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miércoles, 3 de abril de 2024

Tiempo contemplativo


Recientemente Julen Iturbe ha escrito sobre la necesidad de revisar nuestra conceptualización y uso del tiempo como clave decisiva para generar aspectos que vayan, por decirlo de alguna manera, a favor de la rotación de la Tierra y no en su contra. Literalmente dice en su artículo que “conviene educarnos en una lógica del tiempo en la que acelerar es solo una de las diferentes formas de gestión” y ahí se nos plantea un reto, el de saber cuándo acelerar y cuando no o, incluso, cuando frenar. Un reto muy nuevo y que nos coge con el paso cambiado, a juzgar por la torpeza con la que todavía actuamos al respecto.

En su artículo, Julen escoge como eje para su reflexión el “tiempo de respuesta”. Yo quisiera tratar, en este, sobre otro tiempo que requiere de atención: el tiempo para percibir lo inesperado, un tiempo al que denominaré: “tiempo contemplativo”.

Mirar y contemplar

Es muy importante diferenciar entre mirar y contemplar. Mirar es acercar el ojo a las cosas, mientras que contemplar es acercar las cosas al ojo. Se trata de acciones muy distintas, cuando se mira hay una intención de ver, se proyecta la mirada hacia algo en concreto para rastrearlo o analizarlo, el ojo captura y es capturado por el objeto que está mirando y la intencionalidad lleva consigo todos aquellos sesgos que reducen lo que se percibe a lo que se está dispuesto o se quiere ver.

En la contemplación, sin embargo, todo es relevante para el ojo porque no hay intención de ver nada en concreto, la percepción no se reduce a aquello que interesa ver, sino que está abierta a cualquier cosa que entre en su campo de visión, sin focalizaciones, ni sesgos cognitivos que la alteren, la realidad te asalta por sorpresa. Resumiendo, cuando se mira se encuentra, en cambio, contemplando se descubre.

Es fácil suponer que, en nuestra sociedad, “mirar” goza de mejor salud que “contemplar”, la necesidad de huir de la incertidumbre, la falta de capacidad de espera y la consecuente obsesión por obtener resultados concretos, relegan la contemplación al ámbito de las cosas pertenecientes al tiempo que se puede perder, un tiempo del que se carece de manera crónica.

Sin embargo, disponer de tiempo contemplativo es muy beneficioso, por no decir, inherente, a aspectos de calado de nuestras organizaciones y en la vida, en general. Analicemos algunos de ellos:

Tiempo contemplativo y perspectiva estratégica

Contemplar pone de relieve aspectos del presente que pueden pasar desapercibidos a la mirada habitual. Contrariamente a lo que se puede creer, buscar lleva consigo una ceguera perceptiva a cualquier cosa que no sea aquello que se tiene en mente y que se pretende encontrar. En cambio, cuando no se quiere ver nada en concreto, cualquier objeto aparece ante la mirada. Recuerdo un fragmento de un filme policíaco en el que, en el registro de un domicilio, el detective joven preguntaba qué era lo que estaban buscando, a lo que su compañero más experto respondió que no lo sabían, pero que lo reconocerían cuando lo encontraran.

Contemplar ofrece una integración holística de todos los elementos y, en consecuencia, una comprensión general del paisaje que estamos observando con lo que, la toma de decisiones que puede derivarse de ello, se enriquece notablemente. Cuando en una reflexión estratégica se está obcecado en el detalle y sólo se presta atención a las variables que se controlan, es más que probable que se invisibilicen otros aspectos importantes para poder comprender la realidad que se pretende gobernar. Utilizando otro símil policíaco, es importante disponer todos los detalles en el suelo o en la pared, retroceder unos pasos y contemplar el conjunto sin domesticar la mirada, entonces es posible que aparezca ante nuestros ojos aquello que necesitamos.

Tiempo contemplativo, autoconocimiento y autocontrol

Contemplar es, en realidad, evadirse por un momento de uno mismo para formar parte consustancial de aquello que se percibe. Contemplar es viajar y el viaje no sólo transporta hacia donde vamos, sino que también deja el rastro del lugar del que nos alejamos, aporta perspectiva, en este caso, como decíamos, de uno mismo.

Contemplar supone callar la vocecita interna, es silenciarse, vaciarse del barullo mental que captura nuestra atención para poder sumergirnos en el entorno, vaciarnos para llenarnos de él. El silencio mental es inherente a cualquier estado contemplativo. Silenciarse permite ver con claridad los resortes que gobiernan nuestra vida mental, comprender cómo interpretamos y respondemos a las contingencias de nuestra vida.

