Hay ideas que, cuando aparecen, se convierten en verdaderos portales que delimitan claramente un antes y un después. A mí esto me sucedió cuando conocí la obra de Roger Bartra.
La tesis que desarrolla en Antropología del cerebro fue determinante. Bartra cuestiona una idea muy arraigada: la de que la mente es algo que ocurre exclusivamente dentro de la cabeza. Frente a esa imagen, propone otra más abierta y bastante más transgresora. La mente humana —dice— no está completa en el cerebro biológico, sino que se extiende hacia afuera, apoyándose en un entramado de elementos culturales que actúan como prótesis: el lenguaje, los símbolos, las normas, los artefactos o las instituciones. A ese conjunto lo denomina exocerebro.
No se trata de una metáfora, sino de una forma de entender que buena parte de lo que pensamos, recordamos o decidimos no es posible sin ese soporte externo que hemos ido construyendo colectivamente a lo largo del tiempo. Leída desde aquí, la idea de individuo autosuficiente se resquebraja y aparece otra imagen: la de una humanidad que funciona como una red viva de interdependencias en la que cada persona participa —de manera más o menos consciente— en la producción de una mente compartida.
En mi trabajo, esta intuición ha estado siempre presente de forma más o menos explícita. Durante años he tendido a pensar las organizaciones, los equipos y las comunidades profesionales como si fueran algo parecido a un sistema nervioso distribuido. No porque las personas sean neuronas en sentido estricto, sino porque entre ellas circulan conocimientos, interpretaciones y formas de hacer que no pertenecen del todo a nadie y, sin embargo, sirven a todos. Lo que Bartra aporta es un marco más preciso para esta intuición, permitiendo dejar de hablar en términos puramente metafóricos y considerar que esa “mente compartida” es una condición real del funcionamiento humano.
Si seguimos su tesis, el exocerebro ha sido siempre ese conjunto de soportes externos que hacen posible y amplían el pensamiento. Pero la irrupción de la inteligencia artificial introduce un matiz relevante. No estamos únicamente ante una nueva extensión, sino ante algo que se presenta como una alteridad: un sistema que no solo almacena o transmite, sino que responde, propone, reorganiza y devuelve el pensamiento transformado.
Tengo la fortuna de que en mi propio exocerebro figuran las aportaciones impagables de personas como Asier Gallastegui, Miquel Rodríguez o Isabel Iglesias, que comparten de manera generosa y constante información o documentación que intuyen que puede interesarme. No se trata de un detalle menor. Años de relación han ido configurando una capacidad para reconocer los intereses de cada cual, y es raro que esas recomendaciones no resulten especialmente ajustadas y oportunas.
En este caso fue Asier quien me sugirió la lectura de Pensar con prompts, de Jianwei Xun. Me comentaba que le resonaba con Roger Bartra, del cual sabía mi querencia por ser yo mismo quien se lo había presentado años atrás.
Lo interesante de la obra de Jianwei Xun es que permite observar cómo ese exocerebro —que hasta ahora hemos entendido como un entramado cultural compartido— adquiere una cualidad distinta cuando incorpora sistemas capaces de interactuar con nosotros.
Es aquí donde la propuesta de Jianwei Xun resulta especialmente interesante. El libro no se limita a describir una herramienta, sino que plantea distintas formas de relación con ella. Por un lado, recoge las más habituales: una relación subordinada, en la que la IA se utiliza como instrumento, y otra más acrítica, en la que se la convierte en una especie de oráculo. Sin embargo, es en una tercera vía —la más interesante— donde sitúa el verdadero potencial: una relación de carácter mayéutico.
En esta última, la IA no sustituye el pensamiento ni se limita a ejecutarlo, sino que actúa como un interlocutor que tensiona, amplía y acompaña el proceso de reflexión. Desde esta perspectiva, este nuevo elemento exocerebral no solo aporta información, sino que se convierte en una fuente de aprendizaje activa, capaz de situar a la persona en el límite de sus propias formulaciones. Al mismo tiempo, sus aportaciones no son definitivas: pueden ser matizadas y reorientadas en función de lo que se busca.
