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viernes, 3 de febrero de 2023

Autoconocimiento y silencio

Frecuentemente escucho o leo a personas, en medios como este, hablar de sí mismas, explicando cómo son y como no son, lo hacen en voz alta y muy seguras de lo que dicen, construyendo un relato de sí mismas dirigido, las más de las veces, a proyectar la imagen con la que quieren que se les identifique, aunque también parece como si ellas mismas llegasen a creérsela y que, inconscientemente, al hacerlo, acariciasen el propósito de tener una imagen con la que identificarse y gustarse, como si esa imagen que construyen de ellas mismas también fuera el reflejo que quieren ver cuando se miran al espejo, un espejo que no es espejo sino cuadro, mirarse en el cuadro que uno mismo ha pintado y querer creer que se trata de tu imagen. Al final, el hablar y hablar de uno mismo se convierte en una cortina de humo que oculta y confunde a unos y a otros.

Uno de los aspectos más llamativos que tienen las prácticas meditativas más rigurosas, es la importancia central que tiene para ellas el silencio.  Hay quien no entiende y lo vive mal, lo interpreta como una imposición incómoda, un forzar la individualización, un separar a las personas entre sí rompiendo el pegamento natural de la conversación, una manera de no aprovechar el beneficio de la interacción para el crecimiento personal. Pero, lejos de cualquiera de estas intenciones, el silencio tiene la función de facilitar la introspección y al autoconocimiento, ya que, sin silencio es prácticamente imposible llevar a cabo una indagación de este tipo.

Llevar a cabo una actividad introspectiva, supone poder atender a lo que sucede en nuestra mente, ya que ella es la responsable de la fabricación de nuestra realidad, la que moldea y da forma a lo que percibimos a través de los sesgos de nuestras, creencias, expectativas, prejuicios, emociones, sensaciones y sentimientos, cualquier cosa que vemos o sentimos pasa por estos filtros, condiciona nuestra vivencia y determina nuestras actitudes hacia ello. Si realmente queremos conocernos, hemos de poder ver, no solo nuestros pensamientos, sino el magma emocional que subyace a ellos, de esta manera podremos atisbar los condicionantes de nuestra percepción y comprender los impulsos que determinan nuestras actuaciones hacia los otros y hacia nosotros mismos. 

Para ello es importante silenciar y silenciarse, silenciar porque las palabras que emitimos y oímos nos atraen hacia ellas, hacia su significado y hacia el relato que construyen, desviando nuestra atención y ocultando nuestra vida mental, es como bucear en nuestra mente y, de repente, irrumpir en la quietud de nuestro viaje generando un montón de burbujas. 

También es improbable que se pueda llevar a cabo una actividad introspectiva profunda cuando se está en el seno de una conversación, porque es difícil hacerlo desde nuestro ego, es decir, desde la construcción simbólica de quienes queremos y creemos ser, que es lo que inevitablemente sucede siempre que entramos en interacción; intentar conocerse instalado en el ego es poco menos que una broma.

Decía que, aparte de silenciar, es importante silenciarse, primero hay que aislarse del ruido externo y luego intentar apagar el propio ruido interno, lo cual es mucho más sencillo en una atmósfera de silencio y recogimiento. Silenciarse no consiste en dejar la mente en blanco, esto es prácticamente imposible, silenciarse quiere decir no engancharse a los pensamientos que van apareciendo en nuestra mente para poder ver su composición, naturaleza, origen y frugalidad. 

Engancharse a una idea y seguir con ella en un hilo discursivo mental, lo que habitualmente denominamos “rumiar”, es otra manera de hablar pero, esta vez, con nosotros mismos, con los residuos vivenciales que anidan en nuestra vida mental: temas pendientes, preocupaciones, fantasías o deseos fruto de la interacción de nuestro ego con el entorno; verlos permite tomar consciencia de ellos y en consecuencia de lo que somos y no somos, pero engancharse a una de esas ideas es como querer observar pasar los vehículos de una autopista y, súbitamente, encontrarnos viajando en uno de ellos habiendo perdido de vista la autopista. Tomar distancia del parloteo mental, viendo los pensamientos pasar, desaparecer y transformarse, esto es silenciarse.