Contemplación y autoconocimiento están íntimamente relacionados, de ahí que, los estados contemplativos sean comunes a cualquier tradición mística que persiga la liberación de aquellas aflicciones derivadas de la vinculación mental a lo que es perecedero.

El autoconocimiento permite a la persona gobernar la manera de relacionarse con su entorno, permite distinguir, en la relación, entre aquello que le pertenece a uno y lo que es del otro. Es más, si el autoconocimiento es profundo, permite conocer que emociones de uno mismo son sensibles y proclives a manifestarse -que no generadas, ni producidas- por aquella persona con la que nos relacionamos y, esta revelación, libera automáticamente al otro de su responsabilidad sobre las emociones que nos genera y que, sabemos, son exclusivamente nuestras. Este aspecto es clave para el autocontrol genuino y no para aquel que se deriva de la simple contención emocional susceptible de estallar dependiendo del estado de humor en el que nos encontremos. Las implicaciones que tiene este detalle para la convivencia son evidentes.

Entrenar la contemplación

En un mundo totalmente ocupado por la impaciencia y la prisa por obtener resultados inmediatos, por el avanzar sin detenerse en pro de un objetivo concreto. Donde se anima a innovar por innovar, porque cualquier interés u objeto caduca antes de se materialice. Donde la atención está permanentemente capturada por microestímulos que se suceden y diversifican sin parar y, tener tiempo, pertenece al pasado por ser algo del que ya todos carecen, en este mundo, decía, contemplar no es fácil, pudiendo ser, incluso, una actividad de alto riesgo por ser sinónimo de no hacer nada, lo cual es literalmente inadmisible si no va parejo a estar ante una pantalla hipnotizado ante una sucesión interminable de reels.

Es posible que la capacidad para contemplar esté en nuestra naturaleza, pero como tantas otras cosas, la dinámica temporal en la que estamos inmersos está exenta de las pausas necesarias para facilitarla y llevarla a cabo de manera habitual. Quizás algún día, de vacaciones, ante un paisaje que nos impresione, converjan, en aquel instante, las condiciones necesarias para abducirnos y fundirnos con aquello que estamos viendo. Pero esto sucede en contadas ocasiones y viene a ser como la inspiración: impredecible e ingobernable.

Ponerse a contemplar, así por las buenas, puede ser algo muy difícil de llevar a cabo o, incluso, una actividad inquietante. Esperar a que no pase nada, no deja de ser esperar algo y este puede ser el disparador de un sentimiento de pérdida de tiempo, de soledad o de miedo, difíciles de soportar. Esta es una de las principales razones de la dificultad que algunas personas tienen para sentarse y permanecer un tiempo en meditación, siempre y cuando, claro está, esta no esté guiada por las indicaciones de alguien que llene  este vacío incómodo sustituyendo con su voz el silencio en el que creen estar instaladas.

El entrenamiento en la contemplación siempre consistirá en actividades que exijan dominar la impaciencia y recuperar una relación con el tiempo caracterizada por el dejar de hacer, silenciarse, y dejar de ser para fundirse en el todo. A nivel personal eso puede conseguirse mediante el ejercicio de la escucha dilatada y atenta, la lectura u otros métodos más sofisticados como pasear -no ver, ni visitar- habitualmente los museos, el dibujo o la pintura, la costura, la caligrafía, los baños de bosque,  la meditación sin objeto o actividades por el estilo que exijan silencio y soledad.

La contemplación, en nuestras organizaciones, es una capacidad que también se puede entrenar. Ello exige un cambio de mentalidad que permita habérselas con el tiempo acelerado que domina nuestro día a día y que impele a que cualquier actividad se concrete en algo que se pueda usar inmediatamente. Así pues, abrir espacios de conversación estratégica basada en la reflexión profunda y sin una agenda predefinida, promover la escucha activa y la atención plena en las reuniones o fomentar momentos de pausa y reflexión en medio de la actividad frenética, son algunas de las formas en que podemos entrenar a nuestras organizaciones en el tiempo contemplativo.

Además, es importante crear una cultura que valore la contemplación como una herramienta para la toma de decisiones más informada y para el desarrollo personal y profesional de los miembros del equipo. Esto puede implicar la inclusión de prácticas contemplativas en los programas de desarrollo de liderazgo y el reconocimiento y la celebración de los logros que surgen de haber otorgado tiempo a la contemplación y la reflexión profunda.

