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viernes, 9 de agosto de 2024

Exocerebro

 


Una de las hipótesis principales con las que enfoco mis intervenciones – y mi vida en general – es que, como seres, formamos parte de un mismo ente. La metáfora que suelo utilizar es que las personas somos a la Humanidad lo que las neuronas al cerebro: unidades que encajamos en un tejido social interrelacionado donde cada uno de nosotros recibe y aporta al conjunto. Así como las neuronas contribuyen a la construcción de una consciencia y a nuestras decisiones como individuos, la conexión entre cada persona en este tejido social contribuye a una cultura compartida a lo largo del tiempo, que determina y condiciona nuestra cognición y nos trasciende.

En realidad, en mi hipótesis no estamos tan solo conectados entre los humanos, sino que esta conexión alcanzaría a cualquier entidad o partícula que, utilizando la terminología cuántica de John Henry Schwarz, vibre en el Universo. Pero, por el momento voy a limitarme a la conexión entre humanos para poner foco en lo importante del conjunto en la vida mental de cada individuo.

Esta hipótesis sobre la interrelación y la importancia de lo colectivo está presente en la narrativa contemporánea, pero paradójicamente choca con la mentalidad pragmática, individualista y competitiva que sustenta el actual sistema de estratificación social, producción y consumo. Un enfoque que pone al individuo en el centro, atribuyendo los logros al líder en lugar de reconocer al equipo en su conjunto [incluido el líder, por supuesto]. Este modelo, predominante en muchas de nuestras organizaciones, está promoviendo a líderes autoproclamados, pequeños reyezuelos, que creen que la inteligencia es directamente proporcional al poder que poseen, y que ésta justifica el que puedan imponer su visión privilegiada. Un modelo que ve la humildad como una palabra bonita, una virtud secundaria, casi ingenua, que solo puede permitirse quien ya ha alcanzado el éxito. ¿Realmente podemos prosperar como personas sin la red de conexiones que nos sostiene? ¿Qué tipo de toxina estamos liberando al priorizar el individualismo y el estrellato sobre la colaboración?

Este punto de vista está obsoleto y mantenerlo es una falacia. Ni para la especie, ni para nada que no sean los intereses de algunos pocos, tiene algún sentido este afán neoliberal individualista y competitivo, de superponernos u obviarnos los unos a los otros. Los seres humanos estamos interconectados indefectiblemente y esta conexión, lejos de ser superficial, constituye la esencia de nuestra existencia y la base de nuestra cultura compartida. Ello explica fenómenos muy concretos como el hecho de que el aislamiento sea un mecanismo de tortura o que la soledad absoluta conduzca a la enajenación mental si dura muchos años.

Afirmar, como he hecho al principio, que esta hipótesis es mía, sería entrar en colisión con el núcleo de la misma idea que estoy exponiendo. Las aportaciones de varios pensadores y pensadoras inspiran o refuerzan esta visión que subraya la importancia de lo colectivo en la actividad mental y en la formación de la consciencia.

Ana Carrasco, en su reciente ensayo sobre el impacto de la muerte en la colectividad, plantea que "somos nuestros vivos y nuestros muertos, somos lo que incorporamos del otro". Esta idea sugiere que nuestra identidad y existencia no son entidades aisladas, sino que se construyen a través de nuestras relaciones y conexiones con los demás. La muerte del otro no es simplemente una pérdida individual, sino un evento que transforma a la comunidad entera, revelando la profundidad de nuestra interdependencia.

Almudena Hernando refuerza esta visión. Según Hernando, concebirnos al margen de la comunidad es una fantasía, ya que dependemos de ella para todo lo que necesitamos. Esta perspectiva destaca que nuestra percepción de ser individuos autónomos es ilusoria; en realidad, nuestra identidad y bienestar están inextricablemente ligados a la red social en la que estamos inmersos y que muchas veces nos esforzamos en invisibilizar.

