domingo, 3 de mayo de 2026

El relato en que nos convertimos



Un neurocientífico bastante conocido sugería en una de sus conferencias que, si una persona duda entre dos alternativas, se le puede proponer que lo decida lanzando una moneda al aire. Pero añadía algo más: mírale la cara cuando salga el resultado. Si aparece un gesto de rechazo, dile que haga lo contrario, porque en realidad ya lo había decidido.

En el fondo, lo que plantea es que muchas de nuestras decisiones no se construyen de manera deliberada, sino que emergen de forma intuitiva. Y solo después entra en juego esa parte de la mente que necesita explicarlas, ordenarlas y hacerlas coherentes.

En esta línea, Michael Gazzaniga describió la existencia de una especie de “intérprete” interno que construye explicaciones incluso cuando no tiene acceso directo a las causas reales de lo que hacemos. Es decir, una función que no decide, sino que da sentido a lo decidido.

Algo que conecta con lo que planteó Daniel Kahneman al diferenciar entre un sistema de pensamiento rápido, automático e intuitivo —el que utilizamos la mayor parte del tiempo— y otro más lento, que permite analizar, revisar y, en ocasiones, cuestionar esa primera respuesta.

A esa función que organiza y explica se la ha denominado a veces “el relator”: un mecanismo que no decide, sino que narra. Que llega después, para dar sentido a algo que, en gran medida, ya estaba decidido.

Una cosa es como decidimos y otra cómo explicamos estas decisiones.

La extensión de este fenómeno aparece cuando uno se explica a sí mismo. Sobre cómo es, lo que le gusta o no, por qué hace tal o cual cosa. En esos momentos también parece entrar en juego ese mismo mecanismo.

Cuando alguien dice “yo soy así” o “hago esto por esto otro”, no necesariamente está accediendo al origen de lo que le ocurre. Está construyendo una explicación que resulta coherente, que encaja con lo que cree de sí mismo y que le permite reconocerse.

¿Por qué ocurre esto?

Probablemente porque necesitamos cierta continuidad para funcionar. No solo hacemos cosas: necesitamos sentir que hay un “alguien” que las hace, y que ese alguien tiene una forma reconocible a lo largo del tiempo.

El relato introduce esa continuidad. Ordena lo vivido, evita contradicciones demasiado evidentes y hace que la experiencia resulte comprensible. No es casual. Michael Gazzaniga lo observó en sus conocidos experimentos con pacientes de cerebro dividido: cuando una persona actuaba sin poder acceder a la causa real de su conducta, no se quedaba sin explicación. Construía una que resultara coherente, y la mantenía como propia.

Algo que conecta con lo que planteó Timothy Wilson al mostrar hasta qué punto nuestras explicaciones sobre nosotros mismos son interpretaciones plausibles elaboradas a posteriori, y con la idea de Dan McAdams de que construimos narrativas sobre nosotros mismos para dar sentido y continuidad a nuestra experiencia.

Este mismo mecanismo no se limita a cómo decidimos o a cómo nos explicamos en el presente. También interviene en la forma en que recordamos.

Los recuerdos no son una reproducción fiel de lo vivido, sino una reconstrucción. Cada vez que evocamos algo, lo reorganizamos, lo completamos y, en cierta medida, lo reinterpretamos desde el momento actual.

No es casual. Sabemos que la memoria no es neutra: existen recuerdos y olvidos selectivos, y también desviaciones sistemáticas en la forma en que interpretamos lo que nos ocurre. Elizabeth Loftus mostró hasta qué punto los recuerdos pueden ser moldeados e incluso alterados, mientras que Daniel Kahneman describió cómo estas desviaciones forman parte habitual de nuestro modo de pensar.

En ese proceso, el relato vuelve a operar. No solo para dar sentido a lo que ocurrió, sino también para hacerlo encajar con la imagen que tenemos de nosotros mismos. De algún modo, no solo narramos quiénes somos, sino también construimos quiénes hemos sido.

Y si ese relato es el que organiza lo que vivimos y nos permite reconocernos, cabe preguntarse hasta qué punto eso que llamamos autoconocimiento es realmente conocimiento de nosotros mismos o más bien la narración con la que nos explicamos.

Porque quizás no nos conocemos tanto como creemos, sino que nos explicamos de una manera que resulta coherente. No es lo mismo.

Si esto es así, quizás la cuestión no sea tanto si es posible conocerse, sino cómo hacerlo sin quedar atrapado en la propia explicación. Porque probablemente no podamos dejar de construir relatos sobre nosotros mismos, pero sí podemos empezar a detectarlos.

