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domingo, 3 de mayo de 2026

El relato en que nos convertimos



Un neurocientífico bastante conocido sugería en una de sus conferencias que, si una persona duda entre dos alternativas, se le puede proponer que lo decida lanzando una moneda al aire. Pero añadía algo más: mírale la cara cuando salga el resultado. Si aparece un gesto de rechazo, dile que haga lo contrario, porque en realidad ya lo había decidido.

En el fondo, lo que plantea es que muchas de nuestras decisiones no se construyen de manera deliberada, sino que emergen de forma intuitiva. Y solo después entra en juego esa parte de la mente que necesita explicarlas, ordenarlas y hacerlas coherentes.

En esta línea, Michael Gazzaniga describió la existencia de una especie de “intérprete” interno que construye explicaciones incluso cuando no tiene acceso directo a las causas reales de lo que hacemos. Es decir, una función que no decide, sino que da sentido a lo decidido.

Algo que conecta con lo que planteó Daniel Kahneman al diferenciar entre un sistema de pensamiento rápido, automático e intuitivo —el que utilizamos la mayor parte del tiempo— y otro más lento, que permite analizar, revisar y, en ocasiones, cuestionar esa primera respuesta.

A esa función que organiza y explica se la ha denominado a veces “el relator”: un mecanismo que no decide, sino que narra. Que llega después, para dar sentido a algo que, en gran medida, ya estaba decidido.

Una cosa es como decidimos y otra cómo explicamos estas decisiones.

La extensión de este fenómeno aparece cuando uno se explica a sí mismo. Sobre cómo es, lo que le gusta o no, por qué hace tal o cual cosa. En esos momentos también parece entrar en juego ese mismo mecanismo.

Cuando alguien dice “yo soy así” o “hago esto por esto otro”, no necesariamente está accediendo al origen de lo que le ocurre. Está construyendo una explicación que resulta coherente, que encaja con lo que cree de sí mismo y que le permite reconocerse.

¿Por qué ocurre esto?

Probablemente porque necesitamos cierta continuidad para funcionar. No solo hacemos cosas: necesitamos sentir que hay un “alguien” que las hace, y que ese alguien tiene una forma reconocible a lo largo del tiempo.

El relato introduce esa continuidad. Ordena lo vivido, evita contradicciones demasiado evidentes y hace que la experiencia resulte comprensible. No es casual. Michael Gazzaniga lo observó en sus conocidos experimentos con pacientes de cerebro dividido: cuando una persona actuaba sin poder acceder a la causa real de su conducta, no se quedaba sin explicación. Construía una que resultara coherente, y la mantenía como propia.

Algo que conecta con lo que planteó Timothy Wilson al mostrar hasta qué punto nuestras explicaciones sobre nosotros mismos son interpretaciones plausibles elaboradas a posteriori, y con la idea de Dan McAdams de que construimos narrativas sobre nosotros mismos para dar sentido y continuidad a nuestra experiencia.

Este mismo mecanismo no se limita a cómo decidimos o a cómo nos explicamos en el presente. También interviene en la forma en que recordamos.

Los recuerdos no son una reproducción fiel de lo vivido, sino una reconstrucción. Cada vez que evocamos algo, lo reorganizamos, lo completamos y, en cierta medida, lo reinterpretamos desde el momento actual.

No es casual. Sabemos que la memoria no es neutra: existen recuerdos y olvidos selectivos, y también desviaciones sistemáticas en la forma en que interpretamos lo que nos ocurre. Elizabeth Loftus mostró hasta qué punto los recuerdos pueden ser moldeados e incluso alterados, mientras que Daniel Kahneman describió cómo estas desviaciones forman parte habitual de nuestro modo de pensar.

En ese proceso, el relato vuelve a operar. No solo para dar sentido a lo que ocurrió, sino también para hacerlo encajar con la imagen que tenemos de nosotros mismos. De algún modo, no solo narramos quiénes somos, sino también construimos quiénes hemos sido.

Y si ese relato es el que organiza lo que vivimos y nos permite reconocernos, cabe preguntarse hasta qué punto eso que llamamos autoconocimiento es realmente conocimiento de nosotros mismos o más bien la narración con la que nos explicamos.

Porque quizás no nos conocemos tanto como creemos, sino que nos explicamos de una manera que resulta coherente. No es lo mismo.

Si esto es así, quizás la cuestión no sea tanto si es posible conocerse, sino cómo hacerlo sin quedar atrapado en la propia explicación. Porque probablemente no podamos dejar de construir relatos sobre nosotros mismos, pero sí podemos empezar a detectarlos.

El autoconocimiento, en ese sentido, no consistiría tanto en encontrar una definición más precisa de cómo se es, sino en desarrollar cierta capacidad para tomar conciencia de ese relator que organiza lo que decimos de nosotros. No para desmontarlo, sino para observarlo y ver cómo da forma a lo que vivimos, qué aspectos enfatiza, cuáles deja fuera y desde qué lugar construye esa coherencia que nos resulta tan convincente.

Ahí, empieza a perfilarse una práctica de lo más sana y conveniente, que no consiste en añadir nuevas explicaciones, sino en suspender, aunque sea por momentos, la necesidad de darlas. En dejar que lo que aparece no tenga que convertirse de inmediato en una historia coherente.

En ese sentido, prácticas como la meditación zen apuntan en esa dirección. No buscan producir un conocimiento sobre uno mismo ni elaborar una comprensión más afinada, sino dar lugar a una atención en la que lo que ocurre pueda ser observado sin quedar inmediatamente absorbido por el relato.

No se trata de que el relato desaparezca. Sigue ahí, apareciendo en forma de pensamientos, explicaciones o interpretaciones. Es inevitable: la mente relatora continúa operando. Pero deja de tener la misma centralidad. El relato puede ser detectado y observado sin necesidad de ser seguido, sin que tenga que organizar por completo la experiencia.

Es precisamente la conciencia de ese funcionamiento —de la presencia del relator— la que puede tener efectos prácticos. Puede llevarnos a pausar la toma de decisiones, a no dar por buena la primera explicación que aparece y a introducir, cuando es necesario, una forma de pensar más deliberada. Una forma de pensar que no se conforme con parecer racional, sino que explore también aquello que esa racionalidad quizá esté evitando.