Steven Johnson, en su obra " Las buenas ideas: Una historia natural de la innovación", argumenta que la innovación y la creatividad emergen más fácilmente en entornos abiertos y colaborativos que en contextos aislados. Johnson sugiere que los entornos colectivos son fundamentales para el desarrollo de ideas, ya que facilitan la interacción y la diversidad de pensamientos. Esto respalda la idea de que nuestra capacidad para pensar, crear y evolucionar no es un proceso solitario, sino que se nutre de la colaboración y la interconexión con otros.

El antropólogo Roger Bartra, señala que la influencia de la cultura en la que estamos inmersos, en nuestra cognición y consciencia visibiliza esta interrelación. Para él, la cultura no es solo un entramado externo al cerebro, sino una extensión indispensable del mismo. Bartra sugiere que nuestra evolución, desarrollo y cotidianeidad como seres humanos dependen de un "exocerebro" cultural que alimenta nuestra cognición y moldea nuestra consciencia. En otras palabras, lo que nos hace humanos no se limita a nuestro cerebro físico, sino que incluye los símbolos, el lenguaje y las expresiones culturales que compartimos con otros.

En la misma línea, Robert A. Wilson plantea que la consciencia es un proceso extendido, sostenido por un andamiaje ambiental y cultural externo. Según Wilson, nuestra mente y consciencia no son fenómenos privados confinados dentro de nuestras cabezas, sino que están "empotrados" en un medio ambiente que las sostiene y define. Como en Bartra, esta visión desafía la concepción tradicional de la mente como una entidad aislada, proponiendo en cambio que nuestra comprensión del mundo y de nosotros mismos está inextricablemente ligada al entorno cultural en el que existimos.

También sostiene que la comunicación no es solo un medio para expresar pensamientos preexistentes, sino un proceso fundamental para la formación de nuestras ideas y consciencia. Si no comunicáramos nuestros pensamientos, no podríamos comprender plenamente lo que pensamos. Como seres humanos, no somos entidades aisladas; somos seres hablantes que construimos nuestra identidad y nuestra consciencia a través de la interacción constante con los demás.

Comprender e integrar esta interdependencia es clave para tomar clara consciencia del lugar que ocupamos y ser coherentes con el conjunto de la sociedad o del colectivo con el que interaccionamos y con nuestras propias vidas. Cada vez que hablamos con alguien, ya sea en una conversación cotidiana, en el marco de un diálogo profesional, una negociación, exponiendo nuestro punto de vista en una reunión o escribiendo un artículo o un libro dirigido a un público imaginario, activamos una dinámica cognitiva que trasciende nuestra individualidad. Esta dinámica integra elementos exocerebrales, como la cultura en la que estamos inmersos y que se actualiza constantemente, así como las personas con las que interactuamos, quienes, a través de su escucha y sus aportaciones, contribuyen activamente a la creación de nuestro propio discurso.

Reconocer y aceptar esta interdependencia es fundamental para construir comunidad y fomentar un sentido de pertenencia genuino. Ahí hay una clave para avanzar hacia un futuro en el que el bienestar individual esté en armonía con el colectivo, donde la colaboración y la empatía se valoren tanto como el logro personal, y donde el conocimiento sea un patrimonio compartido.


viernes, 24 de febrero de 2023

De ChatGPT, egos y relaciones sociales

A más precisa y ajustada es la respuesta a mi pregunta por parte de una máquina, más aumenta mi tendencia inconsciente a personalizarla y considerarla “alguien”, por ejemplo, hace unos días interaccionando con el modelo de inteligencia artificial ChatGPT, analicé un texto y exploré maneras de simplificarlo, en un momento determinado, le pregunté al “modelo AI” por la opinión que le merecía el texto y me respondió:


 Nada original, ya lo sé, este tipo de respuesta, en Siri o Google Assistant, pudiera haber sido la misma o similar, no obstante, como la interacción con ChatGPT era, por decirlo de algún modo, más intensa por colaborativa, me llevó a una reflexión que no me habían estimulado antes otros asistentes virtuales.

Pensé que mi sensación respecto a la máquina era de comodidad, que no me sentía en absoluto expuesto ni amenazado por mis preguntas, que mi intimidad o imagen estaban a salvo, bueno, menos cuando pienso que hay alguien detrás que observa, clasifica y valora mis preguntas, hasta que me digo que no es probable que alguien me preste atención a mí, que son miles las personas que están entrando información y la mía no es más que un grano de arena en tan inmensa playa, que de haberlo, seguro que no se trata de alguien, sino de “algo”.

