Mostrando entradas con la etiqueta pausa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pausa. Mostrar todas las entradas

martes, 11 de noviembre de 2025

La importancia de las pausas portal

 

Llamo experiencia portal a aquellas vivencias que te transportan a otro plano de existencia, que marcan un antes y un después en tu vida. Son actualizaciones internas desde las cuales el mundo se contempla, a partir de ahí, con una mirada distinta, renovada.

Las experiencias portal suelen recordarse como hitos evolutivos, como puntos de inflexión que señalan un cambio en la manera de percibir, comprender o estar en el mundo.

Una experiencia portal puede surgir de una lectura, una conversación, una charla, la visión de una pintura, una relación o de cualquier instante en que algo —una idea, una emoción, una imagen— produce un clic mental que ilumina lo que hasta entonces permanecía invisible.

Desde esta definición, uno no decide qué es un portal y qué no. Los portales se abren cuando confluyen dos fuerzas: algo externo que provoca la chispa  y una predisposición interna a dar ese salto evolutivo. No son planificados; aparecen, suceden, nos atraviesan.

Sin embargo, el concepto de portal puede adquirir una dimensión menos existencial y más práctica, perfectamente aplicable —y, de hecho, necesaria— en los entornos profesionales. Me refiero a las pausas portal.

Una pausa portal es un momento suspendido entre dos situaciones distintas, cada una con su propia naturaleza y exigencias, que requiere de la persona el máximo nivel de presencia. Y con presencia no me refiero a estar físicamente, sino a estar cognitiva y atencionalmente disponible, libre de los residuos mentales de la situación anterior y plenamente orientada hacia la siguiente.

En un entorno laboral cada vez más acelerado, transitamos de un asunto a otro sin concedernos tiempo para soltar, integrar o reorientar la atención. Llevamos la mente saturada de lo anterior hacia lo siguiente, arrastrando tensiones, expectativas y ecos emocionales que enturbian la percepción y disminuyen la calidad de la presencia.

La pausa portal tiene el propósito de interrumpir ese flujo automático y crear un breve espacio de regeneración mental. Podríamos decir que abre una zanja simbólica entre momentos distintos de la experiencia, evitando que se mezclen y permitiendo que cada uno conserve su identidad. Esa zanja no es un vacío improductivo, sino un territorio fértil donde la atención se reordena y la mente recupera su capacidad de presencia.

Quienes se dedican a la formación conocen bien la necesidad de estos espacios. Suelen servirse de las pausas de café o de pequeños descansos, situados estratégicamente para separar temáticas o fases de trabajo que requieren un breve intervalo de distensión y conciencia. Esas pausas no solo sirven para descansar, sino que delimitan, preparan y dan sentido a lo que viene después. Son lo que, en este artículo, denominamos pausas portal.

Y la necesidad de ponerle un nombre no surge de ningún afán por renombrar lo obvio —lo que siempre hemos llamado descanso, pausa o desayuno—, sino de la voluntad de profesionalizar y cualificar estos espacios.

Nombrarlas "pausas portal" permite visibilizar su verdadero propósito: no se trata solo de interrumpir la actividad, sino de crear un túnel de lavado mental y emocional que nos ayude a desprendernos de los residuos de la situación anterior. Solo así es posible recuperar la atención, la disposición emocional al otro y la calidad conversacional necesaria para que las reuniones, las decisiones o los intercambios profesionales se realicen desde un estado de presencia lo más limpia y renovada posible.

Estas pausas actúan como transiciones conscientes que hacen que cada momento de trabajo conserve su identidad propia. Son pequeñas prácticas que, bien integradas, mejoran la precisión en la toma de decisiones, la capacidad de escucha, la calidad del pensamiento colectivo y el bienestar de las personas.

Porque, del mismo modo que en las acciones formativas estas pausas están naturalmente integradas, también deberíamos incorporarlas y normalizarlas en todos nuestros entornos laborales.

Debería resultar habitual prever una pausa portal entre reuniones, del mismo modo que se programa un descanso o un cambio de sala. Solo la vivencia de ser protagonista de una transición consciente y calmada —de una video reunión a otra, por ejemplo— ya sería algo agradablemente llamativo y revelador de una organización que cuida la calidad del tiempo y la atención de quienes la habitan.

Una práctica tan simple como esa diría mucho de la cultura organizativa, especialmente si la comparamos con el desorden, la ansiedad, las prisas, el surfeo, la superficialidad y el cansancio que caracterizan buena parte del trabajo actual. Frente a la aceleración y el desgaste, las pausas portal ofrecerían un respiro lúcido, un modo de habitar con más conciencia los márgenes entre una acción y otra.