También lo que invita a contrastar con otros aquello que creemos conocer o haber vivido, especialmente cuando se trata de experiencias compartidas, y a reconocer que nuestra interpretación no es la única posible.

En otros casos, puede traducirse en algo más sencillo: contener la necesidad de explicarse, callar antes de entrar en lo que probablemente acabe siendo una versión de uno mismo organizada en una historia coherente más o menos atractiva.

Y es en ese tipo de gestos donde vuelve a abrirse la posibilidad de seguir conociéndose, no tanto añadiendo nuevas definiciones como detectando esas pequeñas fisuras en las que lo que decimos de nosotros no termina de coincidir del todo con lo que ocurre.

Tal vez conocerse tenga que ver con esto: descubrir el relato que uno se cuenta, poder dudar de él y advertir lo que no termina de encajar, porque, en el fondo, no se trata tanto de saber quién se es como de no darlo del todo por sabido.

lunes, 23 de septiembre de 2024

Lóbulo frontal, lóbulo social

 


He dividido el artículo en dos partes: en primer lugar, presentaré al lóbulo frontal recordando la dimensión funcional de esta área cerebral. En segundo lugar, pondré el foco en su papel clave como lóbulo social que es donde quiero centrar la reflexión.

LÓBULO FRONTAL

Mi interés por el lóbulo frontal del cerebro humano se remonta a 1987, cuando junto al Dr. Jordi Olivella i Rius, sistematizamos la forma de explorarlo neuropsicológicamente. En aquel entonces, aún había quienes lo consideraban una zona prácticamente muda del cerebro, mientras que otros lo veían como el centro de toda la organización de la actividad nerviosa superior. Ambas posturas estaban respaldadas por numerosas pruebas que corroboraban sus respectivos puntos de vista. El momento era muy excitante.

En esa época, aún no se sabía nada sobre las neuronas espejo; habría que esperar hasta 1992 para que G. Rizzolatti y su equipo las describieran. Sin embargo, los experimentos de F. Lhermitte con pacientes que sufrían lesiones en la zona prefrontal ya anticipaban lo que estaba por venir diez años después. Lhermitte, en 1983, describió el síndrome de Utilización, en el cual los pacientes con lesiones frontales mostraban una compulsión por utilizar objetos de su entorno inmediato, incluso cuando su uso no era necesario ni apropiado. Por ejemplo, si veían varias gafas sobre una mesa, se las ponían todas, sin tener ningún motivo racional para hacerlo.

Estos experimentos también llevaron a Lhermitte a describir el síndrome de Imitación, donde los pacientes presentaban una compulsión automática e involuntaria por imitar los gestos o acciones de otras personas. Copiaban los movimientos o expresiones faciales de quienes les rodeaban, sin poder evitarlo.

Estos trastornos sugerían que el lóbulo frontal desempeña un papel crucial en el control de la acción voluntaria, un control que se ve alterado tras la lesión. De hecho, en aquella época solíamos referirnos a estos pacientes como "frontalizados" o "liberados frontalmente", términos que describían ese descontrol conductual característico de las lesiones frontales.

El lóbulo frontal es responsable de funciones ejecutivas clave, como el control de impulsos, la planificación, la toma de decisiones y la autorregulación emocional. Esta estructura permite una serie de capacidades fundamentales para la vida cotidiana, como la programación y la secuenciación ordenada de conductas complejas, la capacidad de atender a varios procesos simultáneamente, y la habilidad para captar el punto esencial y el contexto de situaciones complejas. Además, el lóbulo frontal nos ayuda a resistir distracciones e interferencias, a seguir un proceso paso a paso hasta lograr un objetivo final, a inhibir la tendencia a responder de manera inmediata a un estímulo y a mantener una conducta sostenida a lo largo del tiempo.

Cuando esta área del cerebro se ve afectada, las personas pueden mostrar comportamientos desinhibidos o inmaduros, volviéndose pueriles, irreverentes, desaseadas o irascibles. Otras pierden la espontaneidad, la curiosidad o la iniciativa. También pueden surgir dificultades para razonar o resolver problemas, acompañadas de una incapacidad para postergar la gratificación, una disminución de la tolerancia a la frustración o incluso la pérdida de empatía, lo que puede llevar, incluso a comportamientos antisociales sin rastro de remordimiento. ¡Vaya! el vivo retrato de Mr. Hyde, el alter ego bestial del Dr. Jekyll, el personaje de Robert Louis Stevenson que encarna ese descontrol impulsivo y la falta de inhibición que son propias de los trastornos frontales. Y es que la hominización y el desarrollo del lóbulo frontal van de la mano, como se refleja en el aumento progresivo de la frente a lo largo de los distintos estadios de la evolución humana. Una de las diferencias distintivas entre los primeros homínidos y el Homo sapiens actual radica precisamente en este desarrollo, que ha permitido el surgimiento de capacidades cognitivas complejas.

Los lóbulos frontales ocupan un tercio de la corteza cerebral en el ser humano. Los avances en neuroimagen han permitido confirmar que, aunque muchas otras áreas del cerebro alcanzan su madurez antes, el lóbulo frontal es una de las últimas regiones en completar su desarrollo.

Según las últimas investigaciones, el lóbulo frontal en los humanos, sigue madurando hasta aproximadamente los 25 años de edad. Este proceso de maduración implica la mielinización (recubrimiento de los axones de las neuronas con mielina, lo que aumenta la velocidad de transmisión de señales) y la poda sináptica (eliminación de conexiones neuronales no utilizadas para hacer más eficientes las redes neuronales). Ambos fenómenos contribuyen a una mayor capacidad de razonamiento y autorregulación. Esto tiene implicaciones, por ejemplo, para la comprensión del comportamiento adolescente, donde las dificultades para regular emociones e impulsos se asocian a una inmadurez relativa de esta área cerebral. Es bueno saberlo.

La maduración del lóbulo frontal está influenciada por una combinación de factores internos y factores externos. En cada individuo, el desarrollo del lóbulo frontal sigue un curso natural determinado por la genética, lo que garantiza por sí mismo la adquisición de ciertas capacidades cognitivas básicas, como el control de impulsos y la toma de decisiones sencillas. Sin embargo, muchas otras habilidades, como la regulación emocional, la planificación compleja, la capacidad de contención y de espera o la empatía, deben muscularse a través del aprendizaje y la interacción social. Es a través de la educación, las experiencias cotidianas y las relaciones interpersonales que el lóbulo frontal "se ejercita", potenciando funciones ejecutivas y sociales que no se alcanzan plenamente por sí solas.

