lunes, 20 de abril de 2026

El prompt como forma de pensar con el exocerebro

 

Hay ideas que, cuando aparecen, se convierten en verdaderos portales que delimitan claramente un antes y un después. A mí esto me sucedió cuando conocí la obra de Roger Bartra.

La tesis que desarrolla en Antropología del cerebro fue determinante. Bartra cuestiona una idea muy arraigada: la de que la mente es algo que ocurre exclusivamente dentro de la cabeza. Frente a esa imagen, propone otra más abierta y bastante más transgresora. La mente humana —dice— no está completa en el cerebro biológico, sino que se extiende hacia afuera, apoyándose en un entramado de elementos culturales que actúan como prótesis: el lenguaje, los símbolos, las normas, los artefactos o las instituciones. A ese conjunto lo denomina exocerebro.

No se trata de una metáfora, sino de una forma de entender que buena parte de lo que pensamos, recordamos o decidimos no es posible sin ese soporte externo que hemos ido construyendo colectivamente a lo largo del tiempo. Leída desde aquí, la idea de individuo autosuficiente se resquebraja y aparece otra imagen: la de una humanidad que funciona como una red viva de interdependencias en la que cada persona participa —de manera más o menos consciente— en la producción de una mente compartida.

En mi trabajo, esta intuición ha estado siempre presente de forma más o menos explícita. Durante años he tendido a pensar las organizaciones, los equipos y las comunidades profesionales como si fueran algo parecido a un sistema nervioso distribuido. No porque las personas sean neuronas en sentido estricto, sino porque entre ellas circulan conocimientos, interpretaciones y formas de hacer que no pertenecen del todo a nadie y, sin embargo, sirven a todos. Lo que Bartra aporta es un marco más preciso para esta intuición, permitiendo dejar de hablar en términos puramente metafóricos y considerar que esa “mente compartida” es una condición real del funcionamiento humano.

Si seguimos su tesis, el exocerebro ha sido siempre ese conjunto de soportes externos que hacen posible y amplían el pensamiento. Pero la irrupción de la inteligencia artificial introduce un matiz relevante. No estamos únicamente ante una nueva extensión, sino ante algo que se presenta como una alteridad: un sistema que no solo almacena o transmite, sino que responde, propone, reorganiza y devuelve el pensamiento transformado.

Tengo la fortuna de que en mi propio exocerebro figuran las aportaciones impagables de personas como Asier Gallastegui, Miquel Rodríguez o Isabel Iglesias, que comparten de manera generosa y constante información o documentación que intuyen que puede interesarme. No se trata de un detalle menor. Años de relación han ido configurando una capacidad para reconocer los intereses de cada cual, y es raro que esas recomendaciones no resulten especialmente ajustadas y oportunas.

En este caso fue Asier quien me sugirió la lectura de Pensar con prompts, de Jianwei Xun. Me comentaba que le resonaba con Roger Bartra, del cual sabía mi querencia por ser yo mismo quien se lo había presentado años atrás.

 


Lo interesante de la obra de Jianwei Xun es que permite observar cómo ese exocerebro —que hasta ahora hemos entendido como un entramado cultural compartido— adquiere una cualidad distinta cuando incorpora sistemas capaces de interactuar con nosotros.

Es aquí donde la propuesta de Jianwei Xun resulta especialmente interesante. El libro no se limita a describir una herramienta, sino que plantea distintas formas de relación con ella. Por un lado, recoge las más habituales: una relación subordinada, en la que la IA se utiliza como instrumento, y otra más acrítica, en la que se la convierte en una especie de oráculo. Sin embargo, es en una tercera vía —la más interesante— donde sitúa el verdadero potencial: una relación de carácter mayéutico.

En esta última, la IA no sustituye el pensamiento ni se limita a ejecutarlo, sino que actúa como un interlocutor que tensiona, amplía y acompaña el proceso de reflexión. Desde esta perspectiva, este nuevo elemento exocerebral no solo aporta información, sino que se convierte en una fuente de aprendizaje activa, capaz de situar a la persona en el límite de sus propias formulaciones. Al mismo tiempo, sus aportaciones no son definitivas: pueden ser matizadas y reorientadas en función de lo que se busca.

Se configura así un diálogo en el que cada respuesta no cierra, sino que abre nuevas dudas que, a su vez, obligan a reformular la idea inicial. El pensamiento no avanza por acumulación de respuestas, sino por este movimiento continuo de ajuste, en el que lo que se obtiene transforma lo que se pregunta. Es en esa dinámica donde aparece una forma de cocreación que no elimina la necesidad de pensar, sino que la intensifica.

