguiente.
Heylighen contrapone esta forma de coordinarse a la que se basa en un plan y lo ilustra con un cuento en clave de humor:
Alguien ve a dos operarios trabajando en una calle: el primero cava un agujero y, en cuanto termina, el segundo lo vuelve a tapar. Así una y otra vez. Desconcertado, les pregunta qué hacen. Le responden que normalmente son tres: uno cava, otro planta el árbol y el tercero tapa el agujero. Pero hoy el que planta los árboles no ha venido.
Los operarios cumplen su parte del plan a la perfección, pero no miran el resultado. Si se fijaran en el estado real del trabajo, verían que tapar un agujero vacío no tiene ningún sentido. Esa es la diferencia: la estigmergia no se guía por lo que estaba previsto, sino por lo que el propio trabajo muestra. Por eso, según Heylighen, la coordinación estigmérgica no necesita que nadie comunique un plan.
Inteligencia colectiva sin conciencia colectiva
Cuando en las organizaciones hablamos de inteligencia colectiva, solemos referirnos a la capacidad de un grupo para resolver problemas, tomar decisiones o crear algo mejor de lo que lo harían sus miembros por separado. Pero la inteligencia colectiva es un resultado, y a ese resultado se puede llegar por caminos distintos. Podemos distinguir tres fundamentales:
1. Agregación: sumar los juicios de muchas personas, como en una votación o una encuesta. Su expresión más conocida es la llamada sabiduría de las multitudes: cuando muchas personas hacen una estimación por separado, el resultado combinado suele ser más acertado que el de la mayoría de ellas individualmente, siempre que sus juicios sean independientes y diversos.La diferencia fundamental está en dónde reside la inteligencia. En la agregación, está en las personas. En la deliberación, está en la conversación. En la estigmergia, en cambio, está en el medio (en el nido, en el rastro, en el artículo de Wikipedia, en la carpeta compartida).
Por eso la estigmergia hace posible una inteligencia colectiva sin conciencia colectiva. Nadie necesita ver el conjunto para que el conjunto tenga sentido. Ninguna termita conoce el plano del nido, y ninguna persona de aquel equipo sin jefe tenía la visión completa de lo que había que hacer; pero el buzón y la carpeta común la contenían.
Esto tiene consecuencias prácticas muy interesantes si pensamos en la autonomía de las personas. La deliberación exige coincidir en el tiempo y en el espacio, y depende mucho de quién habla, de cuánto habla y con qué autoridad. La estigmergia, en cambio, es asíncrona: cada persona contribuye cuando puede, desde donde está, y su aportación tiene valor por lo que hace, no por quién la hace. Para actuar no hace falta esperar una reunión ni una instrucción, el propio estado del trabajo indica lo que hay que hacer.
Un antídoto discreto
No se trata de sustituir un mecanismo por otro. Las organizaciones necesitan deliberar para dar sentido a lo que hacen, para tomar decisiones de fondo y para construir confianza. Pero a menudo identificamos la inteligencia colectiva solo con la deliberación, con reuniones y más reuniones, y olvidamos que hay otra vía, menos aparatosa, que actúa cada día allí donde el trabajo deja huella: un expediente, una historia clínica, la pizarra de una sala de profesores o el parte de un cambio de turno.
Tampoco se trata de desmontar la jerarquía ni de sustituir la estructura de nuestras organizaciones. En todas ellas hay competencias, responsabilidades y procedimientos que no pueden dejarse a la autoorganización. La jerarquía fija el marco: qué se ha de conseguir, con qué límites y bajo la responsabilidad de quién. Pero dentro de ese marco, en el trabajo de cada día, la estigmergia puede actuar como antídoto de algunas toxicidades que hoy están muy presentes.
- La reunionitis. Muchas reuniones existen solo para saber en qué punto está cada cosa y quién hace qué. Cuando el estado del trabajo es visible en un medio compartido, buena parte de esa coordinación ya está hecha, y las reuniones pueden dedicarse a lo que realmente requiere encontrarse: deliberar, decidir, cuidar el equipo.
- El cuello de botella del jefe. Cuando todo pasa por una persona, todo espera su visto bueno, y cuando falta, todo se detiene. Si el trabajo vive en el medio y no solo en la cabeza de quien dirige, el equipo puede seguir avanzando sin depender de un único punto.
- El “eso no me toca”. La mentalidad de parcela hace que nadie se ocupe de lo que queda entre unas funciones y otras. Una consulta sin respuesta en el buzón compartido es de todo el mundo y, por tanto, de nadie. La estigmergia, cuando funciona, hace que el trabajo pendiente interpele a quien lo ve, como le ocurrió a aquel equipo cuando empezó a responsabilizarse del conjunto.
- La información como poder. Quien guarda lo que sabe se hace imprescindible. En un medio compartido, el conocimiento queda a la vista como parte del propio trabajo, y deja de ser un recurso que se administra en beneficio propio.
- La fricción interpersonal. Para continuar el informe que otra persona ha dejado a medias no hace falta coincidir en todo ni llevarse especialmente bien. El encuentro se produce en la obra. La estigmergia no resuelve los conflictos, pero permite que el trabajo avance a pesar de ellos.
- La retracción. En muchas organizaciones se ha aprendido a no tomar la iniciativa: a esperar instrucciones, a hacer lo justo, a no meterse en lo que no está asignado. Rara vez es falta de capacidad; suele ser el resultado de experiencias en las que proponer algo se ignoró o se convirtió en una carga. La estigmergia rebaja el coste de dar el primer paso. No hace falta presentar una propuesta ni pedir permiso, basta con continuar lo que otro ha dejado empezado. Fue lo que rompió el silencio de los primeros días en aquel equipo.
Pero, como todo antídoto, necesita unas condiciones para hacer efecto. Sin un medio visible no hay huella. Si el trabajo vive en bandejas de correo personales y en la memoria de cada uno, no hay nada que leer. Una persona saturada no ve las marcas, porque no tiene atención disponible. Y en una cultura de la culpa nadie se atreve a corregir o completar lo que ha dejado otro. Por eso la estigmergia no se implanta por decreto, sino que empieza en pequeños espacios y, si funciona, va ganando terreno.
Y, como le pasa a cualquier antídoto, también puede volverse veneno. Recordemos que el rastro de las hormigas se evapora cuando deja de ser útil. En las organizaciones, en cambio, muchas marcas no se evaporan nunca (procedimientos que nadie revisa, plantillas que se copian sin saber por qué, rutinas que se mantienen porque “siempre se ha hecho así”). Se trata de estigmergia fosilizada. El mismo mecanismo que puede hacer inteligente a un equipo puede también hacerlo girar en círculos sobre su propio rastro.
Volvamos al equipo sin jefe del inicio de este artículo. El buzón compartido y la carpeta común ya existían antes de la baja. La ausencia no creó nada nuevo, sino que puso de manifiesto que el trabajo era visible y que había personas dispuestas a leerlo y actuar. Otros equipos, como decíamos al principio, en la misma situación se paralizan porque todo depende de alguien que ya no está.
Esto plantea más preguntas. ¿Qué tipo de liderazgo favorece la estigmergia? ¿Cómo cambia nuestra manera de entender la gestión del conocimiento o el relevo de las personas? ¿Qué hace que alguien se sienta llamado a colocar la pieza que falta?
Intentaré aportar mi respuesta a estos interrogantes en próximos artículos.
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En la primera imagen un termitero. Fotografía de Anna Sulencka en Pixabay.
La segunda imagen pertenece al proyecto Olifantenpaadjes, desarrollado en los Países Bajos y convertido en libro y documental