Pero no solo son necesarias las pausas entre reuniones; también deberían preverse entre una tarea y otra, entre el cierre de un proyecto y el inicio del siguiente, o entre periodos del año que marcan cambios de ciclo, como el inicio o el final del curso, la vuelta de vacaciones o el cierre de ejercicio.

Debería haber pausas portal antes de mantener una conversación difícil o emocionalmente cargada, o después de una reunión intensa o conflictiva, para permitir que la mente y el ánimo se reorganicen. También antes de una presentación importanteuna entrevista de selecciónuna sesión formativa o una intervención pública, cuando es necesario centrar la energía y conectar con la intención.

Podrían integrarse en los momentos de evaluación —antes de analizar resultados o dar feedback—, o tras una toma de decisiones compleja, para liberar la tensión acumulada y dejar que lo decidido asiente en la mente.

Incluso en la vida cotidiana del trabajo, una pausa portal puede ser el breve intervalo entre responder un correo sensible y escribir otro, entre atender a una persona y concentrarse en una tarea analítica, o antes de cambiar de entorno o de rol dentro del mismo día.

Conviene advertir que no toda pausa entre actividades tiene por qué ser una pausa portal. De hecho, muchas personas llenan esos intervalos con nuevas microtareas —revisar el correo, responder mensajes, mirar el móvil— que prolongan el continuo cognitivo entre una situación y la siguiente.

El carácter de portal solo se adquiere cuando la pausa está deliberadamente pensada para su propósito, es decir, cuando se utiliza para tomar conciencia del estado en el que se abandona una situación y del estado en el que se aborda la nueva.

Esa toma de conciencia actúa como un acto de higiene mental y emocional: permite liberarse de tensiones, pensamientos obsesivos o malestares que puedan arrastrarse, y abrirse con ligereza y presencia a lo que viene después.

Entre lo que termina y lo que empieza no basta con detenerse: hace falta un gesto que señale el paso, que invite a soltar y a disponerse. Ese gesto es el ritual, la forma más humana y práctica de convertir una pausa en portal.

Ritualizar las pausas portal no tiene nada de esotérico ni de místico: es, en realidad, una herramienta práctica para cuidar la calidad mental y emocional con la que transitamos entre actividades. Incorporar pequeños rituales ayuda a estructurar el tiempomarcar los límites y reajustar la atención antes de entrar en un nuevo contexto.

En el ámbito profesional, los rituales portal tienen un enorme potencial práctico. Pueden integrarse fácilmente en la dinámica diaria y adaptarse al tono de cada equipo o persona. Funcionan como micromecanismos de cuidado cognitivo y emocional, que mejoran la atención, la escucha, la toma de decisiones y la disposición hacia los demás.

Ahí van algunos rituales sencillos que pueden ayudar a convertir las pausas en portales de transición. Son solo ejemplos, cada persona o equipo puede adaptarlos o crear los suyos propios, según su estilo y cultura de trabajo:

Antes o después de una reunión

  • Un minuto de silencio consciente de la respiración, con los ojos cerrados o abiertos, simplemente observando la respiración y dejando que se asiente la mente.
  • Explicar cómo llega cada persona, con una frase breve: “vengo disperso”, “con energía”, “aun procesando la reunión anterior”. Este gesto genera presencia y empatía.
  • Cierre con una frase o gesto simbólico: “con esto lo damos por concluido”, “gracias por las aportaciones” o un aplauso conjunto.
  • Mover el cuerpo, levantarse, estirarse o cambiar de posición para marcar físicamente el final de una fase.

 Entre tareas o cambios de contexto

  • Cambiar de entorno: Caminar unos pasos o dar un paseo. El movimiento físico señala al cerebro que algo termina y algo nuevo comienza.
  • Un gesto de limpieza simbólica, como vaciar la papelera digital o cerrar las pestañas abiertas.
  • Una breve respiración consciente, acompañada de la pregunta: “¿qué dejo atrás?” y “¿con qué quiero conectar ahora?”.

Al cerrar o iniciar un proyecto

  • Escribir una frase de cierre, reconociendo lo aprendido o agradeciendo la colaboración del equipo.
  • Revisar brevemente lo logrado y permitir un minuto de silencio antes de pasar al siguiente objetivo.
  • Nombrar lo que se deja y lo que se abre, como acto de reconocimiento colectivo.
  • Obtener lecciones aprendidas, revisando qué aspectos de lo experimentado han de modelar actuaciones futuras.

