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viernes, 5 de enero de 2024

Índice de Adherencia al Equipo



En el trasfondo del rendimiento efectivo de un equipo yace un elemento fundamental y a menudo subestimado: la adherencia de las personas al equipo. Si bien es cierto que los objetivos compartidos, la asignación de roles y los mecanismos de coordinación son elementos esenciales, no podemos pasar por alto el hecho de que el corazón de la efectividad del equipo reside en la satisfacción y la voluntad genuina de las personas para contribuir al logro conjunto.

Prefiero hablar de "adherencia" y no de "sentimiento de pertenencia", porque ambos conceptos plantean importantes diferencias:

Con pertenencia a un equipo puede entenderse la condición de ser miembro de un equipo o grupo de trabajo, puede ser tan solo una cuestión formal y estructural en la organización. Por ejemplo, eres asignado a un equipo y sólo por esto ya te conviertes en miembro de este equipo. Añadir “sentimiento de” no despeja necesariamente este posible significado de la palabra pertenencia.

En cambio, la adherencia al equipo es una cuestión emocional y psicológica, se refiere a la implicación, compromiso, motivación intrínseca e identificación de una persona con el equipo de trabajo. Implica una relación más profunda, vital y comprometida.

Con la intención de brindarte un regalo de Año Nuevo, he concebido una herramienta integral para evaluar y fortalecer la adherencia al equipo en entornos laborales. Esta herramienta consiste en un índice diseñado para facilitar su evaluación, respaldado por una guía metodológica que te guiará en la identificación y abordaje de las variables clave para su mejora.

La esencia fundamental de esta guía es resaltar la relevancia de la adherencia al equipo, evidenciando que va más allá de una simple pertenencia formal. Se trata de una conexión profunda que impulsa la colaboración, el aprendizaje y el éxito conjunto. Esta conexión actúa como la chispa que estimula la innovación, facilita la retención de talento, fomenta el desarrollo profesional y contribuye a la reducción del estrés en el entorno laboral. Al incorporar el concepto de adherencia, no solo aspiramos a construir equipos eficientes, sino también vibrantes y resilientes.

 

Puedes descargarte la Guía del Índice de Adherencia al Equipo aquí. Espero que te sea útil. Feliz año :)

®    VERSIÓN EN CASTELLANO

®    VERSIÓ EN CATALÀ

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Imagen de congerdesign en Pixabay


lunes, 20 de noviembre de 2023

Construir cultura en equipos de alta rotación

Por cultura, en una organización o en un equipo, entendemos el conjunto de creencias, valores, normas y maneras de hacer compartidas, que explican cómo se relacionan las personas de esta organización [o equipo], tanto con su entorno como entre sí.

Como todo, la cultura también es dinámica y evoluciona, pero el hecho de estar interiorizada en la persona, fundamentar sus principios y orientar sus decisiones, hace que esa evolución parezca de recorrido lento y se perciba como algo pesado, arraigado y difícil de cambiar.

Aspectos como el de ser compartida, también mueve a pensar que la cultura es para equipos estables, que en aquellos equipos con una alta rotación de sus personas, es difícil crear una cultura identitaria, que para ello se requiere de tiempo y estabilidad para consolidar relaciones y transferir valores, de ahí que a muchos responsables, les parezca difícil desarrollar a consciencia una determinada cultura en equipos donde la movilidad de las personas impide que cristalicen aquellos rasgos culturales que se quieren impulsar.

En términos de adherencia e identificación con el equipo, probablemente no sea lo mismo un equipo estable de otro equipo donde la movilidad de sus componentes dificulte cualquier arraigo, pero esto no significa que no se pueda crear una cultura y que esta cultura influya en las personas. La cultura del equipo se percibe como propia no porque sea consustancial a la persona sino porqué ésta está conectada a ella, de ahí que la sienta formar parte. En términos de R. Bartra, la cultura, en realidad, forma parte del exocerebro del individuo.

Si diriges un equipo con una alta rotación entre sus miembros, encárgate de dar forma a este exocerebro generando ritos del equipo en los que las personas se vean participando desde el primer momento de su acogida, cuida la estructura y desarrollo de las reuniones de trabajo, reconoce el valor de la diversidad en el equipo valorando la singularidad de cada persona, genera pausas compartidas para integrar el conocimiento de todas las personas en el equipo obteniendo lecciones aprendidas de proyectos o periodos de trabajo, refiérete al equipo como “equipo”, presta especial atención a la calidad de tu comunicación, sé el modelo de los códigos de conducta que quieres que os identifiquen, cuida la desvinculación de las personas que se vayan. Si lo haces y persistes en ello, será inevitable que cualquier persona que entre por la puerta de este equipo no perciba estas notas distintivas y se sienta inmersa en una atmosfera de equipo propia, que aprenda de ella y puede que hasta la eche de menos cuando ya no esté allí. 