Si hay algo especialmente valioso en esta relación con la inteligencia artificial es la forma en que nos obliga a pensar el prompt. El prompt no es simplemente una instrucción ni una pregunta afinada, sino que puede llegar a ser un espacio en el que conviven una idea y una duda. En cierto modo, el pensamiento ya no se limita a formular respuestas, sino que se orienta hacia la construcción de las preguntas que lo hacen posible, desplazando el foco desde la respuesta hacia su elaboración..

En ese sentido, pensar el prompt es ya una forma de reflexión. No es algo que venga después de haber pensado, sino que forma parte del propio proceso: al construirlo, el pensamiento se va definiendo, obligando a situarse, a precisar y a reconocer los límites de lo que se sabe y de lo que aún no se ha formulado con claridad. Ahí reside, probablemente, una de las oportunidades más interesantes que ofrece este tipo de intercambio.

Sin embargo, esta posibilidad convive con otra tendencia que empieza a hacerse visible: la de convertir los prompts en un producto que puede comprarse, compartirse o reutilizarse como una solución ya elaborada. En un entorno orientado a la eficiencia, resulta esperable que muchas personas opten por acceder directamente al resultado sin pasar por el proceso, del mismo modo que en otros ámbitos se buscan atajos para facilitar la tarea.

Como siempre, el problema no está en la herramienta, sino en el uso que se hace de ella. Porque es precisamente en la elaboración del prompt donde la persona se ve obligada a acercarse al límite de su conocimiento, a distinguir entre lo que sabe, lo que no sabe y lo que apenas intuye. Cuando ese proceso se sustituye por el uso de prompts ya construidos, no solo se pierde una técnica, sino una oportunidad de fortalecer el pensamiento.

En este punto, lo que plantea Jianwei Xun adquiere un valor que va más allá de la novedad de la herramienta. Su propuesta no consiste en aprender a usar mejor la inteligencia artificial, ni en dominar una técnica, ni en acumular fórmulas eficaces. Tampoco adopta una posición alarmista ni se centra en marcar distancias o delimitar roles. Lo que propone es una forma de relación: una relación que no busca respuestas inmediatas, sino que se basa en el proceso de elaboración; que no delega el pensamiento, pero tampoco lo deja sin contrastar.

El propio libro es, en cierto modo, una demostración de esta forma de trabajar. No explica simplemente cómo hacerlo, sino que lo practica, siendo en sí mismo una consecuencia de esa forma de relación. Y quizá ahí resida también su dificultad, porque esta relación mayéutica exige tiempo, atención, disposición a revisar lo que uno piensa y capacidad para soportar cierta tensión. En un entorno que tiende a la inmediatez y a la simplificación, no parece la opción más natural.

Es posible que el mercado acabe imponiendo formas de uso más cómodas, subordinadas o instrumentales, orientadas a obtener respuestas rápidas y cada vez más ajustadas a lo esperado. Sin embargo, es precisamente en la fricción constructiva que se describe en este libro donde parece situarse su mayor potencial: el de disponer de un espacio en el que el pensamiento no se cierra, sino que se despliega en relación con algo que, sin ser uno mismo, tampoco es del todo ajeno. Un espacio en el que la reflexión no se agota en la respuesta, sino que se convierte en una forma de seguir creciendo.

 


lunes, 13 de abril de 2026

La rumiación

 

Hay una forma de sufrimiento que pasa bastante desapercibida porque no se presenta de manera evidente ni dramática. Carece de la intensidad de un conflicto o la claridad de un problema concreto. Sin embargo, ocupa una parte importante de nuestro tiempo y deja un poso constante de tensión. Es la rumiación.

La rumiación consiste en ese proceso en el que la mente se queda dando vueltas a una misma idea sin avanzar realmente en su resolución. A veces se trata de algo que ya ha ocurrido y que volvemos a recrear una y otra vez, introduciendo pequeñas variaciones en lo que dijimos o en lo que podríamos haber hecho. Otras veces se sitúa en el futuro, cuando anticipamos situaciones posibles y ensayamos múltiples escenarios que cambian ligeramente entre sí, como si de esa repetición pudiera surgir una respuesta definitiva. También aparece cuando imaginamos respuestas o diálogos que nos gustaría tener y que probablemente nunca se darán tal y como los hemos construido, aunque eso no impide que sigamos preparándolos mentalmente.

En todos estos casos hay un elemento común: la tensión. La rumiación no es un proceso neutro ni descansado. Es una actividad mental que mantiene al cuerpo y a la atención en un estado de activación constante, como si estuviéramos resolviendo algo importante, aunque en realidad no estamos avanzando en nada. Es, en cierto modo, una especie de simulación continua en la que construimos, corregimos y evitamos situaciones imaginarias que solo se interrumpen cuando algo externo logra captar nuestra atención de manera más intensa.

