lunes, 13 de abril de 2026

La rumiación

 

Hay una forma de sufrimiento que pasa bastante desapercibida porque no se presenta de manera evidente ni dramática. Carece de la intensidad de un conflicto o la claridad de un problema concreto. Sin embargo, ocupa una parte importante de nuestro tiempo y deja un poso constante de tensión. Es la rumiación.

La rumiación consiste en ese proceso en el que la mente se queda dando vueltas a una misma idea sin avanzar realmente en su resolución. A veces se trata de algo que ya ha ocurrido y que volvemos a recrear una y otra vez, introduciendo pequeñas variaciones en lo que dijimos o en lo que podríamos haber hecho. Otras veces se sitúa en el futuro, cuando anticipamos situaciones posibles y ensayamos múltiples escenarios que cambian ligeramente entre sí, como si de esa repetición pudiera surgir una respuesta definitiva. También aparece cuando imaginamos respuestas o diálogos que nos gustaría tener y que probablemente nunca se darán tal y como los hemos construido, aunque eso no impide que sigamos preparándolos mentalmente.

En todos estos casos hay un elemento común: la tensión. La rumiación no es un proceso neutro ni descansado. Es una actividad mental que mantiene al cuerpo y a la atención en un estado de activación constante, como si estuviéramos resolviendo algo importante, aunque en realidad no estamos avanzando en nada. Es, en cierto modo, una especie de simulación continua en la que construimos, corregimos y evitamos situaciones imaginarias que solo se interrumpen cuando algo externo logra captar nuestra atención de manera más intensa.

Pero la rumiación no se limita a estos contenidos mentales más elaborados. También aparece de forma muy clara en la postergación. En esos momentos en los que sabemos que deberíamos hacer algo y, sin embargo, decidimos retrasarlo. Puede ser algo tan simple como levantarse cuando suena el despertador o salir a correr cuando lo hemos previsto. En ese pequeño margen de tiempo que nos damos, la mente no se detiene; al contrario, se activa generando argumentos, justificaciones, pequeñas negociaciones internas, anticipaciones y, en muchos casos, una cierta sensación de culpa. No es un tiempo de descanso real, aunque a veces lo vivamos como tal, sino un espacio ocupado por esa misma dinámica de rumiación.

Por eso, desde un punto de vista práctico, muchas de estas situaciones se resolverían de una manera mucho más sencilla si redujéramos ese margen. Si te tienes que levantar, levantarte. Si has decidido hacer algo, hacerlo. No porque haya que actuar de forma impulsiva o sin reflexión, sino porque en muchos casos la reflexión adicional no aporta nada nuevo y solo prolonga un estado de tensión innecesario.

Postergar no suele ser un tiempo neutro. Es, en gran medida, un tiempo habitado por la rumiación. Y ese tiempo tiene un coste. No solo en términos de eficacia, por lo que dejamos de hacer, sino también en la relación con nosotros mismos. Cada pequeña evitación, por pequeña que sea, va erosionando la autoestima, generando una sensación de desgaste que, aunque no siempre sea consciente, se acumula.

Hay algo en la rumiación que recuerda a una forma leve de adicción. Volvemos a ella sin que nos aporte nada, como si en esa repetición hubiera alguna posibilidad de control o de alivio que nunca termina de llegar. Nos mantiene ocupados, pero no nos acerca a nada. Al contrario, nos retiene.

Quizá por eso, algunas expresiones de antes apuntaban en esta dirección sin nombrarla del todo. Aquello de no dejar para mañana lo que puede hacerse hoy tenía probablemente más que ver con evitar este bucle que con una llamada a la productividad. Y cuando se hablaba de oponer la diligencia a la pereza, tal vez no se trataba tanto de hacer más, sino de aplicar un antídoto sencillo a ese proceso mental repetitivo y agotador que se activa cuando postergamos.

Visto así, actuar no es tanto una cuestión de exigencia como de alivio.


martes, 24 de marzo de 2026

Habita el presente

 

Solo existe el presente. Y, sin embargo, casi nunca estamos en él.

