Siempre hay algún momento en el que
una organización se detecta la necesidad de abrir espacios alternativos a los
de trabajo productivo para mejorar justamente aspectos de este trabajo y
hacerlo más productivo.
Por ejemplo, puede surgir la idea
de impulsar sesiones de transferencia de proyectos, de compartir buenas
prácticas o debates en torno a temas de interés general y, muchas veces, surge
la idea de organizar encuentros informales tipo café, comidas o instaurar el
aperitivo del viernes con la idea de interaccionar, engrasar y humanizar las
relaciones a través de la conversación espontánea que se suele dar en estos
escenarios.
La realidad, sin embargo, suele
ser que, a pesar de su recurrencia, estas ideas son muy frágiles y no aguantan la
presión de la falta de tiempo que caracteriza nuestros días y se desvanecen
rápidamente ante la fría efectividad industrial que marca el paso de las
agendas laborales.
En definitiva, lo normal es que
estas cosas suelan considerarse buenas ideas, interesantes y convenientes para
cuando haya tiempo sobrante, sólo que no suele haber de este tiempo y, en el
caso de que se dé, suelen aparecer mil y una formas alternativas y mucho más
productivas de aprovecharlo ya que nunca hay tiempo que perder.
Total, que lo normal es que estas
iniciativas no prosperen más allá del intento, se quemen y tengan que esperar
un ciclo de olvido para que vuelvan a aparecer otra vez como ideas
innovadoras que acaban siguiendo el mismo destino que sus predecesoras.
Este fenómeno que, a primera
vista, parece formar parte de lo naturalmente esperable, como puede serlo que
las hojas de los árboles caigan en otoño, es en realidad una anormalidad, una verdadera
deformación de la actividad profesional que bloquea el buen hacer y las posibilidades
de crecimiento y cambio de nuestras organizaciones, ya que sabemos de sobra que
introducir pausas en la linealidad de nuestros procesos productivos, mejora la
toma de consciencia sobre el momento en el que se está y abre la posibilidad de
que puedan suceder cosas nuevas.
En primer lugar, es muy importante
tomar consciencia de que cualquier actividad que tenga por finalidad el
desarrollo o mejora de la actividad profesional es trabajo, ya se trate del
desarrollo de las responsabilidades que se tienen asignadas, como de la realización
de una acción formativa o tomar una cerveza [o un refresco] después de una
dura jornada. La clave no está tanto en el qué se invierte el tiempo
como en el propósito para el qué se invierte.
Si se organiza un almuerzo de
trabajo no sólo se ofrece un espacio alternativo al de cada día para comer y,
donde asistir o no depende de las ganas de compañía, del hambre o del tiempo que
se tenga, sino que se trata de un escenario pensado para aprovechar todas las
variables de la informalidad para provocar conversaciones con el propósito de aumentar
el conocimiento, la empatía y, con ello, las relaciones de colaboración y ayuda
mutua entre las personas asistentes.
Es, en realidad, un espacio muy,
muy importante, que existe para la mejora de la actividad profesional y al que
se le debe dedicar, con toda intencionalidad, tiempo de trabajo, ya que se trata de trabajo;
y lo mismo ocurre con la presencia y participación en acciones de formación,
debates, sesiones de transferencia de conocimiento, etc., no son acciones
pañuelo que se usan sólo si hay necesidad de sonarse, sino que se trata de
acciones profesionales que requieren de tiempo profesional para llevarse a
cabo.
A menudo suelen acompañarse las
convocatoria a estos actos con la coletilla de la voluntariedad o la no
obligatoriedad, por aquello de no añadir obligaciones inútiles a las que ya hay
ni generar rigideces en lo que se espera que sea dinámico o porque de alguna
manera se asume que no es tan importante como la actividad regular o, en el
caso de la cerveza/refresco, porque se admite aquello de que “no hemos venido a
hacer amigos”, lo cual no es del todo cierto, ya que una actuación profesional
excelente incluye algo más que realizar las tareas asignadas, también ha de
incorporar la capacidad de establecer relaciones fuertes y lazos de colaboración
con el entorno que faciliten la amplificación de la inteligencia mediante la comunicación
y el trabajo en red, de ahí que, aunque no se halle explicitado en el contrato
ni en la descripción del puesto de trabajo, sea profesional desear los “buenos
días” cuando se llega por la mañana.