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Imagen de Joe en Pixabay

jueves, 29 de septiembre de 2022

La aportación de valor al equipo desde la dirección

 

Desde una lógica organizativa cada puesto de trabajo dentro de la estructura de una organización tiene sentido en función del valor que aporta a los diferentes niveles organizativos, es decir, a los niveles superiores, a sus iguales y a aquellos equipos que penden directamente de él.

¿Cuál es el valor que aporto a todos los niveles que me rodean? Debiera ser una pregunta para la que existiera, sin titubear, una respuesta clara y concreta.

Desde el punto de vista de la dirección de equipos, este valor ha de traducirse en ventajas para el trabajo del equipo y de las personas que lo componen, un provecho claro que impacte en el logro de sus objetivos y en el desempeño eficaz y eficiente de las responsabilidades de cada cual. Si no, ¿qué sentido puede tener estructurar la organización en niveles jerárquicos?

No formularse esta pregunta de manera abierta y formal  suele ir parejo de una orientación del equipo a la dirección con toda la patología inherente al poder que suele conllevar este cambio de sentido de “quien ha de servir a quien”. Lo normal es que acabe asociándose la responsabilidad sobre un equipo con dar consignas y controlar a las personas.

Desde el marco ideal de la dirección de equipos, una directiva o un directivo debe aportar valor a su equipo:

  • Procurando los RECURSOS materiales, tecnológicos, metodológicos, de conocimiento, etc., necesarios para que las personas puedan desarrollar sus responsabilidades. Uno de estos recursos es el tiempo, procurar que las personas dispongan del tiempo necesario para llevar a cabo lo que se espera de ellas es, posiblemente, una de las aportaciones más valiosas que puede hacer alguien con responsabilidad directiva a su equipo.
  • Generar aquellas condiciones que aporten SEGURIDAD y eviten la desagradable sensación de incertidumbre que produce la improvisación, el cambio constante de objetivos o no dejar claro qué se espera de cada cual, por poner algunos de los ejemplos más comunes de la dirección de equipos cuando es desordenada, egocéntrica o caprichosa.
  • Facilitar la CONEXIÓN de las personas del equipo entre sí y con aquellas otras personas de su entorno con las que puedan establecerse relaciones de colaboración o de transferencia de conocimiento.
  • CUIDAR de las personas prestando especial atención a la distribución de las cargas de trabajo, los estados de ánimo, el respeto a las circunstancias de cada cual, el valor, sentido y utilidad del trabajo hecho, procurando canales de comunicación accesibles abiertos, frescos y, en general, teniendo en cuenta todo aquello que impacta en la autovaloración profesional, en el bienestar personal y en la adherencia de las personas al equipo. Cuidar nunca ha de confundirse con actuaciones paternales, maternales o inmiscuirse en la vida de nadie, tan sólo se trata de aceptar la importancia de este ámbito personal en la respuesta del o de la profesional y procurar aquellas condiciones  que permitan el equilibrio personal necesario para encajar en el trabajo del equipo.

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Equipo de Shackleton durante el periplo del Endurance en el Antártico.

lunes, 8 de febrero de 2021

También es trabajo

 

Siempre hay algún momento en el que una organización se detecta la necesidad de abrir espacios alternativos a los de trabajo productivo para mejorar justamente aspectos de este trabajo y hacerlo más productivo.

Por ejemplo, puede surgir la idea de impulsar sesiones de transferencia de proyectos, de compartir buenas prácticas o debates en torno a temas de interés general y, muchas veces, surge la idea de organizar encuentros informales tipo café, comidas o instaurar el aperitivo del viernes con la idea de interaccionar, engrasar y humanizar las relaciones a través de la conversación espontánea que se suele dar en estos escenarios.

La realidad, sin embargo, suele ser que, a pesar de su recurrencia, estas ideas son muy frágiles y no aguantan la presión de la falta de tiempo que caracteriza nuestros días y se desvanecen rápidamente ante la fría efectividad industrial que marca el paso de las agendas laborales.

En definitiva, lo normal es que estas cosas suelan considerarse buenas ideas, interesantes y convenientes para cuando haya tiempo sobrante, sólo que no suele haber de este tiempo y, en el caso de que se dé, suelen aparecer mil y una formas alternativas y mucho más productivas de aprovecharlo ya que nunca hay tiempo que perder.

Total, que lo normal es que estas iniciativas no prosperen más allá del intento, se quemen y tengan que esperar un ciclo de olvido para que vuelvan a aparecer otra vez como ideas innovadoras que acaban siguiendo el mismo destino que sus predecesoras.