 Entre periodos del año o de actividad

  • Realizar un pequeño balance personal o de equipo, identificando lo que se desea conservar y lo que se quiere soltar del ciclo anterior.
  • Dedicar unos minutos a imaginar el nuevo ciclo, visualizando el propósito que nos ha de inspirar.

Antes o después de conversaciones o decisiones significativas

  • Una breve respiración en grupo o individual, con la intención de limpiar emociones previas y abrir la escucha.
  • Nombrar el propósito de la conversación, dejando claro qué se busca, para alinear la atención.
  • Cierre consciente, dedicando unos segundos a reconocer el valor del intercambio, incluso si no hubo acuerdo.
  • Caminar unos pasos en silencio después, para dejar reposar lo vivido antes de volver a la actividad.

Estos rituales no son normas ni protocolos, sino formas de devolver al trabajo su dimensión humana y consciente. Su fuerza reside en la repetición con sentido: cuanto más se practican, más se integran y más natural resulta transitar entre actividades sin arrastrar el ruido del pasado inmediato.

Ritualizar las pausas es, en definitiva, una forma de recordar que la calidad del trabajo depende también de cómo atravesamos los espacios intermedios. Porque, posiblemente, el futuro de la productividad no dependa tanto de hacer más, sino de saber cerrar y abrir mejor. Solo quien sabe soltar lo anterior puede llegar entero a lo siguiente.

 

miércoles, 15 de enero de 2025

La importancia de saber escuchar en consultoría

Entre la diversidad de habilidades necesarias en consultoría, la capacidad de escuchar es una de las más importantes. Una de las razones es que escuchar hace posible una comprensión más rica y profunda, ya que permite captar los matices de lo que se comunica y crear conexiones que a menudo van más allá de lo evidente. Otra razón igualmente importante es que escuchar constituye, en sí mismo, un servicio. Sentirse escuchado o escuchada, especialmente en entornos profesionales donde predominan la presión, la individualidad y el ruido comunicativo, genera alivio y bienestar, estableciendo una base de confianza que resulta beneficiosa para el cliente y esencial para la relación de consultoría.

Aunque parece sencillo, escuchar de verdad no es fácil, y esta dificultad tiene sus causas tanto en factores sociales como personales. A nivel social, vivimos en una cultura que asocia hablar con autoridad y conocimiento, una percepción que en el ámbito de la consultoría puede magnificarse. Se espera, de manera implícita o explícita, que el consultor o la consultora adivinen, interpreten o incluso solucionen problemas sin que sea necesario explicarlos en detalle. Esto refuerza la idea de que escuchar es una actividad secundaria, subordinada a la acción y al discurso del experto.

En el plano personal, las barreras son igualmente significativas. La necesidad de corroborar constantemente el propio punto de vista, de imponer un marco de comprensión propio o de responder con rapidez ante cualquier discrepancia que se viva como una amenaza al propio discurso o, incluso, como una oportunidad para lucirse, puede entorpecer la capacidad de escuchar de manera genuina. La falta de contención, la baja tolerancia a la frustración y el impulso narcisista de demostrar conocimiento contribuyen a una dinámica que dificulta alcanzar una escucha auténtica y verdaderamente eficaz.

Escuchar es un acto de apertura; requiere una disposición diferente, más cercana a la contemplación que al acto de mirar. Mientras que mirar implica dirigir intencionadamente los sentidos hacia algo, contemplar supone permitir que las cosas lleguen a nosotros sin una intención concreta, abriéndonos a lo que emerge. Esta actitud contemplativa exige un olvido temporal de uno mismo, similar a lo que ocurre cuando nos sumergimos en una película donde nuestra realidad se desvanece y nos dejamos llevar completamente por el relato. En la consultoría, la escucha contemplativa tiene ese mismo objetivo: ceder espacio a la narrativa del otro sin interferencias ni protagonismo personal.

Para desarrollar esta capacidad, es fundamental trabajar tres ejes principales:

LA CONTENCIÓN: Entendida como la capacidad de frenar las prisas por demostrar conocimiento o comprensión. Contener implica renunciar al impulso de interrumpir o de adelantar conclusiones, permitiendo que el interlocutor despliegue su mensaje completamente. Este acto no solo enriquece la escucha, sino que también genera un espacio de respeto y confianza mutuos.