El autoconocimiento, en ese sentido, no consistiría tanto en encontrar una definición más precisa de cómo se es, sino en desarrollar cierta capacidad para tomar conciencia de ese relator que organiza lo que decimos de nosotros. No para desmontarlo, sino para observarlo y ver cómo da forma a lo que vivimos, qué aspectos enfatiza, cuáles deja fuera y desde qué lugar construye esa coherencia que nos resulta tan convincente.

Ahí, empieza a perfilarse una práctica de lo más sana y conveniente, que no consiste en añadir nuevas explicaciones, sino en suspender, aunque sea por momentos, la necesidad de darlas. En dejar que lo que aparece no tenga que convertirse de inmediato en una historia coherente.

En ese sentido, prácticas como la meditación zen apuntan en esa dirección. No buscan producir un conocimiento sobre uno mismo ni elaborar una comprensión más afinada, sino dar lugar a una atención en la que lo que ocurre pueda ser observado sin quedar inmediatamente absorbido por el relato.

No se trata de que el relato desaparezca. Sigue ahí, apareciendo en forma de pensamientos, explicaciones o interpretaciones. Es inevitable: la mente relatora continúa operando. Pero deja de tener la misma centralidad. El relato puede ser detectado y observado sin necesidad de ser seguido, sin que tenga que organizar por completo la experiencia.

Es precisamente la conciencia de ese funcionamiento —de la presencia del relator— la que puede tener efectos prácticos. Puede llevarnos a pausar la toma de decisiones, a no dar por buena la primera explicación que aparece y a introducir, cuando es necesario, una forma de pensar más deliberada. Una forma de pensar que no se conforme con parecer racional, sino que explore también aquello que esa racionalidad quizá esté evitando.

También lo que invita a contrastar con otros aquello que creemos conocer o haber vivido, especialmente cuando se trata de experiencias compartidas, y a reconocer que nuestra interpretación no es la única posible.

En otros casos, puede traducirse en algo más sencillo: contener la necesidad de explicarse, callar antes de entrar en lo que probablemente acabe siendo una versión de uno mismo organizada en una historia coherente más o menos atractiva.

Y es en ese tipo de gestos donde vuelve a abrirse la posibilidad de seguir conociéndose, no tanto añadiendo nuevas definiciones como detectando esas pequeñas fisuras en las que lo que decimos de nosotros no termina de coincidir del todo con lo que ocurre.

Tal vez conocerse tenga que ver con esto: descubrir el relato que uno se cuenta, poder dudar de él y advertir lo que no termina de encajar, porque, en el fondo, no se trata tanto de saber quién se es como de no darlo del todo por sabido.

lunes, 20 de abril de 2026

El prompt como forma de pensar con el exocerebro

 

Hay ideas que, cuando aparecen, se convierten en verdaderos portales que delimitan claramente un antes y un después. A mí esto me sucedió cuando conocí la obra de Roger Bartra.

La tesis que desarrolla en Antropología del cerebro fue determinante. Bartra cuestiona una idea muy arraigada: la de que la mente es algo que ocurre exclusivamente dentro de la cabeza. Frente a esa imagen, propone otra más abierta y bastante más transgresora. La mente humana —dice— no está completa en el cerebro biológico, sino que se extiende hacia afuera, apoyándose en un entramado de elementos culturales que actúan como prótesis: el lenguaje, los símbolos, las normas, los artefactos o las instituciones. A ese conjunto lo denomina exocerebro.

No se trata de una metáfora, sino de una forma de entender que buena parte de lo que pensamos, recordamos o decidimos no es posible sin ese soporte externo que hemos ido construyendo colectivamente a lo largo del tiempo. Leída desde aquí, la idea de individuo autosuficiente se resquebraja y aparece otra imagen: la de una humanidad que funciona como una red viva de interdependencias en la que cada persona participa —de manera más o menos consciente— en la producción de una mente compartida.

En mi trabajo, esta intuición ha estado siempre presente de forma más o menos explícita. Durante años he tendido a pensar las organizaciones, los equipos y las comunidades profesionales como si fueran algo parecido a un sistema nervioso distribuido. No porque las personas sean neuronas en sentido estricto, sino porque entre ellas circulan conocimientos, interpretaciones y formas de hacer que no pertenecen del todo a nadie y, sin embargo, sirven a todos. Lo que Bartra aporta es un marco más preciso para esta intuición, permitiendo dejar de hablar en términos puramente metafóricos y considerar que esa “mente compartida” es una condición real del funcionamiento humano.

Si seguimos su tesis, el exocerebro ha sido siempre ese conjunto de soportes externos que hacen posible y amplían el pensamiento. Pero la irrupción de la inteligencia artificial introduce un matiz relevante. No estamos únicamente ante una nueva extensión, sino ante algo que se presenta como una alteridad: un sistema que no solo almacena o transmite, sino que responde, propone, reorganiza y devuelve el pensamiento transformado.

