miércoles, 29 de julio de 2026

La habilidad de aburrirse

 


Escribir un elogio del aburrimiento puede parecer en realidad algo extraño y extravagante. El aburrimiento tiene tan mala prensa como la lentitud, el silencio, la soledad buscada o el hecho de no hacer nada. Lo vivimos como una molestia, como un estado del que conviene salir cuanto antes. De hecho, buena parte de nuestra vida cotidiana parece organizada precisamente para evitarlo.

La propia Real Academia Española lo define como un “cansancio del ánimo originado por falta de estímulo, diversiones o distracciones”. Como si la ausencia de estímulos fuera, por definición, una carencia.

Pero ¿aburrirse es realmente el problema? ¿Y si fuera simplemente algo que nos han enseñado o que hemos aprendido a interpretar así? Quizá el verdadero problema no sea aburrirse, sino nuestra incapacidad para permanecer en el aburrimiento el tiempo suficiente como para descubrir que, detrás del aburrimiento, quizá no haya vacío, sino simplemente algo que todavía no hemos aprendido (u olvidado) a habitar.

Quizá una de las claves esté escondida en una palabra que utilizamos con absoluta naturalidad: el pasatiempo.

No hablamos de vivir el tiempo, ni de disfrutarlo, ni de permanecer en él. Hablamos de pasatiempos. La propia palabra parece sugerir que su función consiste en hacer que el tiempo pase sin que apenas advirtamos su transcurso.

Decimos que queremos aprovechar el tiempo, pero muchas veces lo que buscamos es dejar de experimentarlo. No es casualidad que muchas de nuestras expresiones apunten en la misma dirección: matar el tiempo, hacer tiempo o pasar el tiempo. Casi todas convierten el tiempo en algo de lo que hay que deshacerse. Muy pocas nos invitan a permanecer en él.

Quizá por eso un buen pasatiempo sea aquel que consigue que perdamos la conciencia de los minutos. Como cuando un viaje se nos pasa sin darnos cuenta o como cuando dormimos: el tiempo sigue transcurriendo, pero deja de formar parte de nuestra experiencia consciente.

El aburrimiento produce justamente el efecto contrario. Cuando uno se aburre, cada minuto pesa. El reloj parece detenerse. El tiempo se hace denso. Y precisamente por eso resulta molesto, hasta el punto de llegar a considerarlo insoportable.

Pero esa incomodidad puede ser la puerta de entrada a otra manera de relacionarnos con el tiempo. No un tiempo que hay que consumir, acelerar o hacer desaparecer, sino un tiempo que simplemente puede vivirse tal cual.

El resultado de esta manera de sufrir el tiempo es que hemos ido perdiendo la capacidad de aburrirnos.

En cuanto aparece el menor indicio de aburrimiento buscamos un estímulo que lo haga desaparecer. Sacamos el teléfono, ponemos música, abrimos una conversación, consultamos las redes sociales o encendemos la televisión. Casi sin darnos cuenta, hemos aprendido a no dejar que exista ningún espacio vacío.

Aburrirse también es una habilidad. Como escuchar, esperar o contemplar. Exige resistir el impulso de llenar inmediatamente cualquier vacío. Supone permanecer el tiempo suficiente con uno mismo para que el aburrimiento deje de ser aburrimiento. Porque puede que este estado no sea un punto final. Como ya hemos intuido, puede que sea simplemente el umbral de algo a lo que no le damos el suficiente tiempo para aparecer. Un portal que nunca llegamos a atravesar.

¿Qué ocurre cuando, en lugar de huir del aburrimiento, decidimos quedarnos ahí?

Seguramente no existe una única respuesta.

Desde luego, no siempre aparecen cosas agradables. A menudo surgen preocupaciones que habíamos logrado acallar, asuntos pendientes, dudas o esa rumiación que llevamos tiempo posponiendo. Probablemente por eso sentimos la necesidad urgente de distraernos con cualquier cosa. No solo huimos del aburrimiento, sino también de todo aquello que este deja al descubierto.

Pero también puede que no ocurra nada. Que no aparezca una gran idea. Ni alcancemos ninguna revelación. El tiempo sigue pasando lentamente y nosotros seguimos ahí.

Y puede que sea precisamente en este punto donde radique la dificultad. Hemos aprendido a valorar el tiempo por lo que produce, no por la forma en que lo vivimos: por eso la contemplación nos parece una pérdida de tiempo, la espera una incomodidad y el aburrimiento un fracaso.

Tal vez ahí resida precisamente el aprendizaje. En aceptar que no todo momento necesita ser legitimado por producir algo. Que permanecer sin hacer nada también tiene valor, aunque no suceda nada extraordinario. Que no todo tiempo necesita transformarse en creatividad, productividad o autoconocimiento para ser un tiempo plenamente vivido.

Acaso sea por eso por lo que el aburrimiento tiene tan mala reputación. Vivimos en una cultura que valora sobre todo aquello que transforma el exterior. Apreciamos lo que produce, lo que avanza, lo que genera resultados visibles. Incluso el descanso parece necesitar una justificación: descansamos para rendir mejor, porque nos lo merecemos; paseamos para mantenernos en forma, meditamos para reducir el estrés, leemos para aprender algo. Como si no pudiera existir un tiempo valioso que no aspirara a producir ningún resultado.

Y, sin embargo, quizá algunas de las experiencias más importantes de la vida pertenecen precisamente a esa categoría de cosas que no producen nada inmediatamente. No porque sean inútiles, sino porque su valor no puede medirse desde la lógica de la utilidad.