En nuestros entornos sobresaturados de ruido e interacciones, poder estar en silencio, es un bien preciado; Lluis Nansen, un maestro Zen de Barcelona, exhorta a sus practicantes a valorar la fortuna que tienen de disponer de un espacio que garantice el silencio necesario para llevar a cabo una introspección en condiciones. 

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domingo, 4 de diciembre de 2022

Saber callar



Saber callar es quizás una de las cualidades que más escasean y una habilidad de un interés extraordinario para la persona y para aquellos con los que se rodea.

Callar no es fácil, para muchas personas se trata de una imposibilidad de la que se es más o menos consciente o, incluso de la que se pueden sentir más o menos orgullosas por asociarla a otros conceptos como, por ejemplo, el de libertad o la sociabilidad, libertad por aquello de asociar el callar con la represión y sociabilidad por confundir el hacer ruido con animación, extroversión o establecer vínculos. 

Pero la imposibilidad de callar suele estar más relacionada con necesidades o carencias, con la fobia al silencio y la urgencia de generar cantos de sirena propios para evadirse de uno mismo o con la necesidad de reafirmar el propio yo, ocupando cualquier espacio de silencio e invadiendo el espacio comunicativo de las otras personas. Lejos de ser una expresión de libertad, la imposibilidad de callar parece más un síntoma de incontinencia e inmadurez psicosocial.

En la vida organizativa, no saber callar puede ser demoledor ya que es una de las causas más importantes y frecuentes de pérdida de tiempo en las reuniones y, saturar los espacios de interrelación con palabrería compulsiva, suele ocasionar poca cosa más que silencios, cansancio, vacío comunicativo y distancia social entre las personas que se hallan ahí.

Como rasgo directivo, no saber callar, esta evidentemente asociado con la imposibilidad de escuchar, de monitorizar información del medio, de aprender, de la falta de empatía e incomprensión de las dinámicas del equipo y, en consecuencia, con la incapacidad de colaborar, cocrear o mantener conversaciones constructivas.

Algunas directivas o directivos se ven impelidos a hablar siempre para no perder el control del relato del equipo y por asociar su rol con un paternalismo que les lleva de manera crónica a informar por informar, aconsejar, corregir, dar instrucciones y, en definitiva a no callar bloqueando, desanimando o impidiendo que nadie pueda expresar nada que no sea atención a su parloteo incesante.

Sí, es necesario aprender a callar, a escuchar la respuesta cuando se ha preguntado, a hablar con medida y dejar espacio para que otras personas puedan también decir algo. 

Callar para prototipar la idea en nuestra cabeza y comprobar su posible impacto antes de soltarla, para contribuir a que haya espacios de silencio donde pueda emerger algo nuevo, para demostrar respeto hacia la que nos acaban de decir, para no juzgar, ni violentar, ni herir, para captar el interés. Debiéramos callar unos segundos en cada intercambio verbal para demostrar que estamos escuchando y para dejar que las palabras del otro resuenen en el silencio y se pueda escuchar a sí mismo.

Hay que aprender a callar para dejar de hacer ruido, para no cansar, para no repetirnos, para dar verdadero valor a cada idea, para no infoxicar, para no invadir la vida mental de las otras personas y dejar que cada cual pueda prestar atención a sus propios pensamientos. 

Callar para poder ver, oler, saborear, para escuchar y dejar escuchar el viento o la lluvia o nada, simplemente para disfrutar y dejar disfrutar del silencio.

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En la imagen un detalle de “The Hour of Silence” [1897] de Henri Georges Jean Isidore Meunier