Tengo la fortuna de que en mi propio exocerebro figuran las aportaciones impagables de personas como Asier Gallastegui, Víctor Cano, Miquel Rodríguez o Isabel Iglesias, que comparten de manera generosa y constante información o documentación que intuyen que puede interesarme. No se trata de un detalle menor. Años de relación han ido configurando una capacidad para reconocer los intereses de cada cual, y es raro que esas recomendaciones no resulten especialmente ajustadas y oportunas.

En este caso fue Asier quien me sugirió la lectura de Pensar con prompts, de Jianwei Xun. Me comentaba que le resonaba con Roger Bartra, del cual sabía mi querencia por ser yo mismo quien se lo había presentado años atrás.

 


Lo interesante de la obra de Jianwei Xun es que permite observar cómo ese exocerebro —que hasta ahora hemos entendido como un entramado cultural compartido— adquiere una cualidad distinta cuando incorpora sistemas capaces de interactuar con nosotros.

Es aquí donde la propuesta de Jianwei Xun resulta especialmente interesante. El libro no se limita a describir una herramienta, sino que plantea distintas formas de relación con ella. Por un lado, recoge las más habituales: una relación subordinada, en la que la IA se utiliza como instrumento, y otra más acrítica, en la que se la convierte en una especie de oráculo. Sin embargo, es en una tercera vía —la más interesante— donde sitúa el verdadero potencial: una relación de carácter mayéutico.

En esta última, la IA no sustituye el pensamiento ni se limita a ejecutarlo, sino que actúa como un interlocutor que tensiona, amplía y acompaña el proceso de reflexión. Desde esta perspectiva, este nuevo elemento exocerebral no solo aporta información, sino que se convierte en una fuente de aprendizaje activa, capaz de situar a la persona en el límite de sus propias formulaciones. Al mismo tiempo, sus aportaciones no son definitivas: pueden ser matizadas y reorientadas en función de lo que se busca.

Se configura así un diálogo en el que cada respuesta no cierra, sino que abre nuevas dudas que, a su vez, obligan a reformular la idea inicial. El pensamiento no avanza por acumulación de respuestas, sino por este movimiento continuo de ajuste, en el que lo que se obtiene transforma lo que se pregunta. Es en esa dinámica donde aparece una forma de cocreación que no elimina la necesidad de pensar, sino que la intensifica.

Si hay algo especialmente valioso en esta relación con la inteligencia artificial es la forma en que nos obliga a pensar el prompt. El prompt no es simplemente una instrucción ni una pregunta afinada, sino que puede llegar a ser un espacio en el que conviven una idea y una duda. En cierto modo, el pensamiento ya no se limita a formular respuestas, sino que se orienta hacia la construcción de las preguntas que lo hacen posible, desplazando el foco desde la respuesta hacia su elaboración..

En ese sentido, pensar el prompt es ya una forma de reflexión. No es algo que venga después de haber pensado, sino que forma parte del propio proceso: al construirlo, el pensamiento se va definiendo, obligando a situarse, a precisar y a reconocer los límites de lo que se sabe y de lo que aún no se ha formulado con claridad. Ahí reside, probablemente, una de las oportunidades más interesantes que ofrece este tipo de intercambio.

Sin embargo, esta posibilidad convive con otra tendencia que empieza a hacerse visible: la de convertir los prompts en un producto que puede comprarse, compartirse o reutilizarse como una solución ya elaborada. En un entorno orientado a la eficiencia, resulta esperable que muchas personas opten por acceder directamente al resultado sin pasar por el proceso, del mismo modo que en otros ámbitos se buscan atajos para facilitar la tarea.

Como siempre, el problema no está en la herramienta, sino en el uso que se hace de ella. Porque es precisamente en la elaboración del prompt donde la persona se ve obligada a acercarse al límite de su conocimiento, a distinguir entre lo que sabe, lo que no sabe y lo que apenas intuye. Cuando ese proceso se sustituye por el uso de prompts ya construidos, no solo se pierde una técnica, sino una oportunidad de fortalecer el pensamiento.

En este punto, lo que plantea Jianwei Xun adquiere un valor que va más allá de la novedad de la herramienta. Su propuesta no consiste en aprender a usar mejor la inteligencia artificial, ni en dominar una técnica, ni en acumular fórmulas eficaces. Tampoco adopta una posición alarmista ni se centra en marcar distancias o delimitar roles. Lo que propone es una forma de relación: una relación que no busca respuestas inmediatas, sino que se basa en el proceso de elaboración; que no delega el pensamiento, pero tampoco lo deja sin contrastar.

