martes, 10 de marzo de 2026

La enfermedad invisible

 

Conviene empezar con una aclaración: aunque lo inspire la situación política, este no es un artículo de opinión política.

Soy consciente de que hay quien sostiene que todo es política, y respeto esa mirada. Pero no es desde ahí desde donde escribo estas líneas. Tampoco ha sido nunca ese el propósito de este blog, y menos ahora, cuando después de muchos años parece estar ya en su recta final.

Lo que quiero plantear aquí es algo distinto.

En los últimos años se han vuelto a valorar públicamente comportamientos que, observados desde la perspectiva de la teoría de sistemas, no pueden calificarse de otra manera que como patológicos. Actitudes que degradan el vínculo humano, que erosionan el espacio común y que, sin embargo, se presentan como signos de fortaleza, inteligencia o éxito.

Dicho de otra manera: llamamos virtud a lo que, en realidad, son síntomas de enfermedad.

El cuerpo humano puede ayudarnos a entender lo que quiero plantear.

En él distinguimos distintos sistemas: digestivo, respiratorio, neurológico, cardiovascular y muchos otros. Para comprender su funcionamiento necesitamos separarlos analíticamente, estudiar sus partes y describir sus funciones. Pero esa separación es, en realidad, una herramienta intelectual. El cuerpo no funciona como una suma de sistemas independientes, sino como una única entidad viva en la que todos ellos están profundamente interconectados.

Lejos de funcionar por separado, los distintos sistemas del cuerpo dependen unos de otros. El colapso de uno puede provocar el deterioro de los demás e incluso la muerte del organismo.

Si ampliamos un poco la mirada —como si hiciéramos un zoom hacia fuera— podemos observar que ese sistema que somos nosotros mismos está, a su vez, inserto en otros sistemas sociales que también se influyen mutuamente y que son igualmente interdependientes.

Autores como el antropólogo Roger Bartra o la profesora Almudena Hernando han explicado de forma muy sugerente esta dimensión relacional de lo humano. Bartra habló del exocerebro cultural, señalando que una parte importante de nuestra mente se encuentra fuera de nosotros, distribuida en el lenguaje, las instituciones y las relaciones que compartimos. Hernando, por su parte, ha descrito con gran claridad la fantasía de la individualidad, esa construcción cultural que nos hace imaginar que somos sujetos plenamente autónomos cuando, en realidad, nuestra identidad se ha formado siempre en relación con los demás.

Desde otras perspectivas, autores como Steven Johnson también han mostrado cómo muchas de las ideas que atribuimos a individuos concretos emergen en realidad de entornos de interacción, de redes de conversación y de intercambio.

Todo ello apunta a una misma realidad: cada persona está profundamente imbricada en una malla humana mucho más amplia.

Gregory Bateson se refirió a esta realidad como "el patrón que conecta". Con ella señalaba que la vida —biológica, mental y social— solo puede comprenderse atendiendo a las relaciones que vinculan sus partes. Cuando dejamos de percibir esos patrones de conexión, empezamos a actuar como si estuviéramos separados del sistema que nos sostiene. Y ahí, advertía Bateson, comienzan muchas formas de patología.

Las comunidades humanas —y la humanidad en su conjunto— pueden entenderse como una especie de cerebro colectivo en el que cada persona vendría a ser algo parecido a una neurona. La inteligencia de ese cerebro no reside en cada neurona por separado, sino en la calidad de las conexiones que se establecen entre ellas. Su capacidad para aprender, crear o adaptarse depende precisamente de esa red de interacciones.

Somos cuerpo. Y la salud de ese cuerpo depende de la contribución que cada una de sus partes haga al conjunto, de cómo se alinee con el equilibrio del sistema y entre en comunión con él. 

¿Cómo funciona si no un cuerpo saludable?

Simone Weil lo expresó con claridad: no son los derechos de cada persona los que garantizan la salud de la comunidad, sino las obligaciones que cada uno asume hacia los demás.

Si seguimos ampliando la mirada, podríamos observar incluso cómo este sistema humano forma parte a su vez de sistemas más amplios que lo incluyen: los sistemas naturales que hacen posible la vida en el planeta. Las antiguas tradiciones espirituales intuyeron esta interdependencia mucho antes de que la ciencia comenzara a describirla con precisión. De hecho, la palabra religión proviene de religare, que significa volver a ligar, reconectar.

Pero no es necesario ir tan lejos. Quedémonos en el nivel humano.