Este fenómeno que, a primera vista, parece formar parte de lo naturalmente esperable, como puede serlo que las hojas de los árboles caigan en otoño, es en realidad una anormalidad, una verdadera deformación de la actividad profesional que bloquea el buen hacer y las posibilidades de crecimiento y cambio de nuestras organizaciones, ya que sabemos de sobra que introducir pausas en la linealidad de nuestros procesos productivos, mejora la toma de consciencia sobre el momento en el que se está y abre la posibilidad de que puedan suceder cosas nuevas.

En primer lugar, es muy importante tomar consciencia de que cualquier actividad que tenga por finalidad el desarrollo o mejora de la actividad profesional es trabajo, ya se trate del desarrollo de las responsabilidades que se tienen asignadas, como de la realización de una acción formativa o tomar una cerveza [o un refresco] después de una dura jornada. La clave no está tanto en el qué se invierte el tiempo como en el propósito para el qué se invierte.

Si se organiza un almuerzo de trabajo no sólo se ofrece un espacio alternativo al de cada día para comer y, donde asistir o no depende de las ganas de compañía, del hambre o del tiempo que se tenga, sino que se trata de un escenario pensado para aprovechar todas las variables de la informalidad para provocar conversaciones con el propósito de aumentar el conocimiento, la empatía y, con ello, las relaciones de colaboración y ayuda mutua entre las personas asistentes.

Es, en realidad, un espacio muy, muy importante, que existe para la mejora de la actividad profesional y al que se le debe dedicar, con toda intencionalidad, tiempo  de trabajo, ya que se trata de trabajo; y lo mismo ocurre con la presencia y participación en acciones de formación, debates, sesiones de transferencia de conocimiento, etc., no son acciones pañuelo que se usan sólo si hay necesidad de sonarse, sino que se trata de acciones profesionales que requieren de tiempo profesional para llevarse a cabo.

A menudo suelen acompañarse las convocatoria a estos actos con la coletilla de la voluntariedad o la no obligatoriedad, por aquello de no añadir obligaciones inútiles a las que ya hay ni generar rigideces en lo que se espera que sea dinámico o porque de alguna manera se asume que no es tan importante como la actividad regular o, en el caso de la cerveza/refresco, porque se admite aquello de que “no hemos venido a hacer amigos”, lo cual no es del todo cierto, ya que una actuación profesional excelente incluye algo más que realizar las tareas asignadas, también ha de incorporar la capacidad de establecer relaciones fuertes y lazos de colaboración con el entorno que faciliten la amplificación de la inteligencia mediante la comunicación y el trabajo en red, de ahí que, aunque no se halle explicitado en el contrato ni en la descripción del puesto de trabajo, sea profesional desear los “buenos días” cuando se llega por la mañana.

Cualquier idea contraria a lo dicho hasta aquí es probable que parta de la lógica mecanicista industrial que reduce a las personas a piezas individuales de un engranaje sin otra necesidad que la de encajar los propios dientes en los de la rueda de al lado o, en el caso de la cerveza/refresco, a aquel “seamos serios” que nace de  la concepción judeocristiana del valle de lágrimas y del ganarás el pan con el sudor de tu frente que tanto afea la existencia y con lo que cualquier otra cosa que no haga llorar o sudar no es considerada “trabajo”.

La distinción entre tiempo productivo y tiempo improductivo es del todo lógica y permite saber dónde hay que poner el peso, ya que nos orienta sobre la verdadera razón de ser de nuestra actividad en el equipo o en la organización,  es evidente que no estamos ahí para transferirnos conocimiento, formarnos o conversar, de la misma manera que la razón de ser de una organización no es la gestión de sus RRHH, pero esta distinción no es extensible a tiempo importante y tiempo no importante ya que la gestión de los RRHH es imprescindible para la buena marcha de la organización, del mismo modo que transferir conocimiento, formarnos o participar en las conversaciones incide de manera directa en la excelencia de nuestro trabajo, en el aprendizaje organizativo, en la innovación y, en general, en el desarrollo, resiliencia y posibilidades de futuro del equipo y de la organización.

 

Pero todas y todos sabemos que, aunque estemos de acuerdo con los argumentos, éstos no hacen la cosa y que las inercias de nuestra cultura social y la de nuestros sistemas organizativos nos llevan a correr detrás de nuestros relojes como el conejo de Alicia, para lo cual es aconsejable que apuntalemos cualquier de estas iniciativas no-productivas con una serie de medidas:

> SISTEMATIZACIÓN: Contra todo argumento que enarbole la idea de que la sistematización genera rigidez, quita frescura y reduce la espontaneidad de los contactos no programados es necesario recordar que si no se reserva un tiempo y se dota a la actividad de un mínimo de estructura es muy probable que sea barrida y quitada de en medio por los vientos de lo importante y de lo urgente que soplan de manera continuada en nuestros entornos organizativos.

