Algo que sabíamos y que en la práctica parece que hemos olvidado es que cada palabra despierta en torno a ella un campo semántico propio y tiene asociaciones singulares. Por poner un ejemplo: objetivo y desafío ni son ni despiertan lo mismo aunque puedan ser vistas y generalmente [mal] tratadas como sinónimos.
De hecho la palabra “objetivo” es la más opaca de las dos y no porque no sea la más clara, tangible y evidenciable, sino justamente por serlo. Objetivo nos lleva a lo explícito, palpable y fuera de toda duda. Evoca a la razón y, consecuentemente, rechaza de manera natural lo emocional y cualquier aspecto al que no se le pueda asociar un indicador de seguimiento o de resultados. La palabra “objetivo” es, por decirlo de alguna manera, plana y no proyecta a su alrededor ninguna sombra que pueda distraer la atención de las diferentes letras que la conforman: o-b-j-e-t-i-v-o.
En cambio la palabra “desafío” es como si llevara impresas las huellas digitales de quien se lo propone. El desafío conlleva componentes más personales, más emocionales y subjetivos. Es como si fuera un haz de luz fino que añade más oscuridad a las tinieblas que atraviesa y le hace sentir a uno valiente por seguir adelante a pesar de la incertidumbre que habita en ellas. De alguna manera, el desafío tiene menos necesidad de argumentarse que el objetivo por emerger del interior de quien se lo formula. El desafío es mucho más potente que el objetivo porque es más humano ya que conlleva el componente energético de la emoción necesaria para perseguir aquello que se pretende.
De ningún modo ha de ser tratado de la misma manera un objetivo que un desafío, el segundo es, sin lugar a dudas, propiedad de quien se lo formula y por ello inspira muchísima más confianza en cuanto a las expectativas respecto a los resultados esperados.
Sucede algo similar con “comunicación”, una palabra a todas luces gastada por su sobreutilización, arrastrada por un lodazal de significados y lesionada con toda suerte de subterfugios e interpretaciones. Si nos preguntamos por la comunicación en una organización, es muy probable que surja primero aquello de ascendente, descendente y horizontal y que los primeros conceptos que se iluminen en el córtex cerebral estén relacionados con: intranet, web, boletín informativo, encuesta de clima y herramientas similares, la mayor parte de ellas curiosamente enfocadas a informar unidireccionalmente, comunes a la mayoría de organizaciones y con escasos resultados a la luz de las esperanzas depositadas en ellas.
En cambio la palabra “conversación” lleva de manera indudable a la relación. La conversación es inequívocamente humana. Nunca diríamos que las abejas o las hormigas conversan, decimos que se comunican. Conversar lo hacemos nosotros y todos aquellos mamíferos a los que pretendemos iluminar con connotaciones humanas. "Conversación" sugiere intercambio, contraste, aportación, escucha, respeto, igualdad, etc. La conversación incluye comunicación, en cambio comunicación no conlleva necesariamente la conversación. Si nos preguntáramos de qué manera desplegar la conversación en una organización es seguro que se nos ocurrirían metodologías y escenarios distintos a los que se proponen en los actuales planes de comunicación.
Ante esto uno no puede dejar de preguntarse porqué se sigue optando por utilizar unas determinadas palabras y se encuentran poco serias, inadecuadas o se hace caso omiso de las otras y mucho me temo que todo apunta, penosamente, a las mismas hipótesis que nos formulamos para la aluminosis que padece el management actual:
- La necesidad de invisibilizar el componente emocional de todo aquello a lo que se quiera dotar de cierta objetividad. Lo cual va asociado a negar su inevitable relación y responsabilidad en cualquier proceso de toma de decisiones humano.
- La penosa tendencia a confundir practicidad con simplificar la diversidad, ignorando la abundancia de recursos y desaprovechando la inercia natural que conllevan los ecosistemas semánticos.
- Y la necesidad imperiosa de gestionar el momento, manteniendo las apariencias por encima de cualquier cosa, salvando las formas y sacrificando ominosamente la función.
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La pintura del principio corresponde a la adolescencia de Raleigh por Sir John Everett Millais [1870] Un marinero cuenta al joven Sir Walter Raleigh y a su hermano una historia sobre el mar.