Dentro de esta lógica de interdependencia, cualquier actuación de una parte del sistema que dañe al conjunto no puede considerarse otra cosa que patológica.

Es exactamente lo que ocurre cuando aparece una célula cancerosa dentro de un organismo.

Una célula cancerosa es una célula que ha dejado de comportarse como parte del cuerpo al que pertenece. Ha perdido la capacidad de autorregularse en función del equilibrio del organismo y comienza a actuar exclusivamente en función de su propia expansión. Consume recursos, invade tejidos, altera el funcionamiento del sistema y termina poniendo en riesgo la vida del propio cuerpo que la sostiene.

No se trata simplemente de una variación biológica más. Se trata de una enfermedad. Es muerte.

Algo parecido ocurre también en la vida social.

Hay que decirlo claramente: muchos de los comportamientos que hoy se celebran públicamente —la agresividad sistemática, la manipulación permanente, la incapacidad de empatía, la instrumentalización de los demás o el desprecio por el daño causado— coinciden sorprendentemente con rasgos bien conocidos en la psicopatología.

Sin embargo, cuando estas conductas aparecen asociadas al poder, al éxito económico o a la influencia mediática, dejan de percibirse como síntomas y empiezan a interpretarse como talento, inteligencia estratégica o liderazgo.

Se trata de conductas que operan de forma profundamente corrosiva para el sistema humano del que forman parte: deterioran el espacio común, erosionan la confianza colectiva, degradan el vínculo social o convierten la manipulación, la mentira o la agresividad en instrumentos habituales de acción.

Los vemos cada día: en determinados discursos públicos, en los voceros que fabrican bulos e insultos desde factorías de comunicación que trabajan día y noche, en estrategias de poder profundamente individualistas y extractivas que se presentan disfrazadas de liderazgo o de habilidad política.

Son comportamientos que actúan como auténticos estresores sociales. Generan un clima permanente de tensión, de desconfianza y de agresividad que termina afectando a la salud psíquica y emocional del entorno, incluso a escala colectiva.

Y lo más inquietante es que muchas de estas conductas no solo no se perciben como patológicas, sino que en determinados contextos llegan incluso a valorarse como signos de éxito.

La agresividad se interpreta como fortaleza. La manipulación como inteligencia estratégica. El desprecio como valentía. El individualismo radical como libertad.

Pero desde la lógica de un sistema interdependiente estas conductas no son simplemente estilos personales ni opciones legítimas entre otras. Son síntomas claros de disfunción biológica. No en sentido metafórico, sino en un sentido profundamente real.

Porque cuando alguien actúa de forma sistemáticamente nociva para el sistema del que forma parte está manifestando una incapacidad para percibir su propia interdependencia con el resto. Y esa incapacidad termina siendo destructiva no solo para el sistema, sino también para el propio individuo que la encarna. Eso es enfermedad mental.

Resulta sorprendente que podamos considerar normal que alguien se mueva únicamente por intereses individuales claramente dañinos para el conjunto. Resulta aún más sorprendente que podamos admirarlo o presentar la enfermedad como ejemplo de éxito.

Aquí no sirven discursos económicos, estratégicos ni de ganancias o pérdidas. Lo que es nocivo para el sistema termina siendo nocivo para todos los individuos que lo componen, también para quienes creen beneficiarse momentáneamente de su deterioro. Cuando el sistema enferma, nadie queda realmente a salvo. Ni siquiera quienes creen estar ganando mientras lo deterioran.

Tal vez una de las incongruencias más difíciles de comprender de nuestro tiempo sea que sistemas humanos cada vez más complejos —sociales, económicos o institucionales— puedan estar liderados o influenciados por personas profundamente desconectadas de esta realidad elemental de interdependencia.

Personas que actúan como si el sistema del que forman parte no existiera o como si su propio destino estuviera separado del destino del conjunto.

Desde una perspectiva sistémica, esa desconexión no es una muestra de fortaleza ni de inteligencia estratégica. Es, más bien, un síntoma de ignorancia.

Ignorancia sobre cómo funciona la vida. Ignorancia sobre la naturaleza profundamente interdependiente de lo humano. Ignorancia, en definitiva, sobre el hecho más sencillo de todos: que ningún individuo prospera durante mucho tiempo dentro de un sistema que se deteriora.

Cuando los sistemas humanos empiezan a admirar comportamientos que los degradan y enferman, el problema deja de ser moral o político: es clínico. El pronóstico difícilmente puede ser bueno.

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En la imagen, Hiroshima devastada.