> ESPONJOSIDAD: Al hilo de lo anterior, es conveniente que exista una frecuencia, pero ésta no ha de ser invasiva generando la sensación de abandonar otras obligaciones. Tampoco ha de ser tan esponjosa cómo para que se diluya en el tiempo, pierda carácter, se interprete como poco importante y no genere hábito.

> CONCILIACIÓN: Absolutamente relacionada con la esponjosidad de la que hemos hablado  está la comprensión y permisividad con la realidad de cada persona y las posibilidades que tenga para conciliar las diferentes responsabilidades a la que esté sujeta.

> PROPÓSITO: Explicitar el propósito de la actividad ayuda a ubicarla en el contexto profesional a la vez que es un poderoso recurso para cuestionar y superar las perezas y las “pocas disponibilidades” que suelen desvelar aquellas iniciativas transversales o de mantenimiento organizativo, que proponen mezclar nuestras ideas y nuestra presencia con las de otras personas y nos apartan de la zona de confort o del recinto de nuestra individualidad y autosuficiencia.

> CONVERSACIÓN: Este podría ser el principal propósito de la mayoría de estas actividades ya que la conversación es el conector principal y el mecanismo natural y más sencillo de transferencia de conocimiento y fortalecimiento de las relaciones. Es importante que cualquier actividad profesional no productiva se oriente a que se den el máximo de conversaciones entre las personas que acuden a ella, ya se trate de una sesión de transferencia, una conferencia, un debate, una excursión, la visita a otro centro de trabajo, un almuerzo o ir a un escape room. Si no es así, es fácil que pueda ser interpretado sólo como divertimento y no como un divertimento con sentido.

> COMPROMISO: Así como el propósito puede estar muy relacionado con generar conversaciones, también es muy necesario para despertar la necesidad de compromiso de las personas para dar sentido y contribuir a que este tipo de actividades aporten el máximo de valor. En nuestros entornos organizativos puede que suceda, paradójicamente, lo contrario, que aquellas personas que no asisten a actividades comunitarias o de equipo argumentando mucho trabajo o falta de tiempo, suelan verse como profesionales más eficientes y comprometidos, ahí hay un poderoso factor de resistencia, del mismo modo que es uno de los determinantes más importantes de individualismo, falta de comunicación, estrés, distorsión del clima laboral y empobrecimiento organizativo.  

 

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Las dos imágenes corresponden a ilustraciones de Norman Rockwell.

sábado, 6 de junio de 2020

Algunas dificultades para la obtención de lecciones aprendidas



El hecho de que una metodología como la de la obtención de lecciones aprendidas, sea sencilla y fácil de aplicar, no asegura sus resultados en cualquier contexto organizativo.

A menudo se traslada a las herramientas la responsabilidad sobre los resultados obtenidos como si tuvieran vida propia y la mano que la utiliza o el propósito que dirige esta mano fueran simples observadores, pasivos y expectantes, a la espera de que la herramienta o la metodología lleven a cabo solitariamente su función de manera intachable, infalible.

Algunas organizaciones adoptan herramientas o metodologías sin valorar previamente si disponen de las capacidades y de las actitudes necesarias para utilizarlas, sin cuestionarse la compatibilidad con sus culturas corporativas o sin que haya una firme convicción sobre el propósito que las lleva a servirse de ellas.

La dificultad para sacar el provecho esperado de cualquier metodología o herramienta nueva, no suelen hallarse en su complejidad, sino que se suele explicar a partir del grado en el que tres variables fundamentales coexisten en el entorno organizativo:
  • Una voluntad clara y decidida de querer cambiar por parte de la organización y por parte de las personas que han de materializar el cambio, lo cual se traduce en la inversión de los recursos necesarios para hacerlo, ni más, ni menos.
  • La capacidad de autocrítica necesaria para poner empeño en adquirir aquellas competencias que hagan posible utilizar y sacar el máximo provecho de la herramienta o de la metodología de la que se trate.
  • La consciencia de que cualquier metodología, herramienta o el concepto y propósito al que remiten han de integrarse en una cultura corporativa previa que puede ir a favor o a la contra, poniéndolo más o menos fácil.
La aplicación de la metodología para la obtención de lecciones aprendidas no es una excepción, aunque se trata de seguir unos pasos sencillos, algunas variables de la cultura organizativa manifestadas a través de las actitudes de las personas que han de implicarse en el cambio, puede que se opongan y compliquen cualquier sencillez metodológica, que hagan lo fácil muy, muy difícil.