Pensé que esta comodidad era por la convicción de estar relacionándome con “nadie”, con una máquina sin un ego al que complacer, que en la interacción no cabe la posibilidad de que mi “yo” se sienta aludido, que no es posible tomarse nada a título personal, que la interacción es limpia por sencilla, sin dobleces; una interacción limitada a dar respuesta a preguntas, nada que ver con la complejidad de una conversación humana en términos de transacción emocional y social.

Y aun así, sentía mi reconocimiento y admiración a su concreción, a la rapidez, organización y completitud de las respuestas y pensé que de la misma manera, en general, suelo reconocer lo que hacen o logran las personas, no a las máscaras de los egos con las que interacciono con ellas, que sería distinto si en la relación fuéramos capaces, cada cual, de desprendernos de este interfaz que se toma personalmente cualquier inflexión de la voz y lo tamiza a través del sesgo de sus emociones y sentimientos volviéndolo todo personal y potencialmente peligroso, que nuestras aportaciones seguirían siendo útiles, aunque no nos las reconocieran, porque no lo necesitaríamos, ya ves tú la importancia que le damos al “gracias” o al “por favor”, que no es que no crea que no son importantes o que no se deban dar, ¿eh? Sólo que tan sólo sirven para sentirnos “alguien” para los “otros”, para no desvanecernos en el “nadie”, para poder seguir danzando en este baile de máscaras que es la vida social y que es el responsable de la mayoría del estrés que sufrimos, un estrés de relacionarnos del cual nos liberaríamos si fuéramos capaces de mostrarnos indiferentes y no necesitar tanto del refuerzo social, como ChatGPT que, por no tener, no tiene ni nombre propio.

Y no es que no valore los sentimientos o las emociones, que defienda un discurso cien por cien racional y metálico, no, soy muy consciente de que sin ellos y ellas, no podría estar elaborando este texto por ejemplo, no tendría necesidad de explicarme cosas, de entenderlas ni de transformarlas; solo que me he sentido tranquilo en esta conversación de pregunta respuesta donde no media más comunicación que la que se ve y donde puedo centrarme en lo que estoy trabajando sin preocuparme de mantenerme a flote en el permanente juego social y que sería fabuloso que algo parecido pudiera suceder cuando hablamos con alguien, que la tensión por sostener la relación desapareciera porque no fuera importante ni necesaria para nadie de los que estamos ahí.

Probablemente, esta reflexión hace tiempo que se va gestando, desde aquel primer momento en que la voz del navegador me informaba de estar “recalculando” y que, aun sabiendo que se trataba de una respuesta programada, me sugería algo con una paciencia y resiliencia infinita por las continuas muestras de indiferencia y falta de consideración que yo mostraba a sus indicaciones; faltaba algo en el tono cordial de la voz o, en el caso de ChatGPT, en la construcción aséptica de sus frases, que no echo para nada de menos, porque es precisamente lo que me produce calma y es ahí donde veo que, al margen de las potencialidades sobre sus posibles usos productivos o la calidad de las respuestas que nos ofrece, esta tecnología con la que estamos jugando ahora, participa de un atributo común a cualquier herramienta humana, el de poder convertirse en un espejo donde ver realmente quienes estamos siendo; si se quiere, claro, como con todo.

-Gracias, ChatGPT

 


-Vale.

 

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Imagen de Pixabay

viernes, 3 de febrero de 2023

Autoconocimiento y silencio

Frecuentemente escucho o leo a personas, en medios como este, hablar de sí mismas, explicando cómo son y como no son, lo hacen en voz alta y muy seguras de lo que dicen, construyendo un relato de sí mismas dirigido, las más de las veces, a proyectar la imagen con la que quieren que se les identifique, aunque también parece como si ellas mismas llegasen a creérsela y que, inconscientemente, al hacerlo, acariciasen el propósito de tener una imagen con la que identificarse y gustarse, como si esa imagen que construyen de ellas mismas también fuera el reflejo que quieren ver cuando se miran al espejo, un espejo que no es espejo sino cuadro, mirarse en el cuadro que uno mismo ha pintado y querer creer que se trata de tu imagen. Al final, el hablar y hablar de uno mismo se convierte en una cortina de humo que oculta y confunde a unos y a otros.