En un mundo que demanda acción constante, cultivar el tiempo contemplativo emerge como un acto de resistencia valioso, capaz de generar una comprensión más profunda de nosotros mismos y del entorno que habitamos. Al hacerlo, no solo fortalecemos nuestra capacidad para tomar decisiones informadas y estratégicas, sino que también cultivamos un entorno organizativo que pone en el centro el bienestar y el crecimiento integral de sus miembros, procurando una forma más equilibrada y significativa de vivir.

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Imagen de StockSnap en Pixabay

Este artículo ha sido publicado en el blog de la Red de Consultoría Artesana


sábado, 3 de febrero de 2024

Tiempo al tiempo

Es importante distinguir entre el tiempo de las cosas y nuestro tiempo. Con tiempo de las cosas me refiero al tiempo de lo que sucede, de las demandas, de lo que nos dicen, el de las incidencias, el de los problemas y las urgencias. Al tiempo de la calle y al de las tareas que quedan por hacer en casa, al de las exigencias, el del paso de las horas del día o el de la noche insomne, el tiempo, en definitiva, de todo lo que pasa ahí fuera, en la frontera de nuestra piel.

Es importante, decía, diferenciarlo de nuestro tiempo interno, del que nos damos para observar, comprender y tomar decisiones. Es clave que este tiempo interno no sea el mismo, que sea más lento, pausado, más sereno, respirado, quieto.

Quizás pienses que enlentecer este tiempo interno te lleve a no hacer las cosas a tiempo, a perder el ritmo, a llegar tarde. Pero no es así, al contrario, esta serenidad permite ralentizar el tiempo externo, ver la secuencia de los sucesos, ordenarlos en una melodía de acontecimientos que ayuda a comprenderlos, a intuir a donde los lleva su trayectoria y a actuar rápida y certeramente.

Este es el tiempo de aparente quietud del atleta antes del salto, del arquero mientras apunta, el que permite al samurái avanzar su espada para interceptar la de su oponente en un punto concreto del espacio, el de la atención calma de aquellas personas que nos escuchan. En realidad se trata del tiempo necesario para poder conjurar, en un mismo instante, oportunidad, rapidez y efectividad.

Es importante protegernos de la fuerte gravedad que empuja a confundirnos con lo que pasa, que nos engulle y enajena mientras intentamos controlar las mismas situaciones con las que rodamos, caóticamente, en la pendiente de las urgencias que atestan nuestra cotidianeidad. 

Hayao Miyazaqui utilitzava la expresión japonesa  “ma” [vacío] para referirse a este tiempo  y explicaba su significado aplaudiendo lentamente mientras decía: “El espacio entre cada palmada es ma. Si tienes acción sin parar, sin tiempo para respirar, no consigues más que un lío. Pero si haces una pausa, la tensión que creas va tomando una nueva dimensión”.

Este es el tiempo al que hay que invocar en nuestro día a día, un tiempo que, en realidad, ya nos pertenece y el único que podemos gobernar, sólo hemos de no olvidarnos de respirar.

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Imagen de gillesvt en Pixabay

 





lunes, 17 de julio de 2023

La importancia de la contemplación en la gestión del desconocimiento


A cuanta más información, más evidente se hace la magnitud de lo que se ignora, inevitablemente cada hito de conocimiento proyecta una sombra en la que se ocultan determinantes, causas y consecuencias que se desconocen; “Omnia exeunt in mysterium” advertía Arthur Machen a través de uno de sus personajes en Los tres impostores, que viene a significar que todas las ramas del saber humano, una vez rastreadas hasta sus fuentes y principios finales, se desvanecen en el misterio.

En pleno apogeo de la transferencia y gestión del conocimiento, algunas organizaciones, equipos y personas se resisten a acomodarse en el espejismo de certeza que genera el conocimiento experto acumulado y, son más conscientes de la necesidad de minimizar el riesgo de lo que se desconoce y que se hace, cada vez, más evidente ante la incapacidad de prever las variables que determinan el futuro más inmediato en cualquiera de sus planos, desde el social al personal.

Encomendarse sólo al conocimiento y a lo aprendido con la experiencia no es suficiente, e ignorarlo puede llegar a ser, incluso, contraproducente para comprender el mundo en el que se vive y armonizarse con él; es necesario desarrollar actitudes, habilidades y mecanismos nuevos para evolucionar en un entorno donde conocimiento y desconocimiento son las dos caras de una misma moneda.

Es fácil decirlo, pero el reto es complicado, todo nuestro sistema gira en torno al saber y el conocimiento experto, desconfiando de todo aquello que no responda a algo comprobado y que genere una pauta que permita establecer respuestas previsibles. La manera de abordar el futuro es creando modelos que permitan realizar pronósticos y reivindicando la acción transformadora del entorno mediante el establecimiento de objetivos, tal y como describe François Jullien cuando compara la manera occidental de abordar la incertidumbre frente al pensamiento chino capaz de inducir "transformaciones silenciosas" apoyándose en el potencial que ofrece cada situación.