Algunas de las dificultades más habituales a la hora de desplegar una metodología para elaborar lecciones aprendidas se manifiestan de la siguiente manera:

FALTA DE TIEMPO

Se percibe como una tarea más que se suma a todo lo que hay que hacer y para lo cual no hay tiempo porque siempre hay algo más importante que se debe hacer, normalmente relacionado con las funciones y tareas adscritas al puesto de trabajo.

Se trata de una de las maneras de ofrecer resistencia más tradicionales, normalmente derivada de una falta de interés por cambiar las cosas, de pereza por salirse del confort de la rutina en la que se maneja diariamente la persona o de una de sus variantes como la negativa a invertir atención y tiempo en ideas o proyectos por motivos que van desde lo emocional [mala química con quien lidera el proyecto], las necesidades del EGO [no soy protagonista], hasta cómo se vive la jerarquía organizativa [infantilismo estructural] o, las más de las veces, de una combinación personal de cada uno de ellos.

La obtención de lecciones aprendidas no ha de ser vivenciada como una tarea más, sino como un plus de atención que se dedica a cómo se llevan a cabo las tareas y a las variables del entorno que influyen en ellas. Es como llevar un bloc de notas en el que recoger aquellas cosas que rechinan y sobre las cuáles se ve necesario hablar alguna vez ya que inciden directamente en cómo se realiza o se vive el trabajo. De hecho, en realidad, sólo se trata de esto, de anotar aquello que pueda generar un nuevo aprendizaje. Obtener lecciones aprendidas no es perder tiempo, al contrario, es optimizarlo buscando no tropezar siempre en la misma piedra.


LA NECESIDAD DE QUEJARSE

La sencillez de la metodología para obtener lecciones aprendidas consiste en dar respuesta a una secuencia de cuestionamientos lógicos:
  • Qué ha pasado susceptible de obtener una lección de ello.
  • Cómo se ha actuado al respecto y que consecuencias ha tenido.
  • Qué lección debiéramos aprender de todo ello para el futuro.
  • Cómo integramos esta lección en nuestra manera de hacer convirtiéndola en un aprendizaje real.
La clave está en no inyectar en la respuesta a las dos primeras preguntas de una carga emocional que las convierta en un reproche o en una queja.

El reproche y la queja personalizan el hecho y sólo son útiles cuando se trata de generar una relación desigual entre alguien que juzga y alguien que es juzgado, una víctima y un culpable, entre alguien que protesta y alguien que debe asumir una culpa, rectificar y quizás pedir perdón. Una situación en la que "sólo alguien muy determinado y no el conjunto del equipo o la organización, es quien ha de aprender la lección".

Para la obtención de lecciones aprendidas, convertir los hechos [paso 1: que pasó] y las actuaciones [paso 2: qué se hizo] en quejas o reclamaciones, es absolutamente tóxico ya que el método ofrece garantías y es útil cuando es posible una conversación entre iguales, desde una perspectiva sistémica de los hechos en los que cada persona asume su parte de responsabilidad en el conjunto y comprende la inevitabilidad de que existan diversos  puntos de vista ante un mismo hecho.

Para ello es importante estar en posesión de aquellas competencias comunicativas básicas que permitan expresar experiencias, opiniones y sensaciones de tal manera que apetezcan ser escuchadas, faciliten el diálogo y permitan la unificación de criterios y decisiones en torno de ellas.

Lo realmente interesante de integrar en la organización una metodología para la obtención de lecciones aprendidas, es el fuerte impacto que tiene para el tránsito de una cultura tradicional que no tolera el fracaso y en la que el error es un coste que se debe pagar, a una cultura de aprendizaje en la que cualquier disonancia es susceptible de convertirse en una oportunidad para crecer.

DIFICULTAD PARA DEBATIR Y TRABAJAR REALMENTE EN EQUIPO

Al implicar cambios en la manera de hacer del equipo o de la organización, la obtención de lecciones aprendidas ha de desprenderse del debate y contraposición de los diferentes puntos de vista de personas que han vivido la misma experiencia o similar, lo que normalmente se traduce en poder trabajarlo en equipo.

A menudo, el planteamiento de este tipo de metodologías suele hacerse suponiendo, ingenuamente, la existencia de una cultura organizativa basada en la confianza, de la que se desprende un ambiente laboral diáfano y donde las relaciones entre las personas reúnen las condiciones necesarias para el debate abierto y la colaboración en equipo, algo que, en mayor o menor medida, suele estar alejado de muchas realidades.

