miércoles, 1 de julio de 2026

No hemos llegado solos


Vivimos en una época en la que el lenguaje de los derechos ocupa buena parte del espacio público. Reivindicamos el derecho a ser escuchados, a participar, a desarrollarnos profesionalmente, a acceder a la información o a recibir oportunidades de crecimiento. Y es lógico que así sea. Los derechos protegen la dignidad de las personas y establecen límites frente a los abusos.

Pero a veces me pregunto si esta mirada no ha acabado eclipsando otra dimensión igualmente importante: la de las obligaciones que tenemos los unos hacia los otros.

Hay quien ha hecho una crítica certera al individualismo creciente que empuja al individuo a concebirse al margen de la comunidad en la que se encuentra y de la que obtiene todo lo que necesita: nuestra cultura ha construido una determinada ficción identitaria, la del individuo autónomo, racional, autosuficiente y desvinculado. Esta fantasía nos lleva a percibirnos como autores casi exclusivos de nuestra trayectoria, invisibilizando la red de relaciones, cuidados, aprendizajes y dependencias que hacen posible nuestra existencia.

Y es cierto: somos el resultado de innumerables influencias, aprendizajes, conversaciones, ayudas, correcciones, ejemplos y oportunidades que otras personas han puesto ante nosotros. Nuestra manera de pensar, de trabajar o de ver el mundo está compuesta por aportaciones ajenas hasta un punto que a menudo ni siquiera llegamos a percibir.

Esta reflexión conecta con una observación que Simone Weil (1943) aportó en su obra. Weil advertía en las sociedades modernas una preponderancia de los derechos personales frente a las obligaciones hacia los demás. No las obligaciones impuestas por una normativa o una jerarquía, sino aquellas que nacen del simple hecho de compartir la condición humana con otras personas.

Para Weil, las obligaciones son anteriores a los derechos. No porque los derechos no sean importantes, sino porque solo pueden existir si alguien asume una responsabilidad hacia los demás. El derecho de una persona se hace efectivo cuando otra acepta una obligación.

La gestión del conocimiento también se puede mirar desde esta perspectiva. Cuando se habla de gestión del conocimiento es habitual preguntarse quién es el responsable. Algunas organizaciones lo atribuyen a una unidad específica. Otras lo delegan en recursos humanos, en una oficina técnica o en algún equipo impulsor. Y, ciertamente, las estructuras organizativas tienen una responsabilidad innegable. Deben crear espacios, mecanismos, procesos, tecnologías y oportunidades para que el conocimiento pueda circular.

También los liderazgos tienen una parte importante del recorrido. Son quienes pueden crear las condiciones de confianza, reconocimiento y colaboración que facilitan que las personas compartan lo que saben.

Pero sería un error pensar que el camino acaba aquí.

La gestión del conocimiento no es una carretera que recorren unos pocos en representación de los demás. Es más bien una travesía compartida en la que cada uno avanza un tramo distinto. La organización recorre una parte del camino. Los liderazgos recorren otra. Pero las personas también tenemos nuestro propio trayecto.

Porque el conocimiento que hemos acumulado no es exclusivamente nuestro. Lo hemos construido gracias a las aportaciones de maestros, compañeros, libros, experiencias compartidas, errores colectivos y conversaciones que nos han ido modelando a lo largo de los años.

Incluso hoy pensamos que no hay decisión que tomemos sin la ayuda de una especie de exocerebro formado por el tejido simbólico cultural que nos rodea y que amplía constantemente nuestras capacidades.

Quizá por eso compartir conocimiento no debería contemplarse únicamente como un acto voluntario o generoso. Quizá también se pueda entender como una forma de correspondencia.

No compartimos solo porque los demás puedan obtener beneficio de ello. Compartimos porque nosotros mismos somos fruto de lo que otros compartieron antes. El conocimiento que tenemos no ha nacido de la nada: alguien lo cultivó y lo transmitió.

La pregunta, entonces, no es tanto a quién le toca gestionar el conocimiento, sino hasta qué punto cada uno de nosotros es consciente y está dispuesto o dispuesta a asumir la parte del camino que le corresponde.

Porque el conocimiento es una construcción colectiva, natural y espontánea. Y su continuidad depende, en buena medida, de la conciencia de que nadie llega solo hasta donde está.