Recuerdo que, de joven, asistí a una sesión científica de la Societat Catalana de Neuropsicologia donde el eminente Dr. Lluís Barraquer Bordas, uno de los pioneros de esta disciplina en nuestro país y presidente de aquella Sociedad, daba una conferencia en la que reflexionaba sobre el interés neuropsicológico de estudiar otros ámbitos distintos a los acostumbrados, como por ejemplo el de las emociones. Entre sus recomendaciones y citas se refirió al psicoanálisis, al estudio de los sueños y, por supuesto, a Freud.
Para aquellos que sean ajenos a estos temas merece la pena advertir que combinar neuropsicología y psicoanálisis solía ser, en aquellos círculos, una de las mayores herejías imaginables ya que equivalía a mezclar ciencia y poco más que superstición. Aún así quedé fascinado de la dulzura y erudición del Dr. Barraquer y juvenilmente estimulado por el reto que lanzó a los que estábamos allí. Aquella noche, durante la cena que siguió al encuentro, me acerque a él y le manifesté mi emoción e interés por la ponencia así como mi curiosidad sobre su atrevimiento por exponer aquellas inquietudes ante aquel público tan hostil con determinados discursos. Mirándome directa y apaciblemente, me preguntó:
- Si Vd sospechara que tocándole con su dedo la punta de la nariz a alguien que está enfermo, esta persona podría sanar, ¿dejaría de hacerlo tan sólo porque no puede explicarlo científicamente?- Creo que no –respondí.- De eso se trata… – concluyó.
La sabiduría de verdad conlleva la duda sobre cualquier certeza que se crea poseer, de ahí, quizás, la humildad, la sencillez y el silencio que emana de las personas realmente sabias y su curiosidad y respeto por el conocimiento con independencia de su fuente y procedencia.
Desde la óptica que he ido adquiriendo a lo largo de mi vida profesional, me atrevo a hipotetizar que la necesidad de sintetizar todo aquello que se requiere saber en un solo marco teórico responde más a una necesidad de seguridad propia y a las prisas por saberlo todo que a la curiosidad por comprender lo que realmente está sucediendo ahí fuera. Visto de ese modo, tampoco son tan extrañas las posturas omniscientes y arrogantes ante los enigmas que plantea la vida, por parte de aquellas personas que militan en una determinada escuela, ya que la seguridad que entraña negar cualquier otra realidad al margen de aquella iluminada por el propio punto de vista diluye toda incertidumbre y, en consecuencia, cualquier percepción sobre la ignorancia que acompaña a cualquier conocimiento.
El saber es, en realidad, ecléctico ya que ha de danzar sobre un terreno incierto, ser flexible y servirse de todo enfoque que sea capaz de arrojar luz allí donde otro sólo proyecta sombras, para, de este modo, poder analizar, comprender o aplicar una o varias miradas combinadas sobre un mismo tema. Éste fue el gran aprendizaje de aquella breve conversación y el principal determinante del eclecticismo que me ha acompañado a lo largo de toda la vida.
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En la ilustración: Alegoría sobre la Sabiduría y la Justicia de Hermann Kaulbach [1846-1909]