AUTOCONOCIMIENTO EMOCIONAL: Que nos invita a identificar nuestras propias emociones como reacciones internas que surgen en nosotros ante lo que escuchamos. Estas emociones no son inherentes a lo que se nos comunica, sino respuestas individuales que debemos asumir como propias. Reconocerlas nos ayuda a evitar proyectarlas en el discurso del otro y a mantener una perspectiva más objetiva y receptiva durante la interacción.

SUSPENSIÓN DEL JUICIO: No juzgar es crucial para escuchar sin que nuestras creencias, interpretaciones o expectativas previas filtren lo que oímos. Suspender el juicio implica renunciar temporalmente a nuestras categorías mentales y prejuicios. Esto no significa anular nuestras opiniones, sino postergar cualquier valoración o conclusión hasta haber escuchado y comprendido completamente lo que se nos está diciendo. Al hacer esto, dejamos espacio para que emerjan nuevas ideas y conexiones que de otro modo quedarían ocultas bajo el peso de nuestra interpretación inicial. Este eje está estrechamente relacionado con el autoconocimiento emocional, ya que valores, emociones y creencias están interconectados. Al aprender a identificar nuestras emociones, resulta más sencillo aislar también nuestras creencias y neutralizarlas, logrando así una escucha más limpia y desprovista de prejuicios.

La capacidad de escucha, no debe darse nunca por supuesta, ha de entrenarse y muscularse continuamente. Por más experiencia que se acumule, esta habilidad requiere una actualización constante para mantenerse efectiva. De hecho, cuanto mayor es la experiencia, mayor es la necesidad de renovación, ya que el conocimiento acumulado puede convertirse en un obstáculo. Este bagaje, si no se gestiona adecuadamente, tiende a generar patrones de pensamiento automatizados que dificultan la apertura y la receptividad. Además, suele venir acompañado de una menor tolerancia y de una impaciencia característica de quienes tienen la necesidad de demostrar su condición de expertos con rapidez porque no toleran la mínima duda al respecto.

Para entrenar la contención, el autoconocimiento emocional y la suspensión del juicio necesarios para desarrollar la capacidad de escucha, es útil:

EJERCITARSE EN EL ARTE DE LA PAUSA

Desarrollar la capacidad de pausar antes de responder es esencial para fortalecer nuestra capacidad de escuchar. La pausa nos da el tiempo necesario para reconocer nuestras reacciones internas, procesarlas y evitar proyectarlas en el interlocutor, creando un espacio de reflexión que permite responder de manera más consciente y adecuada a la situación. Este ejercicio también amplía nuestra receptividad para captar los matices emocionales y contextuales del mensaje.

Para profundizar en esta práctica, resulta especialmente recomendable el libro de Robert Poynton: Pausa. En este pequeño ensayo, el autor explora cómo las pausas conscientes pueden integrarse en nuestra vida profesional y personal. Y cómo estas nos permiten tomar mejores decisiones, escuchar con mayor profundidad y responder con mayor claridad. Poynton subraya que pausar no es solo un acto de detención, sino una herramienta activa para dar espacio a lo que realmente importa.

INCORPORAR EL HÁBITO DE MEDITAR

Practicar la atención plena es el ejercicio por excelencia para reducir distracciones, tanto internas como externas y que nos permite escuchar no solo las palabras, sino también los matices emocionales que enriquecen la comunicación. En este sentido, la meditación es una práctica de higiene mental especialmente útil para cualquier profesional de la consultoría. Dedicar unos minutos diarios a permanecer en silencio, siendo consciente de los ruidos internos, es un ejercicio potente que ofrece resultados tangibles y rápidos en términos de autoconsciencia y claridad mental.

No obstante, reconozco que no todas las personas encuentran fácil esta práctica. Algunos la rechazan por asociarla a temas esotéricos, mientras que otros desconocen que requiere una técnica específica que debe aprenderse y ejercitarse. Muchas personas abandonan porque sienten impaciencia ante el propio silencio o al intentar infructuosamente sofocar el ruido interior cuando persiguen el objetivo imposible de poner la mente en blanco. Justamente en estos casos recomiendo perseverar, porque esa incomodidad indica la necesidad de profundizar en este trabajo interior. Es difícil escuchar cuando uno mismo se convierte en una fuente constante de ruido emocional, sesgos y prejuicios. Si resulta complicado hacerlo de manera autónoma, buscar el apoyo de una persona experta en estas técnicas puede ser clave para superar las barreras iniciales y disfrutar de los beneficios que aporta, no solo a la escucha, sino también a la calidad general de la práctica profesional y de la vida personal. Incluso el historiador y pensador Yuval Noah Harari dedica el último capítulo de su libro 21 lecciones para el siglo XXI a resaltar el valor de esta práctica.