Pero la rumiación no se limita a estos contenidos mentales más elaborados. También aparece de forma muy clara en la postergación. En esos momentos en los que sabemos que deberíamos hacer algo y, sin embargo, decidimos retrasarlo. Puede ser algo tan simple como levantarse cuando suena el despertador o salir a correr cuando lo hemos previsto. En ese pequeño margen de tiempo que nos damos, la mente no se detiene; al contrario, se activa generando argumentos, justificaciones, pequeñas negociaciones internas, anticipaciones y, en muchos casos, una cierta sensación de culpa. No es un tiempo de descanso real, aunque a veces lo vivamos como tal, sino un espacio ocupado por esa misma dinámica de rumiación.

Por eso, desde un punto de vista práctico, muchas de estas situaciones se resolverían de una manera mucho más sencilla si redujéramos ese margen. Si te tienes que levantar, levantarte. Si has decidido hacer algo, hacerlo. No porque haya que actuar de forma impulsiva o sin reflexión, sino porque en muchos casos la reflexión adicional no aporta nada nuevo y solo prolonga un estado de tensión innecesario.

Postergar no suele ser un tiempo neutro. Es, en gran medida, un tiempo habitado por la rumiación. Y ese tiempo tiene un coste. No solo en términos de eficacia, por lo que dejamos de hacer, sino también en la relación con nosotros mismos. Cada pequeña evitación, por pequeña que sea, va erosionando la autoestima, generando una sensación de desgaste que, aunque no siempre sea consciente, se acumula.

Hay algo en la rumiación que recuerda a una forma leve de adicción. Volvemos a ella sin que nos aporte nada, como si en esa repetición hubiera alguna posibilidad de control o de alivio que nunca termina de llegar. Nos mantiene ocupados, pero no nos acerca a nada. Al contrario, nos retiene.

Quizá por eso, algunas expresiones de antes apuntaban en esta dirección sin nombrarla del todo. Aquello de no dejar para mañana lo que puede hacerse hoy tenía probablemente más que ver con evitar este bucle que con una llamada a la productividad. Y cuando se hablaba de oponer la diligencia a la pereza, tal vez no se trataba tanto de hacer más, sino de aplicar un antídoto sencillo a ese proceso mental repetitivo y agotador que se activa cuando postergamos.

Visto así, actuar no es tanto una cuestión de exigencia como de alivio.


martes, 24 de marzo de 2026

Habita el presente

 

Solo existe el presente. Y, sin embargo, casi nunca estamos en él.

Hay una paradoja curiosa en nuestra relación con el tiempo. Sabemos que el pasado ya no está y que el futuro todavía no ha llegado. Sin embargo, gran parte de nuestra atención transcurre precisamente entre esos dos territorios: recordando lo que acaba de suceder o anticipando lo que vendrá después. Mientras tanto, el único tiempo que realmente existe —el instante presente— pasa casi desapercibido.

La mente tiene una sorprendente facilidad para desplazarse. En apenas unos segundos puede revisar una conversación que ocurrió hace un momento, imaginar la respuesta que daremos dentro de unos minutos o anticipar el resultado de una decisión que aún no se ha tomado. Esa capacidad forma parte de nuestra inteligencia y nos permite aprender del pasado y proyectarnos hacia el futuro. El problema aparece cuando esa movilidad mental nos impide habitar el momento en el que realmente estamos.

Porque, en realidad, todo ocurre aquí.

El presente como experiencia

Las conversaciones que tenemos, las decisiones que tomamos, las oportunidades que aparecen o los gestos que damos a quienes nos rodean suceden siempre en el presente. Sin embargo, no siempre estamos del todo presentes cuando ocurren.

El filósofo mexicano Luciano Concheiro recuerda que el instante suele revelarse en detalles casi imperceptibles. El calor que todavía conserva el asiento que alguien acaba de dejar en el autobús. El roce suave de una tela al caminar. El leve crujido de la madera cuando apoyamos el pie. Son momentos diminutos, casi insignificantes, pero en ellos la atención se sincroniza con lo que está ocurriendo exactamente ahora.

En esos pequeños gestos de percepción, el presente deja de ser una abstracción para convertirse en experiencia.

El presente y el vínculo

Pero el presente no es solo el lugar donde ocurre la experiencia. Es también el lugar donde se decide el vínculo con los otros.

El director de orquesta Benjamin Zander cuenta en una de sus conferencias una historia que le relató una mujer judía. Cuando era niña riñó a su hermano pequeño por un descuido, poco antes de que ambos fueran separados definitivamente por la guerra. Aquella discusión fue lo último que ocurrió entre ellos. Nunca volvieron a verse.