Hay una paradoja curiosa en nuestra relación con el tiempo. Sabemos que el pasado ya no está y que el futuro todavía no ha llegado. Sin embargo, gran parte de nuestra atención transcurre precisamente entre esos dos territorios: recordando lo que acaba de suceder o anticipando lo que vendrá después. Mientras tanto, el único tiempo que realmente existe —el instante presente— pasa casi desapercibido.

La mente tiene una sorprendente facilidad para desplazarse. En apenas unos segundos puede revisar una conversación que ocurrió hace un momento, imaginar la respuesta que daremos dentro de unos minutos o anticipar el resultado de una decisión que aún no se ha tomado. Esa capacidad forma parte de nuestra inteligencia y nos permite aprender del pasado y proyectarnos hacia el futuro. El problema aparece cuando esa movilidad mental nos impide habitar el momento en el que realmente estamos.

Porque, en realidad, todo ocurre aquí.

El presente como experiencia

Las conversaciones que tenemos, las decisiones que tomamos, las oportunidades que aparecen o los gestos que damos a quienes nos rodean suceden siempre en el presente. Sin embargo, no siempre estamos del todo presentes cuando ocurren.

El filósofo mexicano Luciano Concheiro recuerda que el instante suele revelarse en detalles casi imperceptibles. El calor que todavía conserva el asiento que alguien acaba de dejar en el autobús. El roce suave de una tela al caminar. El leve crujido de la madera cuando apoyamos el pie. Son momentos diminutos, casi insignificantes, pero en ellos la atención se sincroniza con lo que está ocurriendo exactamente ahora.

En esos pequeños gestos de percepción, el presente deja de ser una abstracción para convertirse en experiencia.

El presente y el vínculo

Pero el presente no es solo el lugar donde ocurre la experiencia. Es también el lugar donde se decide el vínculo con los otros.

El director de orquesta Benjamin Zander cuenta en una de sus conferencias una historia que le relató una mujer judía. Cuando era niña riñó a su hermano pequeño por un descuido, poco antes de que ambos fueran separados definitivamente por la guerra. Aquella discusión fue lo último que ocurrió entre ellos. Nunca volvieron a verse.

Esa experiencia la llevó a tomar una decisión que mantuvo durante toda su vida: no decir nunca nada que no pudiera ser dicho por última vez.

La promesa que se hizo esta mujer es sencilla, pero profundamente exigente. Obliga a abordar cada conversación con una conciencia distinta. Nos recuerda que el momento en que hablamos con alguien puede ser irrepetible y que lo que decimos ahora quizá sea lo último que quede entre nosotros.

¿Cuántas veces dejamos para más adelante ciertas reparaciones?

Una disculpa que posponemos. Una palabra de reconocimiento que damos por supuesta. Una conversación que sabemos necesaria pero que seguimos aplazando porque creemos que habrá otra ocasión.

La trampa de la intención

Habitar el presente, sin embargo, no es tan sencillo como podría parecer. Nuestra mente está acostumbrada a moverse con intención. Cuando actuamos con una finalidad clara, tendemos a situarnos mentalmente en el resultado que queremos alcanzar. La atención se desplaza entonces hacia el objetivo, hacia el reto que tenemos delante, hacia aquello que esperamos conseguir. Y, de forma casi imperceptible, dejamos de atender a lo que está ocurriendo ahora.

La intención nos orienta, pero también puede alejarnos del presente.

Cuando estamos demasiado concentrados en el resultado, corremos el riesgo de dejar de ver lo que el momento ofrece. La mirada se estrecha. Solo vemos el camino que hemos imaginado y dejamos de percibir otras posibilidades que quizá estén apareciendo delante de nosotros.

Presencia y estrategia

En su reflexión sobre el instante, Luciano Concheiro Bórquez advierte que vivimos en una época marcada por la aceleración permanente. Todo empuja hacia el siguiente momento: la siguiente tarea, la siguiente respuesta, la siguiente decisión. El presente se convierte así en un simple punto de tránsito entre lo que acaba de ocurrir y lo que está a punto de llegar.

