Observa la imagen, un grupo de
personas se sirve de una misma fuente. No hay prisa, ni empujones, ni
vigilancia. Cada cual se acerca, toma lo que le corresponde y se retira. Nadie
se queda ocupando el centro.
Fíjate en la postura de quienes se
están sirviendo: el cuerpo inclinado manteniendo la distancia justa respecto a
la fuente, como si el gesto mismo indicara que saben que aquello no es suyo.
Fíjate también en las personas del fondo, muchas de espaldas, conversando o
esperando sin mirar fijamente. Hay una discreción compartida, una confianza
tácita. Nadie controla, nadie fiscaliza.
Cada persona lleva una cuchara. Se
acerca, toma una cucharada y se aparta, dejando espacio a quienes vendrán
después: “Cuchará y paso atrás”.
Es una expresión que me llamó la
atención y que procede de las comidas comunales en zonas rurales de Extremadura
y Andalucía, aunque intuyo —y casi me atrevería a afirmar— que se da, con
variaciones, en muchas otras comunidades campesinas de la península.
Su origen está en el comensalismo
popular, en aquellos platos que se comían directamente de la olla o de la
sartén: las migas, las gachas, el perol cordobés, las calderetas. El esquema
era sencillo y profundamente civilizado:
·
Platos
compartidos.
·
Un
único recipiente común.
·
Una
cuchara por persona —a veces incluso cucharas compartidas—.
·
Un
orden implícito: tomar la propia parte y retirarse físicamente para permitir al
siguiente acceder.
En ese contexto, Cuchará y paso
atrás no es solo un gesto funcional. Es una norma social implícita
que dice mucho más de lo que parece:
·
Tomar
lo que corresponde, ni más ni menos.
·
No
ocupar el centro más tiempo del necesario.
·
Respetar
el turno y al grupo.
·
Y,
sobre todo, reconocer algo esencial: que hay otros.
Me gusta esta expresión por lo que
supone de conciencia de los propios límites y, por extensión, de conciencia del
otro. Por el respeto que encierra sin necesidad de explicitarlo. Por la idea de
tomar solo lo suficiente. Por la manera silenciosa de compartir el espacio sin
apropiárselo.
No es difícil trasladar esta lógica a
la vida de las organizaciones.
En una reunión, por ejemplo, Cuchará
y paso atrás sería tomar la palabra cuando aporta sentido y retirarse sin
necesidad de que alguien controle el turno. Hablar sin ocupar. Confiar en que
el grupo sabrá autorregularse, que nadie convertirá el espacio común en un
escenario personal.
Sería no alargar una intervención solo
porque se tiene el micrófono, el cargo o la seguridad de que nadie va a
interrumpir. Sería entender que no todo lo que puede decirse necesita ser
dicho, y que callar a tiempo también es una forma de contribuir.
En los equipos, Cuchará y paso
atrás se parecería a no colonizar todas las decisiones, a no estar siempre
presente en todos los debates, a dejar que otros ensayen su forma de hacer sin
sentirse constantemente observados o corregidos. A no confundir acompañar con
supervisar, ni responsabilidad con control.
También tendría que ver con el uso de
los recursos, de la atención, del tiempo común. Con no apropiarse de la agenda
colectiva. Con no agotar al grupo por estar siempre en primer plano. Con saber
retirarse cuando ya se ha aportado lo necesario.
Pero esta lógica no se limita a las
organizaciones. Tiene que ver con la vida en general.
Cuchará y paso atrás es una consigna discreta contra la
ambición desmedida. Contra la lógica del acaparamiento. Contra los regímenes
voraces y extractivos —económicos, políticos, organizativos o personales— que
parten de la idea de que nunca hay suficiente para uno mismo.
Y aquí aparece una pregunta incómoda:
¿en qué momento se diluyó esta forma de estar? ¿Cuándo dejamos de dar ese
pequeño paso atrás que hace posible la convivencia?
Tal vez ocurrió cuando empezamos a
confundir derecho con apropiación. Cuando la olla común —la mesa, el turno de
palabra, el cargo, el poder, el recurso— dejó de ser un lugar de paso y se
convirtió en un lugar donde instalarse hasta quedar saciados.
Permanecemos aferrados a la olla como
si el hecho de haber llegado primero nos otorgara el derecho a ocupar el
espacio común sin límite. Como si la propia satisfacción fuera el único
criterio relevante. Como si aquello que es de todos se hubiera convertido, sin
decirlo, en propiedad de quien lo retiene.
Y, sin embargo, hubo un tiempo —y aún
quedan gestos que lo recuerdan— en el que estaba claro algo esencial: que todo
derecho propio implica una obligación por parte de otro. No como una carga
impuesta, sino como la trama invisible que hace posible la convivencia.
Si todas las personas tenemos el mismo
derecho a servirnos, ¿cuál es entonces la obligación que nos corresponde para
que los demás también puedan hacerlo?
Probablemente no sea renunciar ni
sacrificarse. Tal vez sea algo mucho más sencillo y, a la vez, más exigente: saber
cuándo es suficiente y no ocupar más de lo necesario.
Cuchará y paso atrás no hablaba de escasez, sino de
medida. Cada cual sabe cuándo retirarse porque es consciente de que su gesto
afecta al conjunto.
Tal vez lo que se ha perdido no es la
norma, sino la sensibilidad hacia los propios límites. La capacidad de percibir
cuándo ejercer un derecho sin atender a su impacto se convierte,
silenciosamente, en una forma de abuso.
Recuperar ese pequeño paso atrás no es
volver al pasado. Es recuperar una forma de estar —en las organizaciones y
fuera de ellas— en la que servirse y dejar espacio no son gestos opuestos, sino
dos partes del mismo acto.
Servirse. Dar un paso atrás. Confiar.
Y seguir.


Preciosa e intructiva la imagen. Mucho. Voy a utilizarla ya. Me conecta con muchísimas ideas con las que ando peleándome estos días. Trabajando el otro día con un equipo hablábamos de algunas actitudes sobre las que había consenso que estaban pasando algunas lineas rojas. La persona que ocupaba el lugar de mayor poder cuestionaba la vía de la sanción. Me hizo pensar mucho. Sentía por un lado que algo que había que hacer pero compartía que quizás no era la sanción la mejor manera. Pensaba en como contagiar una manera de estar más cuidados y responsable. Escuchaba ayer a Victoria Camps sobre no ilegalizar el insulto sino desprestigiarlo como lo ha estado hasta hace poco. Esa sensibilidad ante los propios limites del que hablas. Diferenciar "medida" de "escasez". Me llevo la imagen y la voy a compàrtir. Gracies Manel!!
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