LÓBULO SOCIAL

En los últimos tiempos, se ha escrito mucho sobre cómo la hiperestimulación sensorial, la multitarea digital y la gratificación instantánea están afectando negativamente la maduración del lóbulo frontal. En su obra Prohibido repetir, Gregorio Luri denuncia la baja exigencia educativa y cómo hoy en día, por ejemplo, “la palabra repetición evoca enseguida daños emocionales en el repetidor, ignorando los perjuicios a los que se condena de por vida a aquellos que finalizan su enseñanza obligatoria con dificultades severas a la hora de comprender un texto mínimamente complejo”.

De manera similar, Byung-Chul Han, en El espíritu de la esperanza, critica la moda de la psicología positiva y el optimismo militante, resaltando la necesidad de aprender a tolerar las contrariedades y contener la búsqueda de placer inmediato para armarse de tiempo y poder hacer una gestión efectiva de la realidad diversa en la que vivimos. Ambos autores subrayan la importancia de aprender a esperar y enfrentar la frustración para madurar, un proceso paralelo al paso del Principio de placer al Principio de realidad descrito por S. Freud y que se concreta en la maduración del lóbulo frontal. Este fenómeno podría explicar algunos de los cambios observados en nuestra forma de interactuar, gestionar las emociones, la impaciencia y el creciente individualismo con la consecuente falta de empatía que se perciben en la sociedad actual.

La frontalización está íntimamente ligada a la sociabilización, pues permite desarrollar habilidades esenciales como la tolerancia a la frustración, la escucha activa, la previsión y el control de impulsos. Estas capacidades, que son esenciales para una convivencia saludable, dependen de un cerebro capaz de contener respuestas impulsivas y de perseverar en tareas a largo plazo. Sin embargo, el entorno social actual no fomenta la paciencia ni la tolerancia a la frustración. La facilidad con la que accedemos a recompensas inmediatas y la falta de oportunidades para desarrollar la persistencia van en contra de los mecanismos que permiten la maduración del lóbulo frontal. Escuchar, esperar y planificar son habilidades que requieren tiempo y esfuerzo, pero en la actualidad no tenemos una cosa y evitamos la otra, lo que lleva a comportamientos caprichosos e impulsivos.

Para superar esta situación, es esencial recuperar el valor de la disciplina (palabra a la que, actualmente se asocian connotaciones negativas), el esfuerzo sostenido y la capacidad de gestionar pequeñas frustraciones en la vida contidiana. Estos elementos no solo contribuyen a la maduración del lóbulo frontal, sino que, en consecuencia, también fortalecen nuestras habilidades sociales. La empatía, la toma de decisiones conscientes y el respeto mutuo dependen de un cerebro entrenado en la reflexión y la autocontención, lo que nos permite interactuar de manera más equilibrada y responsable. Estas habilidades son clave para enfrentar los importantes desafíos que hemos de afrontar como sociedad.

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Con este artículo doy por cerrado este ciclo de artículos relacionados con el cerebro dedicados a Carmen Arasanz Latorre, pionera de la Neuropsicología en nuestro país, mi maestra y amiga, que ha fallecido hace poco y a la que recuerdo con admiración, gratitud y cariño.


viernes, 23 de agosto de 2024

Distorsiones, simplificaciones y mitos sobre el cerebro

La creciente relevancia de las neurociencias en la actualidad tiene sus raíces en la década de 1990, conocida como la "Década del Cerebro" debido al esfuerzo internacional para profundizar en el conocimiento del cerebro humano y mejorar el tratamiento de las enfermedades neurológicas. Desde entonces, se han publicado multitud de ensayos y documentos dirigidos tanto al público especializado como a personas interesadas que no tienen formación específica en este campo.

Este trabajo de divulgación ha dado lugar a que, hoy en día, el lenguaje neurológico y las teorías sobre el funcionamiento cerebral se hayan vuelto familiares y se empleen de manera habitual para explicar la vida mental y el comportamiento humano. Además, el prefijo "neuro" ha sustituido al anterior "bio" y se utiliza alegremente para definir o ampliar ámbitos de conocimiento como la neuroética, la neuroeducación o el neuromarketing, por citar algunos.

Sin embargo, la expansión de este conocimiento también ha ido de la mano y se ha visto afectada por fenómenos contemporáneos como la simplificación excesiva, la fabulación y la pseudociencia. La falta de rigor en la interpretación de trabajos científicos, la generalización, la psicología superficial y la presentación de prácticas como si fueran científicas, pero sin el suficiente respaldo metodológico, también forman parte activa de ese caudal de neuroconocimiento que impregna nuestra vida cotidiana y profesional.

La falta de profundización, el desconocimiento, la inercia, perseverar en afirmaciones populares y la adaptación fantasiosa de la dinámica cerebral para validar y dar cierto aire de cientifismo a algunos discursos y modelos profesionales populares, son responsables de fijar conceptos erróneos que, en algunos casos, se erigen como dogmas que disuaden de seguir indagando y actualizarse respecto a qué es el cerebro y cómo contribuye a nuestra vida mental y social. Veamos algunos de ellos.

HEMISFERIO DERECHO Y HEMISFERIO IZQUIERDO

La creencia de que los hemisferios cerebrales están estrictamente divididos en uno lógico (el izquierdo) y otro creativo (el derecho) es un mito popular que simplifica en exceso el conocimiento neurocientífico hasta llegar a distorsionarlo. Este concepto se remonta a una interpretación errónea de los estudios realizados en los años 60 con pacientes epilépticos a quienes se les había practicado una sección del cuerpo calloso para impedir la propagación de las convulsiones entre hemisferios. En esos experimentos, dirigidos por profesionales como Roger Sperry o Michael Gazzaniga, se observó que ciertas funciones cognitivas están lateralizadas, es decir, que tienden a concentrarse más en un hemisferio que en otro. Por ejemplo, en la mayoría de las personas, el hemisferio izquierdo está más involucrado en el lenguaje, mientras que el derecho suele asociarse con la percepción espacial y el reconocimiento de patrones.