A la hora de implantar una metodología de lecciones aprendidas, los equipos no suelen partir de cero, sino que parten de relaciones, algunas de las cuales pueden estar viciadas y que, en cualquier caso, ya llevan incorporados los sesgos a través de los que cada persona interpreta y responde al resto, siendo esta, a menudo, la causa de la falta de voluntad, dificultad o imposibilidad de obtener conclusiones conjuntas y de llegar a acuerdos.

Este es un punto difícil y, como en los anteriores, es absolutamente necesario que cada cual ponga de su parte. En todo caso, esta dificultad que obstruye la operatividad del equipo generando un malestar crónico que incide en el clima de la organización y en la calidad de vida de las personas, es una oportunidad para obtener una lección de la que aprender, ideando criterios y mecanismos que permitan diferenciar las ideas de las personas, facilitar el debate y objetivar la toma de decisiones.

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La primera imagen corresponde a una ilustración de Norman Rockwell [1894-1978]

La segunda imagen es un detalle de “El enfado” de Edgar Degas [1870]





martes, 9 de octubre de 2018

¿Cómo favorecer la colaboración en entornos no colaborativos?



Aunque la pregunta suele ser ¿Cómo favorecer la colaboración en entornos competitivos? He preferido utilizar el concepto de “entornos no colaborativos” para incluir a aquellas culturas que no favorecen ni contemplan la “colaboración” como uno de sus principales activos.

Entre estas culturas se hallan, claro está, las que alientan la competición, a afanarse en ser el primero mirando siempre de reojo la posición de los otros, buscando más o menos deportivamente, la manera de superarlos.

También se hallan las culturas industriales totalmente orientadas al máximo de resultados en el mínimo de tiempo o las culturas organizativas con un fuerte componente “extractivo” [utilizando la terminología de Marjorie Kelly], que creen que el verdadero valor de una relación, lo que le da sentido, es aquello que se puede “extraer” de ella. Los componentes extractivos de la cultura de una organización suelen estar en el orígen de la falta de generosidad, la relación de objeto entre personas y la suspicacia o el miedo a ser robado de lo que se considera como individual y propio, ya sea una información, un resultado o una idea.

Por lo general, la cultura de una organización suele ser mixta y combinar, en diferentes dosis, componentes de cada uno de los tres modelos culturales descritos, pero todas ellas suelen contribuir a hacer valoraciones duales de la realidad y a distinguir entre personas valiosas y menos valiosas, entre ganadores y perdedores, entre aciertos y errores, éxitos y fracasos y a distribuir cualquier acción, persona o cosa entre los diferentes grises del blanco al negro con que se la compare.

En el lado opuesto a estos modelos, podemos encontrar las culturas “generativas”. Una “cultura generativa” es aquella que enfoca cualquier relación a partir del valor que le puede aportar al otro. Las organizaciones con culturas generativas cultivan esta aportación de valor para cada uno de sus ámbitos, ya sea respecto a lo que ofrecen a su entorno, como a las relaciones que se dan en su interior.

Entre los rasgos principales que impulsan las organizaciones generativas a través de su cultura son la escucha, la empatía, la generosidad y la confianza, por esto, compartir, conversar y colaborar se considera consustancial a la organización ya que se hallan en el ADN de este tipo de cultura.

Así pues, muy probablemente, la pregunta que da título a este artículo no proviene de una cultura generativa sino de personas que se hallan en organizaciones o equipos con una cultura que valora y reconoce más lo individual que lo colectivo, la no colaboración que la colaboración, el debate a la conversación.


Cualquier persona que, en el seno de una organización, ya se trate de alguien con responsabilidades de dirección, que dinamice un equipo o una comunidad o sencillamente que, a título personal, quiera favorecer la relación de colaboración con otras personas, debe atender a estos tres aspectos básicos:

1.-REVISAR LA CONFIANZA Y EXPECTATIVAS EN LAS PERSONAS: Para favorecer o impulsar la colaboración en este tipo de entornos es necesario, antes que nada, ser conscientes del peso de la cultura en las actitudes de las personas. Este aspecto es sumamente importante ya que, si pretendemos hacer emerger un determinado tipo de comportamiento en las personas, es necesario creer que estas pueden llevarlo a cabo si se desactivan o sortean las barreras culturales que lo impiden. Confundir o igualar los rasgos de la cultura corporativa con los rasgos de personalidad de las personas con las que hemos de trabajar, sesga nuestra percepción y no permite abrigar ninguna esperanza en el cambio.

2.- ATENDER A LA RECIPROCIDAD: La reciprocidad se halla en la base de cualquier relación de colaboración, de hecho, es lo que alienta en gran medida las relaciones humanas. La necesidad de ser recíprocos no ha de llevar necesariamente a pensar en la falta de altruismo y en el intercambio material interesado, no, la reciprocidad es un factor de reconocimiento al otro que aporta, básicamente, sentido a la relación. Así pues, es ineludible revisar cómo se corresponde a las actitudes colaborativas, qué respuesta [material o inmaterial] reciben las personas y si esta respuesta tiene sentido para la persona en el marco de la cultura de la organización que habita.

