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lunes, 5 de octubre de 2026

El potencial de cualquier situación


Apuesto a que has oído muchas veces que toda situación encierra una amenaza y una oportunidad. Y que, a estas alturas, te suena a frase tópica.

Seguramente lo has escuchado sobre todo en momentos difíciles, como una manera de hacerlos más llevaderos. Quizás a la “oportunidad” le pusieron otros nombres, como aprendizaje o experiencia que suma. En definitiva, que aquello que vives como adverso también tiene su lado positivo y que existe la posibilidad de mirarlo así.

Imagino que incluso has hecho tuya esa frase y la has usado alguna vez, o incluso se la has regalado a alguien.

Y me atrevo a asegurar que esta frase suele quedarse ahí, en las palabras. Es una más de esas cosas que sabemos y no practicamos. Ante un riesgo seguimos centrados en la amenaza y lo único que nos ocupa es cómo esquivarla.

Tiene su lógica. Pensar en la oportunidad no hace desaparecer el peligro, y desatenderlo tampoco parece lo más inteligente. Quizás por eso el optimismo forzado despierta tanta desconfianza.

Si nos empeñamos en ver amenaza y oportunidad como las dos caras de una misma moneda, la segunda se convierte en algo favorable que espera escondido detrás de lo difícil. Una opción que hay que elegir, como si quedarse con una obligara a renunciar a la otra. Y quizás no sea eso.

No se trata de dejar de mirar la amenaza. Las artes marciales lo enseñan bien. En ellas el ataque del otro es la apertura. No se aparta la vista del golpe o del movimiento que inicia la llave, se mira de otra manera, sin rigidez, con una atención que se adapta y aprovecha lo que la situación ofrece.

Se dice que en chino la palabra crisis, 危机, une dos caracteres que significan peligro y oportunidad. Pero no es del todo exacto. El primer carácter, 危, sí significa peligro. El segundo, 机, alude a algo distinto, al instante en que lo que está ocurriendo todavía puede girar hacia un lado o hacia otro. No habla de algo positivo ni de oportunidades. Solo señala que el momento sigue abierto.

François Jullien, en su Tratado de la eficacia, contrapone dos maneras de actuar. La lógica occidental dominante fija un objetivo, diseña un plan y lo impone a la realidad a fuerza de voluntad. La china, en cambio, parte de las circunstancias, de lo que ya está ocurriendo y de sus posibilidades. Es lo que los clásicos chinos llamaron shi, el potencial de la situación.

En definitiva, quizás a lo largo de este artículo has cambiado la manida frase de que toda amenaza encierra una oportunidad por esta otra, la de que cualquier momento, amenazante o no, lleva en potencia una apertura hacia lo que todavía desconoces.

Pero es muy probable que esta nueva frase corra el mismo riesgo que la anterior y se quede en eso, en algo que se sabe y se dice. Una lección que no llegamos a integrar en nuestra manera habitual de conducirnos.

Podrías pensar que lo que falta es capacidad. Leer el momento y reaccionar a tiempo. Seguro que todo eso ayuda. Pero también es verdad que a menudo disponemos de recursos para muchas cosas que nos convienen y no echamos mano de ellos. Además, desarrollar una capacidad requiere la voluntad de hacerlo.

Quizás entonces sea cuestión de voluntad. De proponerte mirar de otra manera, de esforzarte en encontrar el lado bueno de cualquier situación. Pero la voluntad no se maneja a nuestro antojo. Necesita un motor de fondo, algo que la haga emerger, algo más que un razonamiento lógico o una frase adornada con alguna referencia a caracteres chinos. Exige convicción.

Y una convicción no se improvisa. Se forja con la experiencia, a fuerza de comprobar en la propia vida que algo es cierto. Es la aleta que permite nadar contra las inercias sociales. Y ver un revés solo como un revés es una de las ideas más arraigadas en nuestra cultura.

Por eso quizás se pueda empezar por algo más pequeño y asequible. Hacerse disponible. No se trata de apartar la vista de la amenaza ni de obligarse a mirar hacia otro lado, sino de mantenerla presente sin cerrarse sobre ella, sin dejar que lo oculte todo. Dejar un hueco para lo que pueda sugerir y aún no habías considerado. Ese hueco no exige creer en nada. Basta con no taparlo. Y cuando alguna vez algo inesperado se cuela por él, empieza a acumularse esa experiencia de la que, poco a poco, nace la convicción. 

