La
conversación es un tipo de diálogo, pero no todos los diálogos son conversaciones.
La interacción informativa que se da en el pasillo, el debate, la negociación o las preguntas y respuestas que pueden darse en una charla, son
otras formas de dialogar, pero no son conversaciones.
La
conversación se distingue de todas estas tipologías de diálogo en que no persigue
nada, no es un canal para obtener algo, no busca un resultado concreto, la
conversación es un fin en sí misma, como mucho es una herramienta al servicio
de la relación ya que, toda conversación es expansiva y permite identificar, en
lo personal, puntos en común con la otra persona, de ahí que la conversación
siempre sea, en mayor o menor grado, placentera por el mero gusto de hablar y
escuchar a la otra persona.
Aun
así, esta falta de sentido utilitario de la conversación no la exime de poder ser
utilizada para preparar y engrasar otro tipo de diálogos y facilitar los
resultados que persiguen como, por ejemplo, las negociaciones en el ámbito
político donde, como es sabido, es habitual echar mano de este componente
expansivo de la conversación para acercar a las personas y, con ellas, los
posteriores planteamientos que se darán en el seno de una negociación.
Es
complicado diseñar y estructurar previamente una conversación sin que ésta deje
de serlo para pasar a ser una actividad dirigida, más o menos dinámica o divertida,
ya que, incluso en los encuentros conversacionales para resolver conflictos, las
conversaciones están marcadas siempre por la espontaneidad, por no tener tareas
asignadas ni resultados que lograr y
donde las personas pueden hablar de lo que les apetezca por el simple gusto de
hacerlo. Una conversación es un momento caórdico
en el sentido más natural y pleno de la palabra.
Cuando
no es así, probablemente se está dando otro tipo de diálogo, quizás una
negociación, un debate o una discusión cuando no una mediación, si es que se
requiere de alguien que arbitre por no haber voluntad de llegar a acuerdos o no
se poseen las competencias necesarias para hablar y escuchar.
Una
conversación es siempre, en cualquier situación, una pausa preñada de
posibilidades ya que permite parar, tomar distancia, desactivar las
aprehensiones y ver con más claridad, de ahí que el hecho de que existan
perjuicios o discrepancias en la forma de ver las cosas no invalide la
posibilidad de que pueda haber conversación y la aconseje como un recurso
importante para preparar, fortalecer y facilitar otros procesos como los de negociación.
La
capacidad de conversar espontáneamente cuando se dan las condiciones necesarias,
es una facultad inherente al ser humano, pero provocar esas condiciones y
conocer las normas que regulan la conversación para utilizarla de manera
deliberada y convertirla en herramienta para la relación o para dirimir
conflictos, requiere de un aprendizaje que permita tomar consciencia de esas
normas y condiciones para poder usarlos intencionadamente.
Sin
esta toma de consciencia previa es muy difícil generar la convicción necesaria
para poder neutralizar y remontar la impaciencia, los prejuicios y las resistencias
por las que, precisamente, necesitamos la conversación como paso previo o fase
que facilite cualquier otro tipo de diálogo.
¿De
qué se ha de ser consciente?
TIEMPO.
Una
conversación no se aborda con prisas ya que la prisa está muy relacionada con
la obtención de un resultado y, además, en poco tiempo.
La
conversación, como ya he indicado, ha de ser abordada como una pausa, como un
espacio atemporal e ingrávido dentro de las cotidianeidad productiva y obsesionada
por los resultados en la que solemos estar inmersos. Querer conversar supone
estar dispuesto a renunciar a parte de este tiempo productivo para invertirlo
tan solo en relación.
INTENCIÓN.
A
diferencia de cualquier otro tipo de diálogo, una conversación no tiene unos
objetivos que remitan a unos resultados concretos, pero sí que tiene un
propósito que ha de ser compartido por todas las partes, y este propósito no puede
ser otro que el de acortar las diferencias personales para aumentar la sintonía
con la otra parte y facilitar la posibilidad de un acuerdo en el caso de que,
por ejemplo, esta conversación sea el paso previo a una negociación.
Cada
una de las personas que participan en la conversación ha de ingresar en ella
con el propósito de acercarse y conocer al otro. Lo contrario, el contacto
receloso o partir de un enfoque extractivo, es contrario a la conversación.
EXPLORACIÓN
Nadie
puede pretender en una conversación ser el centro de la misma. Los buenos
conversadores son ávidos exploradores y aprovechan el diálogo conversacional
para ampliar sus límites y marcos referenciales. Esto significa saber preguntar
y, sobre todo, escuchar. Una escucha sincera y curiosa es la base de la
conversación además de un poderoso mecanismo para despertar interés y simpatía en
la otra persona.
Explorar,
en el contexto de una conversación significa también no poner límites sobre los
temas de los que se puede hablar, poder abandonarse al caorden
conversacional con la seguridad de que cualquiera de la multitud de sus
ramificaciones conducen al mismo sitio,
a la persona con la que se está conversando y, por lo tanto, sirven.
RESPETO
Una
conversación se plantea siempre desde el respeto entre las diferentes personas
que participan en ella, respeto por sus ideas, necesidades y ambiciones.
El
respeto se explicita a través de una serie de comportamientos que suelen ser
importantes en cualquier tipo de diálogo pero que en la conversación son
fundamentales, quizás las únicas normas que hay que seguir escrupulosamente.
Así
pues, las personas que se plantean conversar han de escuchar sin interrumpir al
otro, evitar ironías y sarcasmos sobre las aportaciones de la otra persona, centrarse
en temas de interés común, no extenderse demasiado en las intervenciones, no criticar a tras personas, evitar hablar de uno mismo,
ser educado,
no perder el control, interactuar siempre mediante la palabra y, muy importante, permanecer en la conversación hasta que las
partes deciden darla por acabada, ya que, cualquier conversación ha de poder
continuar en el tiempo, al margen de que esto vaya a suceder o no.
A
modo de conclusión, cualquier persona es susceptible de moverse ágil en una
conversación cuando esta surge espontáneamente, sin premeditación, pero
provocar la conversación para hacer un uso voluntario de ella exige de antemano
de convicción
y perspectiva
estratégica para invertir y no ver la aportación de tiempo como un coste,
para contener la impaciencia y dejarse llevar por el mero placer de
intercambiar impresiones, para saber que la inversión en fortalecer una
relación genera, tarde o temprano, resultados en términos de confianza y
colaboración.
Puede
parecer fácil y que todas y todos ya estamos ahí, no es así.
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La imagen corresponde a La Conversación, de Federico Zandomeneghi (1841-1917)