3.- REDUCIR LA INCERTIDUMBRE: Si la colaboración no es el mecanismo espontáneo que activa la cultura corporativa no se puede esperar que emerja de manera espontánea por sólo invocarla con argumentos razonables. Cualquier actitud contraria o diferente a la normalidad establecida por la cultura de la organización genera incertidumbre y, la incertidumbre, se traduce siempre en miedo. Sabiendo, como sabemos, las bondades del trabajo colaborativo y sabiendo, además, que esas bondades son conocidas y compartidas a nivel intelectual por la mayoría de las personas, debemos preguntarnos qué miedos  despierta el compartir información o conocimiento, ofrecer tiempo productivo, contrastar ideas y unificar criterios o compartir resultados con los otros. ¿Se trata del miedo a perder la autoría de una idea? ¿Hay, quizás, miedo a la perdida de estatus si se cede ante un argumento? ¿El miedo es a ser valorado como alguien que pierde el tiempo? ¿Hay miedo a perderlo de verdad? ¿El recelo es respecto a manifestar lo que se piensa?, etc. Sea cual sea el motivo de la aprensión es importante detectarlo, comprenderlo y eliminarlo aplicándose a demostrar con evidencias que no hay motivo para tener “aquel” miedo. Reflexionar sobre este punto puede aportar algunas ideas sobre cómo gestionar la reciprocidad necesaria a la colaboración, comentada en el apartado anterior.

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Este artículo se desprende de las reflexiones compartidas con las personas que dinamizan las comunidades de práctica que está impulsando el Instituto Andaluz de Administración Pública [IAAP], en el marco de unas jornadas de seguimiento de dichas comunidades.

Las imágenes corresponden a obras de Julien Dupré (1851-1910), las he seleccionado por cómo evocan la fuerza, dinamismo y plenitud que conlleva la vivencia colaborativa.


miércoles, 19 de septiembre de 2018

Perfiles, cultura y procesos de acogida



Es habitual que en algún momento de la formación que imparto sobre “liderazgo y cambio”, algún participante subraye el hándicap que padecen como directivos o mandos intermedios debido a cómo las administraciones públicas seleccionan a las personas que acaban integrándose en sus equipos.

Comentan que los procesos selectivos no valoran aspectos funcionales de la persona candidata relacionados con el puesto de trabajo que ha de ocupar o con el equipo en el que se ha de integrar y que tiene excesivo peso la capacidad memorística para recitar textos legales, alejados de la naturaleza intrínseca de las funciones que se han de desarrollar. Esta observación suele acompañarse con la consabida comparación con el sector privado en el que, supuestamente, las personas son escogidas por sus competencias profesionales y donde, además, peligran de perder su trabajo en el caso de que, a lo largo de la vida laboral, el desempeño no responda a las expectativas depositadas.

Seguramente es muy cierto que los procesos selectivos en las administraciones públicas están trasnochados y responden a realidades organizativas y funcionales muy distintas de las que caracterizan el momento actual, como también lo es que la relación laboral en la Administración tiene una tolerancia de banda ancha. Pero este aspecto no es suficiente para explicar las disfunciones que puedan existir en un equipo de trabajo.

Por ejemplo, otro factor también pudiera ser el de que los directivos y mandos de las administraciones públicas, tampoco suelen ser designados para este tipo de puestos por sus capacidades para liderar equipos. Los criterios por los que alguien asume responsabilidad sobre un equipo de trabajo en una administración pública suelen obedecer a criterios curriculares la mayor parte de las veces ajenos a sus competencias directivas o, en el mejor de los casos, donde estas competencias tienen poco peso sobre la valoración global. Un fenómeno curioso por ser un indicador interesante de las expectativas que la cultura de estas organizaciones deposita en estos perfiles.

Pero ahondar en las particularidades e idoneidad de los procesos selectivos en la Administración no deja de ser algo poco práctico para cualquier directivo o mando debido, básicamente, a su escasa capacidad de influencia sobre los procedimientos reglamentados por la Función Pública y, en el caso de mis sesiones de formación, no puedo evitar interpretarlo, algunas veces, como una resistencia al cambio, como si la persona dijera: “es igual como actúe, haga lo que haga, con ciertas personas es imposible, no hay tácticas, no hay fórmulas, no hay nada…”


Y puede que sea cierto, pero en ningún caso, este hecho debe justificar la resignación del directivo o mando y dejar de cejar en el empeño de que la actividad del equipo tenga sentido para aquellos a los que se dirige, el entorno con el que interacciona y también para cada una de las personas que la llevan a cabo, ya que este es, en definitiva, su trabajo.