Sin embargo, como señalaron estos autores, en tareas complejas se requiere la cooperación de ambos hemisferios. No existe un hemisferio "que habla" y otro "mudo"; el hemisferio derecho también desempeña un papel clave en la interpretación de la entonación y el contexto emocional del discurso. La cooperación es tal que, tras un traumatismo que afecta a una región específica de un hemisferio, la plasticidad cerebral permite que el área homóloga del otro hemisferio intente compensar la función perdida.

Sucede lo mismo con la clásica afirmación de un hemisferio lógico y otro creativo. Ambos hemisferios participan en todo tipo de procesos de manera integrada y no tan compartimentada como suele describirse en cierta literatura. La creatividad, por ejemplo, requiere tanto de la generación de ideas novedosas, asociada al hemisferio derecho, como la capacidad de evaluarlas y organizarlas, donde el hemisferio izquierdo juega un papel clave.

CEREBRO RACIONAL Y CEREBRO EMOCIONAL

La afirmación de que tenemos un "cerebro racional" y otro "emocional" proviene principalmente de Paul MacLean en los años 70, quien dividió el cerebro en tres partes superpuestas: el reptiliano relacionado con los instintos básicos, el sistema límbico o diencéfalo responsable de las emociones y el neocórtex asociado con el razonamiento. Sin embargo, esta división simplifica en exceso la complejidad de los procesos cerebrales y ha sido cuestionada por la neurociencia moderna.

En realidad, el cerebro no funciona de forma tan compartimentada. Las diferentes áreas y estructuras cerebrales están interconectadas incidiendo íntimamente las unas en las otras. Tal y como demostraron las investigaciones de Kahneman, las emociones influyen en nuestras decisiones racionales y nuestras decisiones afectan a nuestras emociones. Nuestra vida cognitiva está sembrada de sesgos, olvidos y recuerdos selectivos, así como de desvíos sistemáticos de pensamiento que intervienen de manera determinante en nuestra toma de decisiones y ponen de manifiesto la íntima interrelación entre razón y emoción. De hecho, este fenómeno es uno más de los disparadores de la controversia neuroética sobre la existencia del libre albedrío.

Antonio Damasio también ha desmentido esta dicotomía entre razón y emoción. En su obra "El error de Descartes", Damasio argumenta que nuestras decisiones racionales están profundamente influenciadas por procesos emocionales a través de lo que él llama "marcadores somáticos". En lugar de centrarnos en la clásica distinción entre cerebro racional y cerebro emocional, es más preciso hablar de la interacción entre las zonas anterior y posterior del cerebro. El lóbulo frontal, situado en la región anterior, se vincula con las funciones ejecutivas que permiten la adaptación al medio y la resolución de problemas, integrando diversas informaciones antes de tomar decisiones. Este lóbulo actúa como un dique que da una segunda oportunidad conteniendo el proceso de toma de decisiones y permitiendo considerar alternativas antes de actuar.

Más que un predominio de la razón sobre la emoción, debiéramos referirnos pues, a la capacidad de contención y espera que se ha desarrollado y que se posee para alinear nuestras decisiones con nuestros intereses y no solo con los impulsos del momento. Esta es, a mi entender, la gran lección que nos da tanto Damasio como Kahneman.

ACTIVIDAD CEREBRAL, MENTE Y CONSCIENCIA

A menudo se habla de actividad cerebral, mente o consciencia como si fueran sinónimos cuando, en realidad, son conceptos relacionados pero que conviene diferenciar.

La actividad cerebral abarca los procesos físicos que ocurren en el cerebro: la relación entre las neuronas y la interacción entre diferentes áreas cerebrales. Esta actividad es la base fisiológica de nuestras funciones mentales y puede medirse.

La mente se refiere a la interpretación, el procesamiento y la organización de la información a través de funciones cognitivas como el pensamiento, la memoria, las emociones y la percepción. La mente no se limita a lo meramente fisiológico, sino que conforma nuestra experiencia subjetiva. Utilizando una metáfora muy gráfica, el conjunto de señales, vehículos, individuos, vías y situaciones personales en movimiento serían el equivalente a la actividad cerebral de una población. El tráfico sería la mente, es decir, la consecuencia de todo lo anterior en interacción constante.

Finalmente, la consciencia es la percepción que tenemos de nosotros mismos en nuestro entorno. Es el estado en el que nos damos cuenta de lo que pensamos, sentimos y experimentamos. No todas las funciones mentales son conscientes. Existen procesos inconscientes que determinan en gran medida nuestras decisiones y comportamientos. Este tema ha sido también explorado por Antonio Damasio, quien en sus investigaciones sobre el "yo" y la consciencia argumenta que estas experiencias surgen de la interacción compleja entre diferentes niveles de actividad cerebral, tanto conscientes como inconscientes.

Hace más de 30 años que la palabra "Alzheimer" dejó de ser un término restringido al ámbito clínico para convertirse en la forma común con la que la mayoría de las personas denominan cualquier estado de demencia. La popularización de las neurociencias ha permitido que el conocimiento sobre la dinámica del cerebro llegue a un público más amplio, pero no ha logrado escapar de la tendencia a la simplificación y generalización, lo que genera malentendidos y contribuye a propagar una versión distorsionada de la realidad científica.

Comprender la complejidad del cerebro y su influencia en la mente y la conducta requiere un enfoque riguroso, actualizado y crítico que respete la riqueza de las investigaciones contemporáneas, al tiempo que desafíe las nociones simplificadas que aún persisten en nuestra cultura. Solo así podemos aspirar a una comprensión auténtica de lo que significa ser humano. Este debería ser el objetivo para quienes, desde distintos ámbitos como la psicoterapia, el coaching o la consultoría, están profesionalmente vinculados a la neurociencia.

Esto es lo que aprendí hace muchos años de Carmen Arasanz Latorre, pionera de la neuropsicología en nuestro país, mi mentora y amiga, que ha fallecido recientemente y a la que dedico este artículo con todo mi cariño y agradecimiento.

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Foto de Amel Uzunovic

lunes, 1 de noviembre de 2021

Solo un minuto en silencio



Durante muchos años se ha creído que en estados de reposo o de inactividad, el cerebro se mantenía como al ralentí, atento tan solo a los impulsos necesarios para el mantenimiento de las funciones básicas del cuerpo.