El propio libro es, en cierto modo, una demostración de esta forma de trabajar. No explica simplemente cómo hacerlo, sino que lo practica, siendo en sí mismo una consecuencia de esa forma de relación. Y quizá ahí resida también su dificultad, porque esta relación mayéutica exige tiempo, atención, disposición a revisar lo que uno piensa y capacidad para soportar cierta tensión. En un entorno que tiende a la inmediatez y a la simplificación, no parece la opción más natural.

Es posible que el mercado acabe imponiendo formas de uso más cómodas, subordinadas o instrumentales, orientadas a obtener respuestas rápidas y cada vez más ajustadas a lo esperado. Sin embargo, es precisamente en la fricción constructiva que se describe en este libro donde parece situarse su mayor potencial: el de disponer de un espacio en el que el pensamiento no se cierra, sino que se despliega en relación con algo que, sin ser uno mismo, tampoco es del todo ajeno. Un espacio en el que la reflexión no se agota en la respuesta, sino que se convierte en una forma de seguir creciendo.

 


lunes, 13 de abril de 2026

La rumiación

 

Hay una forma de sufrimiento que pasa bastante desapercibida porque no se presenta de manera evidente ni dramática. Carece de la intensidad de un conflicto o la claridad de un problema concreto. Sin embargo, ocupa una parte importante de nuestro tiempo y deja un poso constante de tensión. Es la rumiación.

La rumiación consiste en ese proceso en el que la mente se queda dando vueltas a una misma idea sin avanzar realmente en su resolución. A veces se trata de algo que ya ha ocurrido y que volvemos a recrear una y otra vez, introduciendo pequeñas variaciones en lo que dijimos o en lo que podríamos haber hecho. Otras veces se sitúa en el futuro, cuando anticipamos situaciones posibles y ensayamos múltiples escenarios que cambian ligeramente entre sí, como si de esa repetición pudiera surgir una respuesta definitiva. También aparece cuando imaginamos respuestas o diálogos que nos gustaría tener y que probablemente nunca se darán tal y como los hemos construido, aunque eso no impide que sigamos preparándolos mentalmente.

En todos estos casos hay un elemento común: la tensión. La rumiación no es un proceso neutro ni descansado. Es una actividad mental que mantiene al cuerpo y a la atención en un estado de activación constante, como si estuviéramos resolviendo algo importante, aunque en realidad no estamos avanzando en nada. Es, en cierto modo, una especie de simulación continua en la que construimos, corregimos y evitamos situaciones imaginarias que solo se interrumpen cuando algo externo logra captar nuestra atención de manera más intensa.

Pero la rumiación no se limita a estos contenidos mentales más elaborados. También aparece de forma muy clara en la postergación. En esos momentos en los que sabemos que deberíamos hacer algo y, sin embargo, decidimos retrasarlo. Puede ser algo tan simple como levantarse cuando suena el despertador o salir a correr cuando lo hemos previsto. En ese pequeño margen de tiempo que nos damos, la mente no se detiene; al contrario, se activa generando argumentos, justificaciones, pequeñas negociaciones internas, anticipaciones y, en muchos casos, una cierta sensación de culpa. No es un tiempo de descanso real, aunque a veces lo vivamos como tal, sino un espacio ocupado por esa misma dinámica de rumiación.

Por eso, desde un punto de vista práctico, muchas de estas situaciones se resolverían de una manera mucho más sencilla si redujéramos ese margen. Si te tienes que levantar, levantarte. Si has decidido hacer algo, hacerlo. No porque haya que actuar de forma impulsiva o sin reflexión, sino porque en muchos casos la reflexión adicional no aporta nada nuevo y solo prolonga un estado de tensión innecesario.

Postergar no suele ser un tiempo neutro. Es, en gran medida, un tiempo habitado por la rumiación. Y ese tiempo tiene un coste. No solo en términos de eficacia, por lo que dejamos de hacer, sino también en la relación con nosotros mismos. Cada pequeña evitación, por pequeña que sea, va erosionando la autoestima, generando una sensación de desgaste que, aunque no siempre sea consciente, se acumula.

Hay algo en la rumiación que recuerda a una forma leve de adicción. Volvemos a ella sin que nos aporte nada, como si en esa repetición hubiera alguna posibilidad de control o de alivio que nunca termina de llegar. Nos mantiene ocupados, pero no nos acerca a nada. Al contrario, nos retiene.

Quizá por eso, algunas expresiones de antes apuntaban en esta dirección sin nombrarla del todo. Aquello de no dejar para mañana lo que puede hacerse hoy tenía probablemente más que ver con evitar este bucle que con una llamada a la productividad. Y cuando se hablaba de oponer la diligencia a la pereza, tal vez no se trataba tanto de hacer más, sino de aplicar un antídoto sencillo a ese proceso mental repetitivo y agotador que se activa cuando postergamos.

Visto así, actuar no es tanto una cuestión de exigencia como de alivio.