Cualquier idea contraria a lo
dicho hasta aquí es probable que parta de la lógica mecanicista industrial que
reduce a las personas a piezas individuales de un engranaje sin otra necesidad
que la de encajar los propios dientes en los de la rueda de al lado o, en el
caso de la cerveza/refresco, a aquel “seamos serios” que nace de la concepción judeocristiana del valle de
lágrimas y del ganarás el pan con el sudor de tu frente que tanto afea
la existencia y con lo que cualquier otra cosa que no haga llorar o sudar no es
considerada “trabajo”.
La distinción entre tiempo
productivo y tiempo improductivo es del todo lógica y permite saber dónde hay
que poner el peso, ya que nos orienta sobre la verdadera razón de ser de
nuestra actividad en el equipo o en la organización, es evidente que no estamos ahí para transferirnos
conocimiento, formarnos o conversar, de la misma manera que la razón de ser de
una organización no es la gestión de sus RRHH, pero esta distinción no es
extensible a tiempo importante y tiempo no importante ya que la
gestión de los RRHH es imprescindible para la buena marcha de la organización, del
mismo modo que transferir conocimiento, formarnos o participar en las
conversaciones incide de manera directa en la excelencia de nuestro trabajo, en
el aprendizaje organizativo, en la innovación y, en general, en el desarrollo,
resiliencia y posibilidades de futuro del equipo y de la organización.

Pero todas y todos sabemos que,
aunque estemos de acuerdo con los argumentos, éstos no hacen la cosa y
que las inercias de nuestra cultura social y la de nuestros sistemas
organizativos nos llevan a correr detrás de nuestros relojes como el conejo de Alicia,
para lo cual es aconsejable que apuntalemos cualquier de estas iniciativas
no-productivas con una serie de medidas:
> SISTEMATIZACIÓN: Contra
todo argumento que enarbole la idea de que la sistematización genera rigidez, quita
frescura y reduce la espontaneidad de los contactos no programados es necesario
recordar que si no se reserva un tiempo y se dota a la actividad de un mínimo
de estructura es muy probable que sea barrida y quitada de en medio por los
vientos de lo importante y de lo urgente que soplan de manera continuada en nuestros
entornos organizativos.
> ESPONJOSIDAD: Al hilo de
lo anterior, es conveniente que exista una frecuencia, pero ésta no ha de ser invasiva
generando la sensación de abandonar otras obligaciones. Tampoco ha de ser tan
esponjosa cómo para que se diluya en el tiempo, pierda carácter, se interprete
como poco importante y no genere hábito.
> CONCILIACIÓN: Absolutamente
relacionada con la esponjosidad de la que hemos hablado está la comprensión y permisividad con la
realidad de cada persona y las posibilidades que tenga para conciliar las
diferentes responsabilidades a la que esté sujeta.
> PROPÓSITO: Explicitar el propósito
de la actividad ayuda a ubicarla en el contexto profesional a la vez que es un poderoso
recurso para cuestionar y superar las perezas y las “pocas
disponibilidades” que suelen desvelar aquellas iniciativas transversales o de
mantenimiento organizativo, que proponen mezclar nuestras ideas y nuestra
presencia con las de otras personas y nos apartan de la zona de confort o del
recinto de nuestra individualidad y autosuficiencia.
> CONVERSACIÓN: Este podría
ser el principal propósito de la mayoría de estas actividades ya que la
conversación es el conector principal y el mecanismo natural y más sencillo de
transferencia de conocimiento y fortalecimiento de las relaciones. Es importante
que cualquier actividad profesional no productiva se oriente a que se den el
máximo de conversaciones entre las personas que acuden a ella, ya se trate de
una sesión de transferencia, una conferencia, un debate, una excursión, la
visita a otro centro de trabajo, un almuerzo o ir a un escape room. Si no es
así, es fácil que pueda ser interpretado sólo como divertimento y
no como un divertimento con sentido.
> COMPROMISO: Así como el propósito
puede estar muy relacionado con generar conversaciones, también es muy
necesario para despertar la necesidad de compromiso de las personas para dar sentido
y contribuir a que este tipo de actividades aporten el máximo de valor. En nuestros
entornos organizativos puede que suceda, paradójicamente, lo contrario, que
aquellas personas que no asisten a actividades comunitarias o de equipo
argumentando mucho trabajo o falta de tiempo, suelan verse como profesionales más
eficientes y comprometidos, ahí hay un poderoso factor de resistencia, del
mismo modo que es uno de los determinantes más importantes de individualismo,
falta de comunicación, estrés, distorsión del clima laboral y empobrecimiento
organizativo.
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Las dos imágenes corresponden a
ilustraciones de Norman
Rockwell.