Ahora sabemos que no es así, que cuando estamos en reposo se lleva a cabo una amplia actividad cerebral producida por una extensa red de conexiones nerviosas denominada Red Neuronal por Defecto y que esta actividad sólo se detiene cuando nos concentramos o focalizamos la atención en alguna  actividad en concreto.

La Red Neuronal por Defecto es la responsable del carrusel incesante de ideas, recuerdos y preocupaciones que caracterizan nuestra actividad mental a todas horas, del encadenamiento caórdico de pensamientos de todo tipo y al que algunas culturas denominan la “mente del mono”, por asemejarse a un mono que va saltando  continuamente de rama en rama sin ningún propósito claro, un tipo de actividad de la que normalmente no somos conscientes por formar parte de nuestro estado habitual, como este ruido del aire acondicionado de una habitación que  se hace evidente cuando se apaga.

La Red Neuronal por Defecto también es la responsable de la ensoñación y está detrás de las fabulaciones, normalmente negativas, que se desprenden de alguna preocupación, de ahí que se la implique en las rumiaciones de los estados depresivos, en el pensamiento psicótico o en los transtornos del sueño.

Pero, patologías al margen, lo importante es que nuestra vida cotidiana está teñida por las emociones y estados de ánimo producidos por el carácter que pueda tomar, en cada momento, esta actividad mental que solemos ignorar. 

Desde que nos levantamos de la cama, transferimos a lo que percibimos y al humor con el que abordamos nuestras ocupaciones o interacciones, los sesgos y trazos emocionales generados por el diálogo mental al que estamos incesantemente sometidos, algo que, según el día que se tenga, puede tener un impacto devastador. 

Pero cualquier hallazgo científico, como el de la propia Red Neuronal por Defecto, sólo permite atisbar el funcionamiento general de la mente en el ser humano, para saber cuáles son las cadenas de ideas y fantasías que condicionan y atenazan nuestra vida mental y cómo estas determinan la percepción y vivencia que se tiene de la realidad, sólo puede ser llevado a cabo por la propia persona, a través del estudio íntimo de sí misma.

Para ello, ya existen practicas sencillas, antiguas y efectivas que vale la pena tener en cuenta en determinadas situaciones, por ejemplo, hay equipos que, conscientes de la carga mental con la que viene cada persona y de las consecuencias que inevitablemente tiene en la toma decisiones, antes de empezar una reunión, dedican un minuto a estar en silencio, dirigiendo su atención a la respiración. 

Los asistentes toman asiento en sus sillas, con la espalda erguida, las plantas de los pies apoyadas en el suelo y las manos sobre las rodillas para facilitar una respiración abdominal, larga y fluida, en la que la exhalación sea más larga que la inspiración y, de este modo estimular el nervio vago, activar el sistema parasimpático e inducir a un estado de calma que predisponga a abordar serenamente los objetivos de la reunión.

Lo único que intentan hacer las personas a lo largo de este minuto es concentrase en su respiración a la vez que observan cómo emergen y, con la misma facilidad, se diluyen un sinfín de pensamientos de todo tipo, reales e inventados, con o sin sentido que invaden continuamente la mente, pugnando por raptar su atención, envolviéndola en un proceso rumiatorio inacabable que, inevitablemente, las predispone hacia lo que todavía está por venir. 

Volver a la respiración serena y pausada, cuando se es consciente de estos intentos de rapto, pone de relieve el carácter fortuito, inestable, fantasioso y, las más de las veces, agorero, de la vida mental, así como de su influencia en la manera de percibir la realidad que suscribimos y sobre la que tomamos nuestras decisiones. 

Además, la calma que conlleva la práctica y su impacto en la calidad de las interacciones interpersonales, supone, como es fácil imaginar, un antes y un después para cualquier actividad que se lleve a cabo. 

Un minuto de silencio compartido para respirar conscientemente, no es un coste para nadie que tema despilfarrar el tiempo ya que, de no obtener nada, sólo habrán perdido un minuto, una ínfima inversión comparada con el impacto que con toda probabilidad consiga con esta práctica, al corto plazo, sobre la eficiencia y los resultados de sus procesos de toma de decisiones y, con el tiempo, sobre el autocontrol, productividad y bienestar de las personas.

martes, 5 de mayo de 2020

Aprendizaje, resiliencia y transformación



La transmisión de conocimiento entre los humanos es la clave para comprender su evolución y el lugar que ocupan entre los seres vivos.

Las redes neuronales de nuestro cerebro se prolongan fuera de nuestro cráneo a través de las redes sociales y establecen multitud de conexiones con una diversidad ingente de fuentes de información que contribuyen, ininterrumpidamente, a alimentar nuestra vida mental, inciden de manera determinante en nuestra toma de decisiones y regulan nuestro comportamiento.

Tal y como apunta la tesis de La mente extendida de A Clark y D Chalmers [1998] o Roger Bartra y R.A Wilson [2006] en su teoría del exocerebro, la mente y la consciencia humana se extiende más allá de las fronteras craneanas y epidérmicas que definen a los individuos creando un andamiaje cultural compartido que evoluciona continuamente transformando, a su vez, a las personas a él conectadas.

Aprendizaje y evolución van de la mano, ya que aprender conlleva adquirir una nueva perspectiva en la que las nuevas dimensiones que adquiere la realidad mueven a adaptarse y transformarse simultáneamente con ella, una cosa lleva inevitablemente a la otra en un ciclo sin fin.

La cuestión es que aprendemos, aunque no tengamos intención de hacerlo, porque el aprender constantemente de lo que vemos, oímos, imaginamos o hacemos se halla en la base de nuestra naturaleza y es el mecanismo fundamental que determina nuestra relación con el entorno.


Confinar el aprendizaje a los episodios que se desprenden de una programación formativa ubicada en el tiempo y en el espacio, es invisibilizar la importancia que tiene la malla de conexiones en la que está permanentemente enredada cualquier persona a lo largo de toda su vida y el papel que ésta tiene en su adaptación a los retos que le plantea cada día su entorno.