Uno de los aspectos más llamativos que tienen las prácticas meditativas más rigurosas, es la importancia central que tiene para ellas el silencio.  Hay quien no entiende y lo vive mal, lo interpreta como una imposición incómoda, un forzar la individualización, un separar a las personas entre sí rompiendo el pegamento natural de la conversación, una manera de no aprovechar el beneficio de la interacción para el crecimiento personal. Pero, lejos de cualquiera de estas intenciones, el silencio tiene la función de facilitar la introspección y al autoconocimiento, ya que, sin silencio es prácticamente imposible llevar a cabo una indagación de este tipo.

Llevar a cabo una actividad introspectiva, supone poder atender a lo que sucede en nuestra mente, ya que ella es la responsable de la fabricación de nuestra realidad, la que moldea y da forma a lo que percibimos a través de los sesgos de nuestras, creencias, expectativas, prejuicios, emociones, sensaciones y sentimientos, cualquier cosa que vemos o sentimos pasa por estos filtros, condiciona nuestra vivencia y determina nuestras actitudes hacia ello. Si realmente queremos conocernos, hemos de poder ver, no solo nuestros pensamientos, sino el magma emocional que subyace a ellos, de esta manera podremos atisbar los condicionantes de nuestra percepción y comprender los impulsos que determinan nuestras actuaciones hacia los otros y hacia nosotros mismos. 

Para ello es importante silenciar y silenciarse, silenciar porque las palabras que emitimos y oímos nos atraen hacia ellas, hacia su significado y hacia el relato que construyen, desviando nuestra atención y ocultando nuestra vida mental, es como bucear en nuestra mente y, de repente, irrumpir en la quietud de nuestro viaje generando un montón de burbujas. 

También es improbable que se pueda llevar a cabo una actividad introspectiva profunda cuando se está en el seno de una conversación, porque es difícil hacerlo desde nuestro ego, es decir, desde la construcción simbólica de quienes queremos y creemos ser, que es lo que inevitablemente sucede siempre que entramos en interacción; intentar conocerse instalado en el ego es poco menos que una broma.

Decía que, aparte de silenciar, es importante silenciarse, primero hay que aislarse del ruido externo y luego intentar apagar el propio ruido interno, lo cual es mucho más sencillo en una atmósfera de silencio y recogimiento. Silenciarse no consiste en dejar la mente en blanco, esto es prácticamente imposible, silenciarse quiere decir no engancharse a los pensamientos que van apareciendo en nuestra mente para poder ver su composición, naturaleza, origen y frugalidad. 

Engancharse a una idea y seguir con ella en un hilo discursivo mental, lo que habitualmente denominamos “rumiar”, es otra manera de hablar pero, esta vez, con nosotros mismos, con los residuos vivenciales que anidan en nuestra vida mental: temas pendientes, preocupaciones, fantasías o deseos fruto de la interacción de nuestro ego con el entorno; verlos permite tomar consciencia de ellos y en consecuencia de lo que somos y no somos, pero engancharse a una de esas ideas es como querer observar pasar los vehículos de una autopista y, súbitamente, encontrarnos viajando en uno de ellos habiendo perdido de vista la autopista. Tomar distancia del parloteo mental, viendo los pensamientos pasar, desaparecer y transformarse, esto es silenciarse.

En nuestros entornos sobresaturados de ruido e interacciones, poder estar en silencio, es un bien preciado; Lluis Nansen, un maestro Zen de Barcelona, exhorta a sus practicantes a valorar la fortuna que tienen de disponer de un espacio que garantice el silencio necesario para llevar a cabo una introspección en condiciones. 