También hay que tener claro que en la calidad de una relación cada implicado tiene su papel y es responsabilidad de cada cual dedicarse con empeño al suyo. El infantilismo estructural de algunas organizaciones, no sólo públicas, explica por qué muchos adultos creen que la calidad del trabajo en equipo viene determinada, básicamente, por las actuaciones de sus directivos y, del mismo modo, muchos directivos creen que son absolutamente responsables de las ganas y de la ilusión con la que las personas hacen su trabajo. En resumen, una dirección aplicada es muy necesaria, pero no es suficiente, es necesario también que cada cual ponga de su parte.

Como decía, divagar sobre la idoneidad de los procesos selectivos no resulta práctica ni útil. Además, tampoco sirve para explicar, en todos los casos, por qué las personas se comportan de determinado modo en algunos entornos ya que, a nadie se le escapa, que una persona puede ser muy distinta en un contexto o en otro y es muy arriesgado afirmar taxativamente que alguien es de tal o cual manera, simplemente porque en un escenario se comporte de una manera determinada. Nosotros mismos podemos ponernos como ejemplo y reconocernos con una motivación y un rendimiento distinto no sólo cuando hemos cambiado de actividad, sino trabajando con otros equipos o bajo la dirección de otras personas.

En todo caso, podemos estar de acuerdo en que una persona, en un contexto determinado suele comportarse de una determinada manera y sólo esa forma de plantearlo, no sólo dignifica a la persona, algo muy importante para poder empatizar con ella, sino que abre a otras interpretaciones sobre su actitud y conducta que van más allá de las competencias y habilidades profesionales con las que ingresa en la organización ya que nos lleva a reconocer que las personas crean las culturas y, curiosamente, esas mismas culturas acaban transformando a las personas.

Al margen del propósito y de las capacidades de la persona en el momento de su incorporación es conveniente tener en cuenta que la cultura del equipo en el que se incorpora, es decir, las creencias, códigos de actuación, formas de relacionarse y valores harán aflorar o inhibirán potencialidades y modelarán lo que acabarán siendo los rasgos característicos de aquella persona. Todos conocemos casos -y nosotros mismos podemos volver a ser un ejemplo- de cómo en mayor o menor grado, las personas son arrastradas por la corriente de la cultura corporativa y de cómo ésta puede estimular lo mejor o lo que no es tan bueno de cada cual.


Del mismo modo que con los procesos de selección, a veces se comenta que la cultura de la organización, así, en general, está fuera del alcance de la influencia del directivo o mando intermedio y es cierto, pero en una misma cultura organizativa suelen habitar tantas subculturas como equipos tiene la organización y, aunque todas ellas suelen tener algún rasgo en común, no tienen por qué coincidir en mucho más entre sí, de todos es conocida la diversidad de formas de hacer, satisfacción de las personas, ánimos y posibilidades que encierran los diferentes equipos de una misma organización y del deseo de muchas personas de migrar de un equipo a otro para mejorar condiciones de trabajo imperceptibles pero altamente importantes para el bienestar profesional y personal.

Sea como fuere y al margen de cómo sea la organización, la cultura del equipo determina cómo las personas viven y se comprometen con su trabajo. Es responsabilidad del directivo, pues, analizar los factores que determinan esta cultura e impulsar todas aquellas acciones que la alineen con los objetivos del equipo y el bienestar de las personas. Un aspecto que suele fallar porqué normalmente se le concede menos tiempo del que realmente necesita.

Relacionando la importancia de la cultura en la transformación de las personas con los procesos selectivos con los que empieza este artículo, conviene prestar especial atención a los mecanismos utilizados para integrar las personas a esta cultura, lo que comúnmente se denomina “plan de acogida”, ya que tan importante como poseer las capacidades son las expectativas y los modelos de trabajo con los que la persona se encuentra cuando ingresa en la organización y en el equipo. Es aconsejable revisar la coherencia del relato de la acogida con la realidad y los mensajes que, de manera informal, es probable que reciba de la organización.

El camino de la realización profesional puede ser más o menos largo pero siempre es complejo, conviene empezar por el principio.

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Los primeros pasos de una persona en una organización me han evocado el juego de la gallinita ciega, de ahí las imágenes con las que he ilustrado este post:
  • La primera es de José Jiménez Aranda, La gallinita ciega (1889).
  • La segunda corresponde a una obra de Pierre Jean Edmond Castan, Blind Man's Buff (1817).
  • La tercera corresponde a un detalle de La gallinita ciega (1789) de Francisco de Goya.