No tener en cuenta este factor supone no dedicarle los recursos necesarios para mantenerlo o ampliarlo, supone etiquetarlo como poco importante, inoportuno e incluso molesto desalojándolo progresivamente de cualquier lugar que vaya ocupando en el orden de prioridades, hasta acabar relegado entre aquellas cosas irrelevantes que ocupan un tiempo que se puede dar por perdido en términos de una supuesta utilidad.

La ausencia de una cultura que reconozca y ponga en el centro de sus oportunidades y fortalezas la naturalidad caórdica, diversa y fértil del aprendizaje humano suele ser uno de los rasgos que todavía caracterizan al común de las organizaciones.

Pero las personas construyen las culturas y esas, a su vez, transforman a las personas ofreciéndoles una imagen de la realidad en la que viven sesgada por el sistema de creencias de la que parte.

Las cosas van así: si el sistema de creencias a partir del cual la organización explica el entorno en el que se halla, ignora o invisibiliza la realidad espontánea y continua del aprendizaje, lo necesario que es para el colectivo en términos de adaptación y el papel que le corresponde a cada persona en su creación y mantenimiento, el resultado es el que nos ofrecen muchas organizaciones donde el individualismo, las relaciones de dependencia entre niveles estructurales y la falta de consciencia del papel de cada cual en el conjunto, se erigen en verdaderos muros para la transferencia espontanea de conocimiento y en las que toda posibilidad reconocida de aprendizaje, ha sido mayormente desplazado a las limitaciones de un plan de formación, gestionado por una unidad organizativa que, a su vez, está impelida a hacer penosos equilibrios con los pocos recursos que la organización dedica a ello.

Las consecuencias que ha tenido este sistema de creencias, por otro lado bastante común, heredado de un materalismo industrial caduco y simplista, con una visión resumida de la realidad, limitada a aquello que se puede medir y con un enfoque mecánico donde cualquier futuro posible se puede predecir, diseñar, seguir y controlar; decía que las consecuencias que ha tenido esta mentalidad deben haber sido devastadoras cuando el orden natural de las cosas se ha impuesto, los niveles de incertidumbre no se han podido obviar y ha sido absolutamente necesaria la existencia de reflejos rápidos para que la organización se comporte como un solo organismo, recomponiéndose y adaptándose de manera ágil desde cualquiera de sus puntos.

Algo que sólo se puede conseguir sobre la base de la confianza, con equipos y personas conectados de tal manera que los flujos de información amplifiquen la inteligencia de cada individuo permitiéndole tomar decisiones informadas al instante, aprender de ellas y revertir este aprendizaje a la organización en forma de conocimiento adaptativo.


Porque la manera cómo aprendemos, el sentirnos parte integrante de una comunidad y la capacidad de amplificar el impacto de nuestras decisiones mediante la inteligencia colectiva son, sin lugar a dudas, las claves de nuestra resiliencia, tanto individual, como de grupo, tanto organizativa como social.

Recordatorios naturales como la pandemia que estamos sufriendo a nivel global, puede que coloque, aunque sea momentáneamente, las cosas en su sitio evidenciando, mientras tomamos consciencia de nuestra fragilidad, dónde se halla nuestra principal fortaleza.

Sin lugar a dudas, la situación de confinamiento inmediato ha puesto sobre el mantel la importancia de contar con personas interconectadas entre ellas y alineadas con los intereses de la organización de la misma forma que ha delatado la falta de solvencia de escenarios procedimientos, roles funcionales e interdependencias consideradas, hasta el momento, como sólidas e inamovibles.

Dependerá de cada organización y de cada equipo sacar lecciones aprendidas de ello y evolucionar en consecuencia, aunque la inercia cultural de años y años de individualización taylorista y de ver a las personas como recursos intercambiables ocupando un puesto de trabajo, no lo pondrá fácil, de hecho me consta que en algunos sitios, una de las preocupaciones más acuciantes es controlar que las personas estén trabajando en casa, algo que, dicho sea de paso, sería más digerible aunque probablemente innecesario si existiera la misma preocupación porqué estas personas tuviesen información, consignas, recursos y mecanismos de coordinación claros que les permitiesen tomar decisiones de las que poder hacerse responsables.

Pero también habrá quien será consciente de que no se trata tanto de nadar contra corriente como de dejarse llevar por el flow de este momento tan y tan especial y que cualquier intento de revitalizar un tiempo anterior se perciba como inapropiado e inconveniente para los requerimientos que planteará el nuevo escenario, de ahí que un grupo de profesionales considere que se trata del momento ideal para poner sobre la mesa, a modo de recurso, un Manifiesto para una Cultura de Aprendizaje que sitúe el intercambio de conocimiento y la colaboración en el centro de la cultura organizativa, algo que no es nuevo, que hace tiempo que ya se viene trabajando y que quizás, ha encontrado el momento adecuado para que germine.

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La primer y segunda imagen corresponden a obras de Thomas Benjamin Kennington [1856-1916] y llevan por título “Relaxation” y “The Frown” , respectivamente.

La última imagen es un detalle de “Tentación” de William-Adolphe Bouguereau [1825-1905], me gusta especialmente porqué, en mi interpretación, simboliza la potencia de la transferencia de conocimiento y, por ende, su demonización por parte de algunos colectivos. Escribí un post sobre ello.



sábado, 6 de septiembre de 2014

Lo individualmente colectivo

Probablemente hemos sufrido la experiencia de no poder rescatar de la memoria algo que, por otro lado, solemos evocar, normalmente, de manera rápida. Y no me refiero al olvido momentáneo del nombre de una escritora o de un actor o al título de tal o cual película o libro, no. Me refiero a la amnesia generalizada de un paquete de información de uso habitual.

Poniendo un ejemplo, recuerdo que, en aquellos tiempos en los que sabíamos de memoria los números de teléfono de aquellas personas con las que teníamos una relación más estrecha, tuve, en una ocasión, la angustiosa experiencia de no recordar el número de teléfono de mi casa al que llamaba frecuentemente debido a mis constantes desplazamientos. Reflexionando sobre el suceso llegué a la conclusión que tenía que ver con el lugar en el que me encontraba, un entorno que geográfica, social y simbólicamente no tenía nada que ver con el que me desenvolvía normalmente. Nada de lo que había a mí alrededor podía ayudarme a evocar aquellos dígitos, como si la información requiriera también de ganchos externos para ser extraída y que no dependiera siempre de mecanismos internos.