Esa experiencia la llevó a tomar una decisión que mantuvo durante toda su vida: no decir nunca nada que no pudiera ser dicho por última vez.

La promesa que se hizo esta mujer es sencilla, pero profundamente exigente. Obliga a abordar cada conversación con una conciencia distinta. Nos recuerda que el momento en que hablamos con alguien puede ser irrepetible y que lo que decimos ahora quizá sea lo último que quede entre nosotros.

¿Cuántas veces dejamos para más adelante ciertas reparaciones?

Una disculpa que posponemos. Una palabra de reconocimiento que damos por supuesta. Una conversación que sabemos necesaria pero que seguimos aplazando porque creemos que habrá otra ocasión.

La trampa de la intención

Habitar el presente, sin embargo, no es tan sencillo como podría parecer. Nuestra mente está acostumbrada a moverse con intención. Cuando actuamos con una finalidad clara, tendemos a situarnos mentalmente en el resultado que queremos alcanzar. La atención se desplaza entonces hacia el objetivo, hacia el reto que tenemos delante, hacia aquello que esperamos conseguir. Y, de forma casi imperceptible, dejamos de atender a lo que está ocurriendo ahora.

La intención nos orienta, pero también puede alejarnos del presente.

Cuando estamos demasiado concentrados en el resultado, corremos el riesgo de dejar de ver lo que el momento ofrece. La mirada se estrecha. Solo vemos el camino que hemos imaginado y dejamos de percibir otras posibilidades que quizá estén apareciendo delante de nosotros.

Presencia y estrategia

En su reflexión sobre el instante, Luciano Concheiro Bórquez advierte que vivimos en una época marcada por la aceleración permanente. Todo empuja hacia el siguiente momento: la siguiente tarea, la siguiente respuesta, la siguiente decisión. El presente se convierte así en un simple punto de tránsito entre lo que acaba de ocurrir y lo que está a punto de llegar.

Pero cuando el presente se reduce a un lugar de paso, la experiencia se empobrece. Las cosas suceden, pero apenas llegan a convertirse en experiencia. Falta el tiempo necesario para observarlas, comprenderlas o integrarlas.

Habitar el presente requiere una forma de atención distinta: una atención abierta, disponible, capaz de observar antes de decidir. Una atención que no se precipita hacia el siguiente paso, sino que se detiene el tiempo suficiente para comprender lo que está ocurriendo.

Esta forma de presencia tiene también una dimensión estratégica. En algunas de sus reflexiones sobre la eficacia, el filósofo francés François Jullien recuerda que la tradición estratégica china no parte tanto de fijar un objetivo para después imponer un plan que lo alcance. Lo que propone, más bien, es observar atentamente la configuración de la situación para descubrir el potencial de oportunidad que ya contiene.

El estratega no intenta forzar la realidad para que se ajuste a su plan. Trata de comprender qué dirección está tomando la situación y cómo puede acompañar ese movimiento para que despliegue todo su potencial.

Para percibir ese potencial hace falta algo muy simple y, al mismo tiempo, muy difícil: estar presente.

Cuando la mente está demasiado ocupada proyectándose hacia el resultado, deja de ver lo que la situación ya está ofreciendo.

Los buenos estrategas cuidan su presente, porque es ahí donde empiezan a configurarse los futuros posibles. Cada conversación, cada gesto y cada elección van configurando el terreno sobre el que se reorganizarán las oportunidades del día siguiente.

En cierto modo, el futuro se reconfigura continuamente en función de cómo cerramos el presente, y la forma en que termina un día condiciona la manera en que se abren las posibilidades del siguiente.

Volver al presente

Desde esta perspectiva, habitar el instante no consiste en controlar lo que vendrá, sino en permanecer lo suficientemente atentos como para reconocer lo que está apareciendo y actuar en consecuencia.

Esa presencia no surge de manera espontánea, porque la tendencia de la mente es desplazarse constantemente. Por eso conviene disponer de algún anclaje sencillo que nos permita regresar, una y otra vez, a lo que está ocurriendo.

La respiración cumple de forma natural esa función.

Respirar es un acto que solo puede suceder ahora. No respiramos en el pasado ni en el futuro. Cada inhalación y cada exhalación ocurren en este preciso momento, y en ese ritmo continuo se nos ofrece una referencia constante para volver a situarnos en el presente.

No se trata de hacer nada especial con la respiración, sino de prestarle atención durante unos instantes, de observar cómo entra y sale el aire y de permitir que ese movimiento nos ayude a recuperar una atención más estable y disponible.

En ese gesto sencillo, casi imperceptible, el presente deja de ser una idea para convertirse en experiencia. Y es desde ahí desde donde podemos percibir mejor lo que la situación contiene y decidir con mayor claridad cómo queremos estar en ella.