La oportunidad no se busca. Se deja ver.


sábado, 6 de abril de 2019

¿Qué hacer con la incertidumbre?

Da la impresión que, desde que Bauman acuñara la expresión “tiempos líquidos”, convocara con ello la conciencia sobre la incertidumbre y esta se hubiera incorporado, con derecho propio, a nuestra cotidianeidad.

Antes había más certezas y se esperaba, de muchas cosas, que durasen para toda la vida, desde nuestra tecnología, hasta los libros o la discografía que coleccionábamos, desde nuestras opiniones hasta las relaciones o nuestro puesto de trabajo. Estoy, hoy en día, ya no tiene por qué ser así.

Bauman hablaba de tiempos líquidos porque, decía, nada dura tanto como para que pueda cristalizar, desde la tecnología hasta la premisa con las que creemos comprender cualquier realidad, todo se ve sometido a cambios continuos, rápidos y cada vez más impredecibles.

Daniel Innerarity va más allá y ya advierte que estamos transitando de lo líquido a lo volátil, a un tiempo de inestabilidad permanente, donde la incerteza es máxima por ser inasible y escapar, del todo, a nuestros instrumentos de predicción.

Si esto es así ahora o siempre ha sido así es otra cuestión. De hecho, parece ser que nuestra mentalidad y los sistemas de predicción en los que depositamos nuestra confianza, inspirados, todos ellos, en la mecánica lineal del siglo XVII, momento en el que se sistematizaron relaciones de causa y efecto entre las partículas y que permitieron pronosticar comportamientos futuros, están siendo progresivamente revisados por otras disciplinas de la física, como la mecánica cuántica que, a su vez, parece concordar más con formas de pensamiento orientales que se remontan a 2.500 años que con los parámetros científicos de la física tradicional.

Sea como sea, la incertidumbre no es algo nuevo para nosotros ya que está vinculada al futuro y, el futuro, no existe por definición; por ello, quizás la única diferencia entre estos tiempos y cualquier tiempo anterior sea el hecho de haber constatado que cualquier futuro es posible.

Una idea que evoca a Nassim Nicholas Taleb cuando, reflexionando en torno a diferentes crisis y catástrofes recientes que no hemos podido anticipar, afirma que, en un mundo complejo como el nuestro, tan sólo podemos predecir lo que ya conocemos, que nos creemos por ello fuertes y justamente esto [el creernos fuertes], es lo que nos hace frágiles.

La incertidumbre respecto a lo que puede acontecer es la fuente de la que manan nuestros temores y miedos, de ahí que reducirla sea la obsesión, buscamos gobernar las variables que creemos que determinan nuestro futuro, desde el más lejano al más inmediato y, en nuestra cabeza, siempre existe un plan, por pequeño que sea.

Cuando se trata de saber lo que comeré al mediodía o el tiempo que hará mañana quizás no entrañe muchas dificultades en cuanto a reducir y mantener a raya la incertidumbre, pero, cuando se trata de aspectos más complejos, ya sea por la cantidad de variables intervinientes, ya sea por el desconocimiento de todos los factores que pueden conjurarse y la multitud de combinaciones con las que pueden hacerlo, creer controlar lo que va a pasar, como dice N. N. Taleb, no sólo es una ilusión sino que, además, es un peligro.

De ahí que junto a cualquier plan sea importante desarrollar también la convicción de que es tan posible que suceda lo que hemos previsto, como de que no suceda porque la constelación de variables adopte una forma totalmente imprevista a lo esperado.

Junto a la capacidad de planificar es sumamente importante muscular la capacidad de improvisar a partir de los recursos que, en un momento dado, tenemos a mano.

Muy interesante al respecto la aportación que hace François Jullien en la Conferencia sobre la eficacia [2006], un ensayo que nos ofrece una comparativa entre los modelos occidental y chino de enfocar la estrategia.

