Entre nosotros manteníamos una correspondencia epistolar bajo el elegante símbolo de la Espiritual Orden. A esta correspondencia incorporábamos de nuestro puño, con un estilo delicado, preciso, incisivo y esencialmente [supra]romántico, apuntes poligráficos, recetas y aforismos que, fragmento a fragmento y mezclados entre los contenidos de cada epístola, daban lugar a lo que después sería un Diccionario o un Manual.
Ya entonces, en estas cartas, conversábamos y compartíamos inquietudes y experiencias construyendo conceptos e hilvanando conjuros que iluminaban mágicamente aquellos escenarios en los que nos movíamos y a aquellos que nos acompañaban.
De esta correspondencia epistolar, y a modo de poción para sobrellevar la nostalgia de un amor prematuramente amputado, surgió un coctel imaginario, el Dry Feeling:
“Mezclar una base de nostalgia con unas gotas de alegría seca [la opción de
hacerlo más dulce con un poco de ternura es opcional]. Depositar en el fondo de
una copa la sombra de una duda, verter la mezcla y exprimir, melódicamente, un
fragmento de piel de limón”
A lo largo de mucho tiempo, el Dry Feeling calmó literariamente nuestra sed apareciendo en cuentos cortos o entre otros escritos a modo de trago al que acudir cuando ciertas sensaciones nos atenazaban y exigían exhalar una niebla avaloniana que descubriera la orilla a la que, realmente, teníamos intención y voluntad de arribar, lejos del afán que otros pretendían de nuestra juventud.
Pasados unos años acudimos al centro telúrico del que, en aquel momento, era el Ars Combinatoria…:
- ¿Qué van a tomar los señores?
- Humm… un Dry Feeling, por favor…
- Ningún problema, ¿cuáles son los ingredientes?
- Una base de nostalgia, con unas gotas de alegría seca y, en el fondo, la sombra de una duda.
A partir de esas instrucciones, los sacerdotes del lugar elaboraron cinco cócteles distintos, unos más secos, otros más dulces, servidos en vasos y copas diversos y siendo consecutivamente desestimados a la cata.
Mientras, silenciosa y elegantemente, Paco [el archidruida, para entendernos] vertía en un vaso mezclador una medida de Absolut Vodka a la que le añadió unas gotas de Canadian. En una copa de dry martini depositó una aceituna negra, vertió el contenido del vaso mezclador y con un gesto profesional, construido a lo largo de años, pulverizó una fina piel de limón: Su Dry Feeling señores…
Ahora que se acerca con paso cada vez más cansado y menos sonriente, pero igual de puntual y persistente, aquel que reparte cada año un año más, a menudo me encuentro recreando recuerdos de esta época que se me antoja sencillamente deliciosa y en la cual ya exhibíamos, quizás con más pasión, aquellos rasgos que constituyen el activo real que se oculta detrás de todo aquello que, normalmente, hacemos: la capacidad de crear otros mundos.
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En la foto de arriba, el Dry Feeling desde el punto de vista de uno de los barmans [Gerard] que contribuyó, fotográficamente, a su recreación.
En la foto del centro, parte de los creadores del Dry Feeling [falta Javier Z., nuestro Caballero del Sur]