Pero cuando el presente se reduce a un lugar de paso, la experiencia se empobrece. Las cosas suceden, pero apenas llegan a convertirse en experiencia. Falta el tiempo necesario para observarlas, comprenderlas o integrarlas.

Habitar el presente requiere una forma de atención distinta: una atención abierta, disponible, capaz de observar antes de decidir. Una atención que no se precipita hacia el siguiente paso, sino que se detiene el tiempo suficiente para comprender lo que está ocurriendo.

Esta forma de presencia tiene también una dimensión estratégica. En algunas de sus reflexiones sobre la eficacia, el filósofo francés François Jullien recuerda que la tradición estratégica china no parte tanto de fijar un objetivo para después imponer un plan que lo alcance. Lo que propone, más bien, es observar atentamente la configuración de la situación para descubrir el potencial de oportunidad que ya contiene.

El estratega no intenta forzar la realidad para que se ajuste a su plan. Trata de comprender qué dirección está tomando la situación y cómo puede acompañar ese movimiento para que despliegue todo su potencial.

Para percibir ese potencial hace falta algo muy simple y, al mismo tiempo, muy difícil: estar presente.

Cuando la mente está demasiado ocupada proyectándose hacia el resultado, deja de ver lo que la situación ya está ofreciendo.

Los buenos estrategas cuidan su presente, porque es ahí donde empiezan a configurarse los futuros posibles. Cada conversación, cada gesto y cada elección van configurando el terreno sobre el que se reorganizarán las oportunidades del día siguiente.

En cierto modo, el futuro se reconfigura continuamente en función de cómo cerramos el presente, y la forma en que termina un día condiciona la manera en que se abren las posibilidades del siguiente.

Volver al presente

Desde esta perspectiva, habitar el instante no consiste en controlar lo que vendrá, sino en permanecer lo suficientemente atentos como para reconocer lo que está apareciendo y actuar en consecuencia.

Esa presencia no surge de manera espontánea, porque la tendencia de la mente es desplazarse constantemente. Por eso conviene disponer de algún anclaje sencillo que nos permita regresar, una y otra vez, a lo que está ocurriendo.

La respiración cumple de forma natural esa función.

Respirar es un acto que solo puede suceder ahora. No respiramos en el pasado ni en el futuro. Cada inhalación y cada exhalación ocurren en este preciso momento, y en ese ritmo continuo se nos ofrece una referencia constante para volver a situarnos en el presente.

No se trata de hacer nada especial con la respiración, sino de prestarle atención durante unos instantes, de observar cómo entra y sale el aire y de permitir que ese movimiento nos ayude a recuperar una atención más estable y disponible.

En ese gesto sencillo, casi imperceptible, el presente deja de ser una idea para convertirse en experiencia. Y es desde ahí desde donde podemos percibir mejor lo que la situación contiene y decidir con mayor claridad cómo queremos estar en ella.

 


martes, 10 de marzo de 2026

La enfermedad invisible

 

Conviene empezar con una aclaración: aunque lo inspire la situación política, este no es un artículo de opinión política.

Soy consciente de que hay quien sostiene que todo es política, y respeto esa mirada. Pero no es desde ahí desde donde escribo estas líneas. Tampoco ha sido nunca ese el propósito de este blog, y menos ahora, cuando después de muchos años parece estar ya en su recta final.

Lo que quiero plantear aquí es algo distinto.

En los últimos años se han vuelto a valorar públicamente comportamientos que, observados desde la perspectiva de la teoría de sistemas, no pueden calificarse de otra manera que como patológicos. Actitudes que degradan el vínculo humano, que erosionan el espacio común y que, sin embargo, se presentan como signos de fortaleza, inteligencia o éxito.

Dicho de otra manera: llamamos virtud a lo que, en realidad, son síntomas de enfermedad.

El cuerpo humano puede ayudarnos a entender lo que quiero plantear.