El autor aduce varias razones para escoger China, entre otras la de tratarse de una gran civilización que se desarrolló lingüística e históricamente al margen del pensamiento europeo y por estar fundamentada en principios y valores diametralmente opuestos a los nuestros.

Lo interesante de la aportación de Jullien es el hecho de contraponer al pensamiento estratégico occidental basado en la anticipación de la secuencia de acciones necesarias para llegar a un resultado, con el pensamiento chino basado en gestionar el aquí y ahora, aprovechando el potencial que ofrece la situación en la que nos hallamos y detectando los factores “facilitadores” para sacar el máximo provecho de ellos. Se trataría, así sin más, de dos modelos muy distintos, en uno se trata de gestionar posibilidades y en el otro de trabajar con realidades.


Decía que, la duda sobre lo que ha de acontecer genera temor o miedo y esta sensación es la que nos mueve a reducir o eliminar cualquier incertidumbre que nos aceche.

Como he comentado, normalmente abordamos este tema planificando, esto es decidiendo los pasos que vamos a dar en el futuro para garantizar el logro de un objetivo propuesto, pero también lo hacemos estructurando la realidad para poder comprenderla, debido a una suerte de mágica relación que establecemos los humanos entre comprender algo y la capacidad que, por ello, creemos tener para someterlo a nuestro control y gobernarlo

Estructurar la realidad siempre supone ordenarla de forma distinta a cómo se presenta con el propósito de comprenderla según la lógica en la que nos hemos educado. Normalmente estructurar consiste siempre en simplificar y reorganizar, es decir, darle una nueva forma a la realidad para que quepa en los siempre estrechos límites de nuestra comprensión.

Por utilizar un ejemplo gráfico, viene a ser como si la realidad fuera un círculo y necesitásemos convertirla en un cuadrado porqué nos es más fácil explicarla. La estructuración sirve para explicar la realidad y comprenderla pero nunca para sustituirla, por mucho que encaje el círculo en nuestro cuadrado, la realidad nunca será ese cuadrado y siempre habrá una parte que se escapará a nuestra comprensión, el peligro está en invisibilizar o negar lo que no podemos explicar o ignoramos. Ser conscientes de que el mundo es mucho más complejo que la versión resumida que utilizamos para hacerlo manejable, es un signo de cultura, de salud cognitiva y un determinante de la capacidad de resiliencia hacia la adversidad.

Así pues ¿qué hacer con la incertidumbre?

Si, como hemos dicho, el cambio es la constante, quizás no se trata tanto de afanarse en reducir la incertidumbre como de ser capaces de convivir con ella.

Esto no significa que la planificación o la estructuración pierdan su sentido, de hecho, lo tiene todo, aunque solo sea porque, como humanos, no podemos evitar la necesidad de anticipar cualquier aspecto que nos aceche desde cualquier futuro que nos podamos imaginar y, sin lugar a duda, ahí está la clave de muchos logros y también la de sortear multitud de adversidades.

Pero, tal y como se ha ido exponiendo a lo largo de este artículo, también es fundamental relativizar la garantía de los planes que elaboramos y ser conscientes de lo limitado de nuestra comprensión total de muchas de las realidades que gestionamos.

La aceptación de nuestra falibilidad ha de formar parte del proceso de gestión de la incertidumbre ya que, sólo de este modo, contemplaremos la posibilidad de estar equivocados como una variable más a tener en cuenta y tendremos más posibilidades de corregir y aprender.

Finalmente, como se ha dicho, el concepto “incertidumbre” va más allá de la duda o la falta de certeza sobre algo, incluye un componente emocional de inquietud, temor o miedo que suele ser el verdadero motor de la obsesión por reducirla. Conocer cuál es este miedo, identificándolo, poniéndole nombre y acotándolo en su propio espacio, contribuye, poderosamente, a relativizarlo y a suprimirlo de la ecuación, con el componente de libertad y capacidad de riesgo que ello comporta.


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La primera imagen corresponde a la Sibila de Delfos de John Collier [1891] y la segunda a El adivino de Simon Vouet [1618], las he escogido porque ambas reflejan la importancia que siempre ha tenido conocer el futuro.

La Tercera imagen es El viajero contemplando una mar de nubes de Caspar David Friedrich [1818]: para mí una alegoría de enfrentar lo desconocido.