La meditación es una herramienta excepcional que incide directamente en la contención, el autoconocimiento emocional y la capacidad de suspender el juicio. Esta práctica entrena la mente para observar pensamientos, emociones o sensaciones sin identificarnos con ellos ni reaccionar automáticamente. Meditar implica reconocer que nuestras interpretaciones o prejuicios no son verdades absolutas, sino construcciones internas. Este hábito mental fomenta una mayor apertura hacia las perspectivas y realidades de los demás, ayudándonos a postergar cualquier valoración o conclusión hasta haber comprendido plenamente lo que el otro nos está comunicando.

En fin, escuchar no es una capacidad innata que viene de serie, sino una habilidad que se desarrolla y se fortalece con la práctica consciente y la reflexión constante sobre la calidad de nuestras interacciones. Con el tiempo, el hábito de escuchar trasciende su función como herramienta técnica para convertirse en una actitud identitaria profesional y personal que otorga valor al silencio, que reconoce al otro en su singularidad y que aporta calidad a la relación.

--

En la imagen, un detalle de Twilight Conversation de Ron Hicks.

Este post ha sido publicado anteriormente en el blog de la Red de Consultoría Artesana.

miércoles, 31 de agosto de 2022

Zen

 
Normalmente cuando escuchamos o se utiliza la expresión “zen” es para evocar un ambiente de quietud y calma, adornado con trinos de pájaros, el suave rumor de la lluvia fina o el cristalino repicar del chorro de una fuente, todo el conjunto atravesado por la enigmática y exótica melodía del Shakuhachi.   

En general, “zen” es una expresión muy usada para connotar serenidad y calma, alguien es “muy zen” cuando por su tranquilidad contrasta con la impaciencia, el mal humor, las prisas o las exigencias comunes a las que nos somete el entorno; suele referirse a mantener una actitud ingrávida ante la dinámica hiperactiva del día a día del común de los mortales.

Todos estos significados son muy corrientes y tienen en común el de usar el término “zen” como un adjetivo calificativo de algo o alguien, pero no dan realmente cuenta e incluso distorsionan y nos alejan de lo que es, en realidad, el Zen.

Zen significa “meditación” y es la variante japonesa del budismo Mahāyāna tras su paso por China donde, como suele suceder en estos tránsitos, se impregnó de elementos fuertemente arraigados en el sistema de creencias local, de ahí, posiblemente, su sobriedad y su simplicidad respecto a otras tradiciones budistas, así como la importancia central que adquieren conceptos que también son nucleares en el taoísmo.

Para mí, el Zen y, en concreto, el Zen Soto, una de sus variantes más extendida, es una revisión del budismo en un momento de su historia en el que se diluye peligrosamente su sentido espiritual debido a su contacto con el poder político, algo así como en su día sucedió en el seno del catolicismo, con el surgimiento de las ordenes mendicantes ante la opulencia y depravación manifiesta de la Iglesia de Roma.

La Vía del Zen se condensa, básicamente, en la meditación sentada o zazen, conditio sine qua non para llevar a cabo esta práctica.

La clave, en zazen, es mantenerse presente, aquí y ahora, de ahí la importancia que tiene concentrarse en la postura [el aquí] y en la respiración [el ahora], sin perseguir nada, sin ningún objeto, sin pretender siquiera no pensar, simplemente mantenerse como espectador de lo que sucede física y mentalmente mientras se permanece inmóvil. 

 

Porque zazen es “sentarse y nada más”, donde el “nada más” ha de entenderse así, tal cual, de la manera más absoluta: “na-da-más”, y ahí, en esa sencillez de su práctica radica, paradójicamente, una de sus dificultades, ya que la Red Neuronal por Defecto nos lo pone difícil regalándonos continuamente con un generoso abanico de preocupaciones, recuerdos, ensoñaciones o fabulaciones cuando no estamos concentrados haciendo algo en concreto, por eso, en zazen, la clave es orientar la mente al cuerpo,  concentrarse en  la postura y atender al instante único de cada inspiración y de cada expiración; en palabras de Eihei Dogen, “la práctica de zazen es dejar caer cuerpo-y-mente” ya que, en este estado, nuestra actividad mental y sensorial es menos activa y, por lo tanto, el estado es más natural: sereno y equilibrado.