En él distinguimos distintos sistemas: digestivo, respiratorio, neurológico, cardiovascular y muchos otros. Para comprender su funcionamiento necesitamos separarlos analíticamente, estudiar sus partes y describir sus funciones. Pero esa separación es, en realidad, una herramienta intelectual. El cuerpo no funciona como una suma de sistemas independientes, sino como una única entidad viva en la que todos ellos están profundamente interconectados.

Lejos de funcionar por separado, los distintos sistemas del cuerpo dependen unos de otros. El colapso de uno puede provocar el deterioro de los demás e incluso la muerte del organismo.

Si ampliamos un poco la mirada —como si hiciéramos un zoom hacia fuera— podemos observar que ese sistema que somos nosotros mismos está, a su vez, inserto en otros sistemas sociales que también se influyen mutuamente y que son igualmente interdependientes.

Autores como el antropólogo Roger Bartra o la profesora Almudena Hernando han explicado de forma muy sugerente esta dimensión relacional de lo humano. Bartra habló del exocerebro cultural, señalando que una parte importante de nuestra mente se encuentra fuera de nosotros, distribuida en el lenguaje, las instituciones y las relaciones que compartimos. Hernando, por su parte, ha descrito con gran claridad la fantasía de la individualidad, esa construcción cultural que nos hace imaginar que somos sujetos plenamente autónomos cuando, en realidad, nuestra identidad se ha formado siempre en relación con los demás.

Desde otras perspectivas, autores como Steven Johnson también han mostrado cómo muchas de las ideas que atribuimos a individuos concretos emergen en realidad de entornos de interacción, de redes de conversación y de intercambio.

Todo ello apunta a una misma realidad: cada persona está profundamente imbricada en una malla humana mucho más amplia.

Gregory Bateson se refirió a esta realidad como "el patrón que conecta". Con ella señalaba que la vida —biológica, mental y social— solo puede comprenderse atendiendo a las relaciones que vinculan sus partes. Cuando dejamos de percibir esos patrones de conexión, empezamos a actuar como si estuviéramos separados del sistema que nos sostiene. Y ahí, advertía Bateson, comienzan muchas formas de patología.

Las comunidades humanas —y la humanidad en su conjunto— pueden entenderse como una especie de cerebro colectivo en el que cada persona vendría a ser algo parecido a una neurona. La inteligencia de ese cerebro no reside en cada neurona por separado, sino en la calidad de las conexiones que se establecen entre ellas. Su capacidad para aprender, crear o adaptarse depende precisamente de esa red de interacciones.

Somos cuerpo. Y la salud de ese cuerpo depende de la contribución que cada una de sus partes haga al conjunto, de cómo se alinee con el equilibrio del sistema y entre en comunión con él. 

¿Cómo funciona si no un cuerpo saludable?

Simone Weil lo expresó con claridad: no son los derechos de cada persona los que garantizan la salud de la comunidad, sino las obligaciones que cada uno asume hacia los demás.

Si seguimos ampliando la mirada, podríamos observar incluso cómo este sistema humano forma parte a su vez de sistemas más amplios que lo incluyen: los sistemas naturales que hacen posible la vida en el planeta. Las antiguas tradiciones espirituales intuyeron esta interdependencia mucho antes de que la ciencia comenzara a describirla con precisión. De hecho, la palabra religión proviene de religare, que significa volver a ligar, reconectar.

Pero no es necesario ir tan lejos. Quedémonos en el nivel humano.

Dentro de esta lógica de interdependencia, cualquier actuación de una parte del sistema que dañe al conjunto no puede considerarse otra cosa que patológica.

Es exactamente lo que ocurre cuando aparece una célula cancerosa dentro de un organismo.

Una célula cancerosa es una célula que ha dejado de comportarse como parte del cuerpo al que pertenece. Ha perdido la capacidad de autorregularse en función del equilibrio del organismo y comienza a actuar exclusivamente en función de su propia expansión. Consume recursos, invade tejidos, altera el funcionamiento del sistema y termina poniendo en riesgo la vida del propio cuerpo que la sostiene.