Se configura así un diálogo en el que cada respuesta no cierra, sino que abre nuevas dudas que, a su vez, obligan a reformular la idea inicial. El pensamiento no avanza por acumulación de respuestas, sino por este movimiento continuo de ajuste, en el que lo que se obtiene transforma lo que se pregunta. Es en esa dinámica donde aparece una forma de cocreación que no elimina la necesidad de pensar, sino que la intensifica.
Si hay algo especialmente valioso en esta relación con la inteligencia artificial es la forma en que nos obliga a pensar el prompt. El prompt no es simplemente una instrucción ni una pregunta afinada, sino que puede llegar a ser un espacio en el que conviven una idea y una duda. En cierto modo, el pensamiento ya no se limita a formular respuestas, sino que se orienta hacia la construcción de las preguntas que lo hacen posible, desplazando el foco desde la respuesta hacia su elaboración..
En ese sentido, pensar el prompt es ya una forma de reflexión. No es algo que venga después de haber pensado, sino que forma parte del propio proceso: al construirlo, el pensamiento se va definiendo, obligando a situarse, a precisar y a reconocer los límites de lo que se sabe y de lo que aún no se ha formulado con claridad. Ahí reside, probablemente, una de las oportunidades más interesantes que ofrece este tipo de intercambio.
Sin embargo, esta posibilidad convive con otra tendencia que empieza a hacerse visible: la de convertir los prompts en un producto que puede comprarse, compartirse o reutilizarse como una solución ya elaborada. En un entorno orientado a la eficiencia, resulta esperable que muchas personas opten por acceder directamente al resultado sin pasar por el proceso, del mismo modo que en otros ámbitos se buscan atajos para facilitar la tarea.
Como siempre, el problema no está en la herramienta, sino en el uso que se hace de ella. Porque es precisamente en la elaboración del prompt donde la persona se ve obligada a acercarse al límite de su conocimiento, a distinguir entre lo que sabe, lo que no sabe y lo que apenas intuye. Cuando ese proceso se sustituye por el uso de prompts ya construidos, no solo se pierde una técnica, sino una oportunidad de fortalecer el pensamiento.
En este punto, lo que plantea Jianwei Xun adquiere un valor que va más allá de la novedad de la herramienta. Su propuesta no consiste en aprender a usar mejor la inteligencia artificial, ni en dominar una técnica, ni en acumular fórmulas eficaces. Tampoco adopta una posición alarmista ni se centra en marcar distancias o delimitar roles. Lo que propone es una forma de relación: una relación que no busca respuestas inmediatas, sino que se basa en el proceso de elaboración; que no delega el pensamiento, pero tampoco lo deja sin contrastar.
El propio libro es, en cierto modo, una demostración de esta forma de trabajar. No explica simplemente cómo hacerlo, sino que lo practica, siendo en sí mismo una consecuencia de esa forma de relación. Y quizá ahí resida también su dificultad, porque esta relación mayéutica exige tiempo, atención, disposición a revisar lo que uno piensa y capacidad para soportar cierta tensión. En un entorno que tiende a la inmediatez y a la simplificación, no parece la opción más natural.
Es posible que el mercado acabe imponiendo formas de uso más cómodas, subordinadas o instrumentales, orientadas a obtener respuestas rápidas y cada vez más ajustadas a lo esperado. Sin embargo, es precisamente en la fricción constructiva que se describe en este libro donde parece situarse su mayor potencial: el de disponer de un espacio en el que el pensamiento no se cierra, sino que se despliega en relación con algo que, sin ser uno mismo, tampoco es del todo ajeno. Un espacio en el que la reflexión no se agota en la respuesta, sino que se convierte en una forma de seguir creciendo.



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