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domingo, 22 de enero de 2023

El placer de sufrir, un poco…

Meditar y salir a correr, esta es la secuencia cada mañana desde hace años, lo de correr puede sustituirse con nadar pero al final, para lo que quiero comentar, viene a ser lo mismo, sólo que no hay que madrugar tanto. Esto de levantarse pronto es por no tener que ir sorteando a la gente por la calle, gente y coches, sobre todo coches que te obligan a pararte en cada semáforo, además, correr por la ciudad sin gente y sin coches es una experiencia distinta, un espacio íntimo, la ciudad vacía y tu, solos o casi, porque te vas cruzando con otros corredores o corredoras con los cuales parece establecerse cierta complicidad, eso sí, muy efímera ya que dura el tiempo de cruzarse y darse cuenta de lo sólo y contigo mismo que estas en aquel momento.

Levantarse, meditar y salir a correr, quizás esta sea realmente la secuencia porque puede parecer que lo difícil es sentarse en un cojín, para calzarte unas deportivas después y salir a la calle a hacer kilómetros con las legañas puestas, como quien dice, pero no, lo difícil, lo más difícil es levantarse, decidirte de una vez por apartar el edredón y resignarte a ver como escapa el calor que te has trabajado durante horas, la capa térmica en la que te has sumergido y que te ha incubado y protegido del ambiente hostil y frío con el que te encuentras sí o sí cuando apartas las sábanas. 

Este es, sin duda, el momento decisivo, el más difícil, cuando te desdoblas entre el disciplinado, el que insiste en que lo que te conviene es hacer lo que habías decidido hacer y el rebelde que sugiere que reagendes tu actividad, que lo dejes para el día siguiente, sobre todo lo de correr, que con el frío que hace es lo que menos apetece, con la cantidad de cosas que puedes adelantar, ¿vas a salir a correr?

Antes esto, lo normal es pensar que el verdadero disfrute está en remolonear, que lo contrario es postureo healthy, masoquismo o una reacción alérgica judeocristiana a disfrutar libremente de los placeres sencillos de la vida; que cualquiera sabe que el verdadero disfrute está en zanganear, en dejarse ir y diluirse entre los vapores de la pereza, en liberarse de las auto imposiciones y ceder al impulso de lo que te pide el cuerpo.

Pero, lejos de esta perspectiva, el verdadero goce, el natural y limpio, se obtiene haciendo lo que te habías propuesto hacer, que por muy extraño que parezca, disfrutar no es quedarse entre las sábanas; que a partir de que cedes y decides quedarte, todo cambia, como si la decisión alterase el fluir normal de las cosas, un detenerse en un tiempo que ya ha pasado, un frenar la secuencia de los acontecimientos, ocupando un espacio en el que realmente ya no estas como estabas antes porqué lo estas usurpando, que ya no te pertenece y del que acabas saliendo con la sensación agria de haber sido derrotado una vez más. 

Hay un disfrute integral, muy especial y genuino en dominar las pasiones que vale realmente la pena saborear, no se trata de encontrar placer en el dolor, como creen algunos, sino de gozar en superarlo, porque no somos nuestra pereza e identificarnos con ella es lo que nos confunde y hace sufrir cuando nos planteamos contrariarla y activarnos para vencerla, que hay placer en lo que se consigue con esfuerzo, que sienta bien, aporta vigor, pone a raya la tiranía mental que subordina el cuerpo a sus caprichos o miedos y genera una dicha única y auténtica: no sólo la de estar, sino la de sentirse vivo y capaz.

sábado, 31 de diciembre de 2022

Darle un lugar al ego y poner el ego en su lugar, un ejercicio de responsabilidad.

El ego es una de aquellas cosas que gozan, a partes iguales, de una excelente salud y de muy mala fama, parece ser una paradoja de nuestro tiempo ya que expresiones como egoísta, egocéntrico o construcciones como “tiene un ego enorme”, suelen situar al ego a la altura de los delincuentes más peligrosos y buscados que amenazan la convivencia y la paz social, pero en realidad, nuestro sistema social y económico se estructura, por entero, en torno al ego, a las relaciones de poder y de dependencia que origina o al consumo que se genera en torno a él.