No se trata simplemente de una variación biológica más. Se trata de una enfermedad. Es muerte.

Algo parecido ocurre también en la vida social.

Hay que decirlo claramente: muchos de los comportamientos que hoy se celebran públicamente —la agresividad sistemática, la manipulación permanente, la incapacidad de empatía, la instrumentalización de los demás o el desprecio por el daño causado— coinciden sorprendentemente con rasgos bien conocidos en la psicopatología.

Sin embargo, cuando estas conductas aparecen asociadas al poder, al éxito económico o a la influencia mediática, dejan de percibirse como síntomas y empiezan a interpretarse como talento, inteligencia estratégica o liderazgo.

Se trata de conductas que operan de forma profundamente corrosiva para el sistema humano del que forman parte: deterioran el espacio común, erosionan la confianza colectiva, degradan el vínculo social o convierten la manipulación, la mentira o la agresividad en instrumentos habituales de acción.

Los vemos cada día: en determinados discursos públicos, en los voceros que fabrican bulos e insultos desde factorías de comunicación que trabajan día y noche, en estrategias de poder profundamente individualistas y extractivas que se presentan disfrazadas de liderazgo o de habilidad política.

Son comportamientos que actúan como auténticos estresores sociales. Generan un clima permanente de tensión, de desconfianza y de agresividad que termina afectando a la salud psíquica y emocional del entorno, incluso a escala colectiva.

Y lo más inquietante es que muchas de estas conductas no solo no se perciben como patológicas, sino que en determinados contextos llegan incluso a valorarse como signos de éxito.

La agresividad se interpreta como fortaleza. La manipulación como inteligencia estratégica. El desprecio como valentía. El individualismo radical como libertad.

Pero desde la lógica de un sistema interdependiente estas conductas no son simplemente estilos personales ni opciones legítimas entre otras. Son síntomas claros de disfunción biológica. No en sentido metafórico, sino en un sentido profundamente real.

Porque cuando alguien actúa de forma sistemáticamente nociva para el sistema del que forma parte está manifestando una incapacidad para percibir su propia interdependencia con el resto. Y esa incapacidad termina siendo destructiva no solo para el sistema, sino también para el propio individuo que la encarna. Eso es enfermedad mental.

Resulta sorprendente que podamos considerar normal que alguien se mueva únicamente por intereses individuales claramente dañinos para el conjunto. Resulta aún más sorprendente que podamos admirarlo o presentar la enfermedad como ejemplo de éxito.

Aquí no sirven discursos económicos, estratégicos ni de ganancias o pérdidas. Lo que es nocivo para el sistema termina siendo nocivo para todos los individuos que lo componen, también para quienes creen beneficiarse momentáneamente de su deterioro. Cuando el sistema enferma, nadie queda realmente a salvo. Ni siquiera quienes creen estar ganando mientras lo deterioran.

Tal vez una de las incongruencias más difíciles de comprender de nuestro tiempo sea que sistemas humanos cada vez más complejos —sociales, económicos o institucionales— puedan estar liderados o influenciados por personas profundamente desconectadas de esta realidad elemental de interdependencia.

Personas que actúan como si el sistema del que forman parte no existiera o como si su propio destino estuviera separado del destino del conjunto.

Desde una perspectiva sistémica, esa desconexión no es una muestra de fortaleza ni de inteligencia estratégica. Es, más bien, un síntoma de ignorancia.

Ignorancia sobre cómo funciona la vida. Ignorancia sobre la naturaleza profundamente interdependiente de lo humano. Ignorancia, en definitiva, sobre el hecho más sencillo de todos: que ningún individuo prospera durante mucho tiempo dentro de un sistema que se deteriora.

Cuando los sistemas humanos empiezan a admirar comportamientos que los degradan y enferman, el problema deja de ser moral o político: es clínico. El pronóstico difícilmente puede ser bueno.

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En la imagen, Hiroshima devastada.