Puede que la mayor pérdida no sea haber olvidado cómo aburrirnos, sino haber olvidado cómo estar con nosotros mismos.

Cada vez resulta más difícil permanecer unos minutos sin buscar una distracción. Como si la propia compañía no bastara. Como si necesitáramos que algo sucediera constantemente para sentir que el tiempo está siendo bien empleado.

No creo que el aburrimiento sea el remedio para nada. Pero sí sospecho que integrarlo en nuestras vidas nos devuelve una posibilidad que hemos ido dejando atrás: permanecer presentes sin necesidad de ocupar cada instante, aceptar que no todo silencio tiene que romperse.

No creo que sea fácil, y probablemente nunca consigamos reconciliarnos del todo con el aburrimiento. Pero puede que merezca la pena resistir el impulso de llenarlo. Recuperar así una forma de atención distinta: menos impaciente, menos ansiosa por obtener algo, más dispuesta a simplemente estar.

Tal vez eso sea, al fin y al cabo, una parte esencial de lo que denominamos vida interior.

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En la imagen, una pintura de R. Casas (1900)


miércoles, 1 de julio de 2026

No hemos llegado solos


Vivimos en una época en la que el lenguaje de los derechos ocupa buena parte del espacio público. Reivindicamos el derecho a ser escuchados, a participar, a desarrollarnos profesionalmente, a acceder a la información o a recibir oportunidades de crecimiento. Y es lógico que así sea. Los derechos protegen la dignidad de las personas y establecen límites frente a los abusos.

Pero a veces me pregunto si esta mirada no ha acabado eclipsando otra dimensión igualmente importante: la de las obligaciones que tenemos los unos hacia los otros.

Hay quien ha hecho una crítica certera al individualismo creciente que empuja al individuo a concebirse al margen de la comunidad en la que se encuentra y de la que obtiene todo lo que necesita: nuestra cultura ha construido una determinada ficción identitaria, la del individuo autónomo, racional, autosuficiente y desvinculado. Esta fantasía nos lleva a percibirnos como autores casi exclusivos de nuestra trayectoria, invisibilizando la red de relaciones, cuidados, aprendizajes y dependencias que hacen posible nuestra existencia.

Y es cierto: somos el resultado de innumerables influencias, aprendizajes, conversaciones, ayudas, correcciones, ejemplos y oportunidades que otras personas han puesto ante nosotros. Nuestra manera de pensar, de trabajar o de ver el mundo está compuesta por aportaciones ajenas hasta un punto que a menudo ni siquiera llegamos a percibir.

Esta reflexión conecta con una observación que Simone Weil (1943) aportó en su obra. Weil advertía en las sociedades modernas una preponderancia de los derechos personales frente a las obligaciones hacia los demás. No las obligaciones impuestas por una normativa o una jerarquía, sino aquellas que nacen del simple hecho de compartir la condición humana con otras personas.

Para Weil, las obligaciones son anteriores a los derechos. No porque los derechos no sean importantes, sino porque solo pueden existir si alguien asume una responsabilidad hacia los demás. El derecho de una persona se hace efectivo cuando otra acepta una obligación.

La gestión del conocimiento también se puede mirar desde esta perspectiva. Cuando se habla de gestión del conocimiento es habitual preguntarse quién es el responsable. Algunas organizaciones lo atribuyen a una unidad específica. Otras lo delegan en recursos humanos, en una oficina técnica o en algún equipo impulsor. Y, ciertamente, las estructuras organizativas tienen una responsabilidad innegable. Deben crear espacios, mecanismos, procesos, tecnologías y oportunidades para que el conocimiento pueda circular.

También los liderazgos tienen una parte importante del recorrido. Son quienes pueden crear las condiciones de confianza, reconocimiento y colaboración que facilitan que las personas compartan lo que saben.

Pero sería un error pensar que el camino acaba aquí.

La gestión del conocimiento no es una carretera que recorren unos pocos en representación de los demás. Es más bien una travesía compartida en la que cada uno avanza un tramo distinto. La organización recorre una parte del camino. Los liderazgos recorren otra. Pero las personas también tenemos nuestro propio trayecto.

Porque el conocimiento que hemos acumulado no es exclusivamente nuestro. Lo hemos construido gracias a las aportaciones de maestros, compañeros, libros, experiencias compartidas, errores colectivos y conversaciones que nos han ido modelando a lo largo de los años.

Incluso hoy pensamos que no hay decisión que tomemos sin la ayuda de una especie de exocerebro formado por el tejido simbólico cultural que nos rodea y que amplía constantemente nuestras capacidades.

Quizá por eso compartir conocimiento no debería contemplarse únicamente como un acto voluntario o generoso. Quizá también se pueda entender como una forma de correspondencia.

No compartimos solo porque los demás puedan obtener beneficio de ello. Compartimos porque nosotros mismos somos fruto de lo que otros compartieron antes. El conocimiento que tenemos no ha nacido de la nada: alguien lo cultivó y lo transmitió.

La pregunta, entonces, no es tanto a quién le toca gestionar el conocimiento, sino hasta qué punto cada uno de nosotros es consciente y está dispuesto o dispuesta a asumir la parte del camino que le corresponde.

Porque el conocimiento es una construcción colectiva, natural y espontánea. Y su continuidad depende, en buena medida, de la conciencia de que nadie llega solo hasta donde está.