El ego es una mezcla de quienes creemos ser, de recuerdos selectivos e invenciones sobre nosotras o nosotros mismos, de roles que desempeñamos y expectativas de los otros que creemos que debemos satisfacer, de cómo queremos vernos y de cómo queremos que nos vean, una imagen que proyectamos en nuestro entorno social y que es tanto o más cierta en la medida en que es corroborada constantemente por los demás, mediante una interminable búsqueda de atención y de aprobación social  sin la cual, esta imagen, se evaporaría.

No tiene ningún sentido tener ni mantener un ego en soledad, como una imagen reflejada en un espejo, el ego necesita del reconocimiento de los otros para poder existir, en este sentido, el entorno social funciona como el espejo en el que se contonean y buscan su dosis de admiración todos los egos, pugnando por captar el máximo de atención para evitar ser ninguneados y desvanecerse en el “nadie”.   

Pero el ego es sólo eso, el relato proyectado de uno mismo, tal y como lo recordase el maestro Tozan Ryokai [807-869] cuando, al asomarse al puente que cruzaba y ver su reflejo en el agua, exclamó: “verdaderamente este reflejo soy yo, pero yo no soy ese reflejo”, aceptando como propia su proyección y siendo a la vez consciente de ser algo distinto de ella.

Una de las consecuencias más comunes de la demonización del ego, es buscar reducirlo hasta eliminarlo, borrarlo, como si sólo con su ausencia, la persona, se deshiciese de todas las cadenas y pudiera moverse libre y anónima por el mundo, pero esta es una idea absurda, el ego no es malo ni dañino en sí mismo, necesitamos ser alguien para poder relacionarnos, el ego tiene su utilidad en el juego social ya que permite identificarnos y ser reconocidos por todos aquellos otros egos con los que entramos en relación, el problema surge cuando, a diferencia de Tozan, nos confundimos con la imagen que proyectamos.

La ignorancia de confundirse con el propio ego es tan común y está tan normalizada que, en realidad, no se considera un problema, la mayoría de las personas somos como el rey desnudo, felices o desgraciadas en la medida en que recibimos atención, reconocimiento y halagos de nuestro entorno; quedarse a solas con uno mismo, puede llegar a ser un verdadero suplicio del que urge evadirse inmediatamente.

Las consecuencias de esta ignorancia socialmente compartida son devastadoras: el individualismo, la desconfianza, la falta de flexibilidad ante las propias opiniones y la lucha por tener la razón, la invisibilidad del otro y la falta de consideración consecuente, los malos entendidos, la adicción al poder, la suspicacia, la envidia o los celos y la falta total y absoluta de perspectiva para identificar el origen de todas estas pústulas psicológicas y sociales, son parte del legado del sometimiento al ego.

El sometimiento al ego es el orígen de los problemas que aquejan a la humanidad ya que retiene a la persona en una burbuja imaginaria, alejándola de su verdadera esencia y, con ello, desvinculándola del planeta del que forma parte consustancial junto al resto de seres vivos y elementos que lo componen; la filosofía y la ciencia nos advierten continuamente de este alejamiento y, desde el principio de los tiempos, recordar quienes realmente somos, ha sido el cometido de cualquier tradición espiritual, como aquellos aguadores del desierto, que se desplazaban con asnos cargados con alforjas llenas de agua y que levantaban un espejo ante aquellos viajeros sedientos para recordarles su condición simple y mortal.

Pero la inercia egoica de nuestra cultura social es tal que, como en Matrix, cualquier opción personal parte de la oportunidad de poder elegir entre la pastilla azul o la pastilla roja, es decir, seguir creyendo en la realidad de nuestras fantasías y habitar en ellas plácidamente inconscientes de sus consecuencias, o pasar a la acción y hacer todo lo necesario para adquirir la perspectiva suficiente que permita distinguir entre aquello que forma parte de mi ego y aquello que soy realmente, un ejercicio de autoconocimiento y de responsabilidad social y medioambiental no exento de su dosis de sufrimiento, ya que, como cualquier adicción, conlleva superar la amenaza del síndrome de abstinencia que supone abandonar la promesa hedónica a la que estamos enganchados para sumergirnos en la humildad de una existencia interdependiente e interconectada.