Otra dificultad para este “sentarse y nada más” se halla en que choca frontalmente con la cultura fuertemente utilitarista y orientada a la productividad del sistema en el que nos hallamos inmersos, en el que “nada más” se traduce como un “no hacer nada” que incomoda y urge a abandonar la práctica en pos de objetivos y actividades consideradas útiles según los estándares de eficacia y de “aprovechamiento del tiempo” que inspiran el modelo social y productivo imperante.

Ambos elementos, la inmersión en una actividad mental descontrolada y la sensación de pérdida de tiempo, suelen ser los motivos principales por los que muchas personas abandonan o rechazan la práctica de la meditación, esto y la falta de un propósito firme y claro que justifique el esfuerzo y dilate la capacidad habitual de tolerar la frustración.

A diferencia de otras prácticas parecidas, como la del mindfulness tan en boga hoy en día en algunas organizaciones y generalmente orientado a gestionar el estrés, aumentar la capacidad de concentración y adaptarse a los retos cotidianos, zazen es una práctica central en la vida de la persona, cuyo propósito, lejos de motivaciones superficiales, productivas, saludables o mundanas, es resetear la consciencia para liberarla de la mochila de apegos, deseos, anhelos, miedos, logros, satisfacciones y frustraciones que conforman el ego con el que solemos identificarnos y, en consecuencia, confundirnos, ya que tendemos a considerarnos en función de lo que obtenemos de nuestra continua transacción con el entorno, con sus personas, objetos y situaciones.

La práctica de zazen permite observar estos mecanismos, captar su insustancialidad y dejar de considerarlos como parte inherente a uno mismo, creándose paulatinamente las condiciones necesarias para que se active, de manera natural, un proceso en cadena que pone en evidencia la fantasía de cualquier individualidad, dejando de sentirnos distintos, ajenos o independientes del entorno del que formamos parte y activándose, en consecuencia, el impulso de cuidar de todo y de cualquiera ya que nos sentimos parte de lo mismo. En este sentido y a diferencia de otras doctrinas, en el Zen, la compasión no es un camino a la salvación sino que es el resultado de la liberación.

 

 

Me inicié en el Zen hace ya unos años, en el seno de la comunidad de practicantes que se reúnen en torno al maestro Zen Lluís Nansen, en Barcelona. Debido a la sutileza de los mecanismos envolventes de nuestro ego, es conveniente practicar, con cierta frecuencia en comunidad y siempre bajo la supervisión de una persona que esté autorizada y capacitada para hacerlo ya que, como en su día me indicó Nansen, tanto o más importante que identificar los mecanismos de nuestro ego es no apoyarse o sucumbir, en el empeño, al ego de otro.

Admito que introducir el Zen ha sido una de las decisiones más acertadas que he tomado hasta el punto de ser, ahora mismo, una práctica central en mi vida; medito a diario, el Zen es, para mí, un portal que me lleva, literalmente, a otra pantalla existencial desde la que observo el mundo con un punto de vista renovado y fresco, impactando decisivamente tanto en el plano personal como en el profesional.

El vacío que resulta de silenciar todos aquellos ruidos vitales que me distraen o con los que normalmente busco evadirme, aporta la distancia necesaria para ser consciente de la futilidad de muchos de los resortes que, invisiblemente, determinan mis emociones, ambiciones, miedos y deseos.

Esto también me permite ver con más claridad y relativizar el papel de los otros en mis actuaciones o en la génesis de mis percepciones y emociones, no tomarme personalmente muchas cosas que antes me interpelaban y afrontar mi cotidianeidad de manera más serena y dialogante.

Gran parte del enfoque con el que abordo mi proyecto profesional actual es consecuencia de la reordenación de prioridades y valores a partir de esta nueva perspectiva, cosas que anteriormente eran muy importantes han pasado a ser irrelevantes mientras, paralelamente, van cobrando nitidez aspectos clave relacionados con el fluir natural y armónico de las cosas, lo cual, es muy interesante si no fundamental cuando se interviene en el ámbito de la transformación de las culturas organizativas y, en general, en todos aquellos aspectos que afectan a las personas.

La práctica del Zen es la práctica de habitar en la pausa, condición necesaria para plantearse la transformación personal inherente a cualquier cambio que se pretenda impulsar, de ahí mi interés en compartirlo en este espacio, con este artículo.

--                                                                                                               --

La segunda imagen es de Kodo Sawaki, puede apreciarse la serenidad y solidez de la postura en zazen.

En la última imagen, Lluís Nansen conduciendo una sesión de zazen en el Dojo Zen Kannon de Barcelona.