Esta imagen corresponde a las señas de identidad que se pueden leer desde una de las “efes” de este violín. Las efes son esas dos grandes ranuras curvas que se hallan en la caja del instrumento. Desde ahí se puede distinguir una etiqueta que, pegada en la tabla del fondo, delata el nombre, el lugar y el año en el que fue elaborado: 1844.
Emana de todo lo antiguo una trascendencia que nos llega de una manera difícil de explicar y que se pone de relieve por algo más que por su pura presencia. Se trata de algo que va más allá de los materiales que se utilizaban y que nos lleva a la manera y a la consciencia con la que fueron elaborados. Una consciencia que se basaba en hacer las cosas para que duraran siempre y que determinaba la forma con la que se diseñaban, construían y se ensamblaban cada una de sus partes, dotando aquello de lo que se tratase de la solidez que caracteriza esa atemporalidad con la que nos fascina.
Sucede con este instrumento, con la música, la arquitectura o la literatura de los clásicos que su propia trascendencia subrayan la caducidad de quien pretende erigirse en su dueño dándose la paradoja, por ejemplo que, más que poseer este violín, la persona afortunada que lo hace sonar actualmente es, tan sólo, una más de sus violinistas.
Hubo un tiempo en el que, además, las personas se dedicaban a impulsar proyectos y a construir cosas que requerían de mucho más tiempo que el que les quedaba de vida. De este modo se proyectaron monumentos, catedrales y sinfonías cuya construcción trascendió a quienes las conceptualizaron siendo continuadas, finalizadas y disfrutadas por generaciones posteriores.
En esta forma de hacer de los antiguos, parecía haber una consciencia clarísima de lo limitada que puede ser toda una vida respecto al tiempo que requieren ciertos propósitos y pone en evidencia dos aspectos muy importantes, por un lado la concepción que del tiempo debían tener aquellas personas y por el otro el compromiso que adquirían respecto de su obra y del propósito que la había inspirado. Una concepción del tiempo y un compromiso que suponía incluir en el diseño del proyecto las indicaciones necesarias para orientar a aquél que tuviera que continuarlo.
Algo muy distinto a lo que sucede actualmente donde en cualquier ámbito de la vida social, organizativa y personal, una de los criterios que determinan la conceptualización de un proyecto es el de poder asistir a su finalización.
Estamos muy lejos de los antiguos constructores de catedrales o de Gaudí y de su Sagrada Familia, ya que hoy en día es difícil que alguien enfoque un proyecto con la mentalidad de no poder verlo terminar. Éste es uno de los principales aspectos que condicionan sobremanera la tipología de los proyectos que se impulsan actualmente.
En la vida de las organizaciones cabe preguntarse de qué manera incide este aspecto en lo que nos apresuramos a denominar como utopías y en las aspiraciones y compromisos que están dispuestas a adoptar estas organizaciones para impulsar aquellos proyectos que requieren de un recorrido que vaya más allá de los períodos contractuales o de la vida profesional de quienes los lideran. Es evidente que para transformar ciertos aspectos de la cultura corporativa se requiere de un diseño capaz de garantizar la persistencia y la coherencia en las actuaciones que requieren los cambios de este tipo. ¿Hasta qué punto nos comprometemos y estamos dispuestos a impulsar un cambio del que no acabemos siendo testigos? ¿Son las utopías los límites en los que nos tiene atrapados el tiempo?
Algo me dice que en la respuesta a estas preguntas está la clave de la esperanza que podemos depositar en aquellos cambios que requiera de un trabajo más fondo y perseverante que la fugacidad a la que estamos acostumbrados en nuestros proyectos, incluido el cambio de modelo social que tanto necesita el momento actual.
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La foto superior es de [cumClavis]. La del cuerpo del artículo es de Burt Glinn [Barcelona, 1960]