Si no se ha tenido jamás esa vivencia seguro que cualquier persona ha tenido la oportunidad de comprobar el mismo fenómeno en sentido inverso, es decir, cuando una palabra oída, un pasaje leído, un sabor, una imagen, una melodía o un olor son capaces de desencadenar recuerdos que creíamos olvidados y que, sin ese “marcador” externo, posiblemente hubieran seguido ahí, durante algún tiempo, ignorados.

La influencia del entorno, no ya tan sólo en cuanto a proveedor de estímulos a los que responder, sino a su influencia en la consciencia de las personas es algo que ha venido preocupando y despertando una viva polémica entre científicos y filósofos [Chomsky, Lewontin, Searle, Popper, Eccles, Gazzaniga, Damasio, etc.] siendo causa y a la vez efecto del avance espectacular que el ámbito neurocientífico ha registrado en los últimos 20 años. Un avance que desvela, proporcionalmente a la luz que arroja, poderosos interrogantes en temas tan peliagudos como pueden serlo los determinantes de la autoconsciencia o la existencia del libre albedrío.

La incorporación progresiva de diferentes disciplinas científicas está contribuyendo a dar respuesta a alguna de estas cuestiones como es el caso de Roger Bartra quien, desde la antropología, ofrece un enfoque holístico a la comprensión del funcionamiento de la mente delatando la importancia que en ello juega el conglomerado simbólico que conforma la cultura en la que estamos inmersos.

La cultura sería, según nos explica este autor, algo más que un entramado externo al cerebro, ya que, aunque haya sido creada por el ser humano tiene una influencia directa y transformadora en el propio individuo. La necesidad que se tiene de ella para conducirse socialmente, la revela como una continuación imprescindible del cerebro para su funcionamiento cotidiano, normal y sano. Así pues sugiere que la evolución y desarrollo del ser humano se debe a la prolongación de ese cerebro que se halla en el interior de la cavidad craneal [el endocerebro] en un exocerebro constituido por los símbolos y mecanismos culturales que, a través del lenguaje o la expresión artística, alimentan la cognición y con ello, la aprehensión del mundo, el pensamiento moral y la consciencia de la persona. Es decir aquello que hace de los humanos, humanos.

Una hipótesis bellísima como no podía ser de otra manera viniendo, como viene, de un enfoque científico tan integrador y completo como el de la Antropología, pero también muy valiente, ya que, como dice el autor: “implica aceptar que la mente y la consciencia se extienden más allá de las fronteras craneanas y epidérmicas que definen a los individuos”.


En la misma línea Robert A. Wilson plantea la consciencia como un proceso extendido en el tiempo, que dura más que unos pocos segundos y que se encuentra sostenido por un andamiaje ambiental y cultural externo. Este proceso, dice Wilson, se encarna en un cuerpo [el endocerebro] que se halla empotrado en un medio ambiente.

Frente a una concepción privada de la mente y de la consciencia en el que la comunicación simplemente es un canal de transmisión de dentro a fuera, estos nuevos modelos defienden que “si no lo explicamos a nadie, jamás sabremos lo que pensamos aunque sepamos qué pensamos. Pero como los humanos no somos seres aislados, sino individuos hablantes que no cesamos de comunicarnos, sabemos qué pensamos y nos damos cuenta de que pensamos.”

Una reflexión que le da una dimensión diferente a otro “Wilson” pero esta vez el de la película Náufrago [2000], una pelota de voleibol que Tom Hanks convierte, dado su aislamiento, en su interlocutor habitual. Una prótesis ambiental que sustituye a la falta de contacto social y, a través del cual, el personaje, no tan sólo protege su salud generando un mecanismo de ida y vuelta para la construcción de su propio pensamiento sino que logra establecer una relación afectiva atribuyéndole un carácter antropomórfico capaz de despertar profundas emociones incluso en el espectador. Muy, pero que muy interesante y relacionado con el tema que estamos desarrollando,  indagar en las causas de la sacudida emocional que experimenta el público de la película cuando Wilson, hasta hace poco tiempo tan sólo una pelota, desaparece poco a poco flotando en el océano por un descuido del protagonista.


Al margen de la solidez de estas hipótesis, en continuo crecimiento y sujetas siempre a la vertiginosa evolución que, como ya se ha dicho, se está dando en el ámbito neurocientífico, el avance de este enfoque armoniza y le confiere sentido a una serie de aspectos que resuenan en mi experiencia profesional en particular:

> La propiedad de lo que pensamos y de lo que se deriva de esta vida mental lo es en la medida en que se admita la intervención [imprescindible] del entorno en el que se halla y, con ello, todas aquellas variables culturales y sociales que posibilitan nuestras “experiencias”. Por decirlo de otra manera y con un ejemplo, este post se debe a muchos factores entre los que se incluyen lo que me he escuchado decir mientras conversaba, depuraba y elaboraba este pensamiento con otras personas al margen de lo que ellas aportasen directamente. Es obvio que mi interlocutor determina, por sí mismo, parte del andamiaje de mi discurso, como lo determina aquella persona que lo ha de leer en el futuro y a la que he convocado, una y otra vez, en mi imaginación para estructurar el texto y escoger el vocabulario o los ejemplos con los que ilustrar las diferentes ideas. Como decíamos antes: si no lo explicamos a nadie, jamás sabremos lo que pensamos aunque sepamos qué pensamos…[Roger Bartra, 2014].

> Enlazado con lo anterior, además de bombardear con información, el entorno actúa como un alambique a través del cual depuramos y destilamos aquello que, al final, acabamos sabiendo. Personalmente, me he dado cuenta de que es realmente en las conversaciones con mis clientes, colaboradores y alumnos donde aprendo de mí mismo, tengo las ideas más ricas y elaboro un conocimiento que suelo considerar como propio. De la misma manera, he constatado que los momentos más estériles son aquellos en los que me hallo aislado de estas conversaciones, aunque esté enfrascado en un proyecto. De hecho lo que aprendo de mis proyectos se cocina en aquellas conversaciones que pueden darse a lo largo de su desarrollo. En este sentido, considero que profesionalmente lo que hago me aporta valor añadido cuando tengo oportunidad de establecer una relación, digamos, “P2P” con aquellas personas con las que interacciono [insisto, sean éstas clientes, colaboradores o alumnos].