Todo lo que no sea así, lo que suponga admitir desconocimiento, genera incomodidad y mala fama para quien lo haga; tristemente, la expresión “misterio” de Machen, a la que nos referíamos al principio, es demasiado misteriosa como para ser tomada en serio. La relación con nuestro entorno es instrumental, ya sea para nutrir nuestra productividad, como para ocupar nuestros espacios de ocio; miramos lo que nos rodea esperando encontrar lo que necesitamos, ya sea un recurso o una respuesta a nuestras dudas. Todo aquello que no vemos no puede responder a estas necesidades y no existe.

Pero no es así, gestionar el desconocimiento supone en primer lugar esto, admitir que cada luz proyecta sus sombras y no vemos todo lo que hay, pero no verlo no supone necesariamente que no exista y que no influya en la dinámica de los acontecimientos.

En segundo lugar, gestionar el desconocimiento supone cambiar la relación con un entorno que sospechamos más complejo y que exige una visión del mundo que no obedezca tan sólo a lo que queremos o estamos dispuestos a ver, es necesario contener la mirada y el afán de encontrar para poder “contemplar”.

Mirar y contemplar son dos acciones muy distintas. Mirar es acercar el ojo a las cosas, implica un querer ver, poner foco, hay una intención de observar o encontrar algo en concreto ahí donde se proyecta la mirada.

Mirar permite analizar, profundizar, delimitar, comparar, definir o encontrar. Cuando buscamos miramos con la intención de distinguir y detectar aquello que queremos ver, con lo que, de alguna manera, mirar implica tener una idea previa de lo que queremos encontrar o, si no sabemos exactamente el qué, de detectar alguna cosa que resalte especialmente del conjunto; si buscamos a alguien entre la multitud, por ejemplo, es muy posible que no nos detengamos en nadie y obviemos a cualquiera que no encaje en el patrón de quien estamos buscando.

Contemplar, sin embargo, es acercar las cosas a los ojos ya que, a diferencia del mirar, no se focaliza la atención, no se dirige hacia ningún lugar, no hay intención de encontrar ni se busca nada en concreto, la atención permanece inactiva, receptiva, impregnándose de todo lo que hay, sin distinción. El propósito de la contemplación es dejarse impresionar por todo aquello que se halla en el campo de visión, sin establecer prioridades, sin ninguna ansia de aprehender, de quedarse con nada.

Así pues, mirar reduce la realidad a lo que se mira, permite encontrar o profundizar en algo pero invisibiliza el resto. En cambio, contemplar revela el mundo al abasto de nuestra percepción y permite descubrir aquello que mirando desconocíamos.

La clave se halla en la intención, cuando se mira siempre existe una intención clara que es la que dirige la mirada, existe un sujeto y un objeto. En cambio, para que la contemplación sea tal, no debe haber ninguna intención, no hay objetivo, es una acción que no persigue nada, de hecho, se trata de inacción, el sujeto desaparece para fundirse y ser un todo con el objeto. Hablando sobre la vida contemplativa, Byung Chul Han aconseja: 

“Frena, no hagas nada, escucha, es más, no esperes nada. Verás que algo pasa, empezarás a hacer cosas, pero por gusto, sin ninguna utilidad, “para nada”. “Solo la inactividad nos inicia en el misterio de la vida”

En el marco utilitarista de nuestra sociedad, donde sólo tiene sentido y se otorga valor a aquello que tiene un propósito claro y persigue un resultado concreto que se traduzca en algo medible y útil; la contemplación no es algo sencillo, ni bien visto, a lo sumo se asocia con un paseo ocioso por el campo con la clara intención de disfrutar de unas bonitas vistas, si no, ¿para qué? 

Gestionar el desconocimiento pone en cuestión este marco de pensamiento y exige abrirlo a otra manera de relacionarse con el entorno, una manera contemplativa, algo que no es nuevo, que ya se hallaba en el acervo de nuestra sabiduría clásica, tanto la asiática como la grecorromana y que ha sido enterrada bajo capas y capas de utilitarismo y productividad industrial. Sólo debemos tomar la decisión de si queremos y estamos dispuestos a invertir nuestro tiempo y nuestro ego en desenterrarla y aprender a contemplar, algo complicado, como sentencia también Han:

“Todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y a solas en una habitación”

 

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Imagen de Chucksink en Pixabay