> Para finalizar, esta investigación básica está iluminando aspectos que deben tenerse en cuenta a la hora de aplicarlo a las organizaciones en aquello que se le ha dado en llamar “Gestión de conocimiento”. Pensar en la responsabilidad que la cultura organizativa desempeña como parte del exocerebro de cada una de las personas que participan de ella, es un buen punto de apoyo para comprender y gestionar sus actitudes, valores y compromisos.

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- La primera fotografía es de Margaret Bourke-White y lleva port título “Hats in the Garment District” [New York, 1930]

- La pintura es de Alexander Mark Rossi [1897] y se titula Forbidden Books.

- La segunda fotografia es de Wayne Miller y lleva por título “Children in a movie theater” [USA, 1958]

martes, 23 de julio de 2013

El efecto del afecto

Todo indica que el momento actual y la gran crisis de valores que lo caracteriza es el caldo de cultivo ideal para que acaben de tomar forma, en nuestros contextos más cotidianos y formales, lo que hasta hace poco eran tan sólo atrevidas intuiciones en el campo científico o prácticas atribuidas a exóticas búsquedas introspectivas.

Para mí todo empezó hace 27 años, leyendo un artículo de F. Lhermitte en el que refería su extraordinaria experiencia con personas aquejadas de Síndrome Frontal y donde describía una serie de síntomas que delatarían la importancia real de un área del cerebro que hasta entonces se había considerado prácticamente muda.

Lhermitte comprobó cómo estos pacientes tenían una dependencia patológica del ambiente hasta el punto de no poder evitar desplegar el programa motor que de cada utensilio tenemos incorporado. Así pues, si se disponía delante de ellos una serie de gafas se las ponían todas, si se trataba de una botella de agua y un vaso se servían y bebían ininterrumpidamente e incluso, si veían una jeringa intentaban compulsivamente ponerle una inyección al doctor. Evidentemente ninguna de estas personas podía explicar qué razones le llevaban a todo ello. Aparte de las conductas de utilización también describió conductas de imitación donde no se podía evitar reproducir las misma emociones que el experimentador interpretaba, si éste reía ellos reían, si se ponía triste lloraban, etc., algo que también es fácil observar en personas muy demenciadas donde hay una involución importante del lóbulo frontal. Poco imaginábamos entonces que se estaba abriendo una puerta importante a la comprensión de los mecanismos de la empatía, el aprendizaje y, en general, a la base fisiológica de la civilización.

Efectivamente, diez años después, Giacomo Rizzolatti, Leonardo Fogassi y Vittorio Gallese descubrieron, en la circunvolución frontal anterior y en el lóbulo parietal, un tipo de neurona al que denominaron “espejo” y que intervienen de manera determinante en la comprensión del comportamiento de otros individuos. De estas neuronas se afirma que son el verdadero puente capaz de salvar cualquier distancia que pueda existir entre dos personas, ya que su actividad permite elaborar teorías mentales sobre las posibles razones y motivaciones de sus actuaciones e incluso percibir como si fueran propios los sentimientos o sensaciones que puedan estar experimentando cada una de ellas. Con este descubrimiento se sentaron, definitivamente, las bases neurobiológicas de algo tan vago hasta entonces como la empatía. Y conceptos como el altruismo, la colaboración e incluso la compasión empezaban a insinuarse como algo más que una opción y adoptar un lugar propio en el genoma y en la evolución del ser humano.


Eco y Narciso, pintura de John William Waterhouse (1903)


Recientemente, un equipo de neurólogos alemanes han descubierto que las causas del Transtorno de Personalidad Narcisista [el NPD, por Narcissistic Personality Disorder) pueden buscarse en la reducción de la materia gris de aquellas zonas cerebrales relacionadas con la empatía, concretamente de la ínsula cerebral. Estas personas caracterizadas por exagerar los logros y sus capacidades, que necesitan y exigen ser admiradas o que se creen especiales y únicas no tendrían otra elección que la que domina su pauta de comportamiento, ya que las pocas neuronas espejo de las que disponen las tienen todas vueltas hacia sí mismos careciendo de la más mínima consciencia y comprensión para con el prójimo y, en consecuencia, no pudiéndose esperar de ellas el más mínimo comportamiento empático.

Por otro lado, conocidos experimentos llevados a cabo con el llamado hombre más feliz del mundo, Matthieu Ricard, demuestran cómo un determinado tipo de meditación implica y desarrolla el córtex prefrontal izquierdo, directamente relacionado con la sensación de felicidad y la consciencia del otro mientras que también disminuye la actividad del lóbulo derecho relacionada con la depresión. También disminuye la actividad de la amígdala relacionada con el miedo y la ira y, por otra parte, el nivel de atención y de tolerancia a la frustración es mucho más elevando. Al parecer, los efectos de esa práctica sobre el cerebro son poco menos que inmediatos y sus beneficios se dejan ver ya desde su inicio por aquellos que se inician en esta práctica.


A partir del narcisismo con esa carencia especular y la consecuente falta de consciencia [de presencia] del otro que lo caracteriza, es sencillo establecer una relación fractal con nuestras organizaciones y reconocer la existencia de equipos y culturas organizativas narcisistas, donde las relaciones de sus miembros están volcadas hacia sí mismos y los mecanismos de identidad se basan fundamentalmente en reconocerse como distintos, mejores y superiores a los otros, incluyendo no tan sólo a competidores sino también a los colaboradores y a los propios usuarios. Desde este punto de vista es fácil intuir las consecuencias que pueden tener muchas prácticas centradas en crear equipo en la capacidad para orientarse a la realidad de sus usuarios o para establecer relaciones de colaboración con otros equipos.

De la misma manera, tomando como referencia la práctica de la meditación y la musculación que comporta de aquel tejido cerebral del que carecen los narcisistas es fácil imaginar cómo determinadas prácticas en los equipos, fundamentadas más en la quietud que en la acción, en relajar los propósitos que en formular ambiciones imposibles y en tomar consciencia de la pertenencia a un entorno determinado más que en rasgos diferenciadores pueden contribuir a establecer relaciones de colaboración, aumentar la capacidad para empatizar con las realidades de aquellos con los que se relacionan, innovar y, en consecuencia, crecer y evolucionar de manera sana y, por qué no, feliz.