Escribir
un elogio del aburrimiento puede parecer en realidad algo extraño y
extravagante. El aburrimiento tiene tan mala prensa como la lentitud, el
silencio, la soledad buscada o el hecho de no hacer nada. Lo vivimos como una
molestia, como un estado del que conviene salir cuanto antes. De hecho, buena
parte de nuestra vida cotidiana parece organizada precisamente para evitarlo.
La
propia Real Academia Española lo define como un “cansancio del ánimo originado
por falta de estímulo, diversiones o distracciones”. Como si la ausencia de
estímulos fuera, por definición, una carencia.
Pero
¿aburrirse es realmente el problema? ¿Y si fuera simplemente algo que nos han
enseñado o que hemos aprendido a interpretar así? Quizá el verdadero problema
no sea aburrirse, sino nuestra incapacidad para permanecer en el aburrimiento
el tiempo suficiente como para descubrir que, detrás del aburrimiento, quizá no
haya vacío, sino simplemente algo que todavía no hemos aprendido (u olvidado) a
habitar.
Quizá
una de las claves esté escondida en una palabra que utilizamos con absoluta
naturalidad: el pasatiempo.
No
hablamos de vivir el tiempo, ni de disfrutarlo, ni de permanecer en él.
Hablamos de pasatiempos. La propia palabra parece sugerir que su función
consiste en hacer que el tiempo pase sin que apenas advirtamos su transcurso.
Decimos
que queremos aprovechar el tiempo, pero muchas veces lo que buscamos es dejar
de experimentarlo. No es casualidad que muchas de nuestras expresiones apunten
en la misma dirección: matar el tiempo, hacer tiempo o pasar el tiempo. Casi
todas convierten el tiempo en algo de lo que hay que deshacerse. Muy pocas nos
invitan a permanecer en él.
Quizá
por eso un buen pasatiempo sea aquel que consigue que perdamos la conciencia de
los minutos. Como cuando un viaje se nos pasa sin darnos cuenta o como cuando
dormimos: el tiempo sigue transcurriendo, pero deja de formar parte de nuestra
experiencia consciente.
El
aburrimiento produce justamente el efecto contrario. Cuando uno se aburre, cada
minuto pesa. El reloj parece detenerse. El tiempo se hace denso. Y precisamente
por eso resulta molesto, hasta el punto de llegar a considerarlo insoportable.
Pero esa
incomodidad puede ser la puerta de entrada a otra manera de relacionarnos con
el tiempo. No un tiempo que hay que consumir, acelerar o hacer desaparecer,
sino un tiempo que simplemente puede vivirse tal cual.
El
resultado de esta manera de sufrir el tiempo es que hemos ido perdiendo la
capacidad de aburrirnos.
En
cuanto aparece el menor indicio de aburrimiento buscamos un estímulo que lo
haga desaparecer. Sacamos el teléfono, ponemos música, abrimos una
conversación, consultamos las redes sociales o encendemos la televisión. Casi
sin darnos cuenta, hemos aprendido a no dejar que exista ningún espacio vacío.
Aburrirse
también es una habilidad. Como escuchar, esperar o contemplar. Exige resistir
el impulso de llenar inmediatamente cualquier vacío. Supone permanecer el
tiempo suficiente con uno mismo para que el aburrimiento deje de ser
aburrimiento. Porque puede que este estado no sea un punto final. Como ya hemos
intuido, puede que sea simplemente el umbral de algo a lo que no le damos el
suficiente tiempo para aparecer. Un portal que nunca llegamos a atravesar.
¿Qué
ocurre cuando, en lugar de huir del aburrimiento, decidimos quedarnos ahí?
Seguramente
no existe una única respuesta.
Desde
luego, no siempre aparecen cosas agradables. A menudo surgen preocupaciones que
habíamos logrado acallar, asuntos pendientes, dudas o esa rumiación que
llevamos tiempo posponiendo. Probablemente por eso sentimos la necesidad
urgente de distraernos con cualquier cosa. No solo huimos del aburrimiento,
sino también de todo aquello que este deja al descubierto.
Pero
también puede que no ocurra nada. Que no aparezca una gran idea. Ni alcancemos
ninguna revelación. El tiempo sigue pasando lentamente y nosotros seguimos ahí.
Y puede
que sea precisamente en este punto donde radique la dificultad. Hemos aprendido
a valorar el tiempo por lo que produce, no por la forma en que lo vivimos: por
eso la contemplación nos parece una pérdida de tiempo, la espera una
incomodidad y el aburrimiento un fracaso.
Tal vez
ahí resida precisamente el aprendizaje. En aceptar que no todo momento necesita
ser legitimado por producir algo. Que permanecer sin hacer nada también tiene valor,
aunque no suceda nada extraordinario. Que no todo tiempo necesita transformarse
en creatividad, productividad o autoconocimiento para ser un tiempo plenamente
vivido.
Acaso
sea por eso por lo que el aburrimiento tiene tan mala reputación. Vivimos en
una cultura que valora sobre todo aquello que transforma el exterior.
Apreciamos lo que produce, lo que avanza, lo que genera resultados visibles.
Incluso el descanso parece necesitar una justificación: descansamos para rendir
mejor, porque nos lo merecemos; paseamos para mantenernos en forma, meditamos
para reducir el estrés, leemos para aprender algo. Como si no pudiera existir
un tiempo valioso que no aspirara a producir ningún resultado.
Y, sin
embargo, quizá algunas de las experiencias más importantes de la vida
pertenecen precisamente a esa categoría de cosas que no producen nada
inmediatamente. No porque sean inútiles, sino porque su valor no puede medirse
desde la lógica de la utilidad.
Puede
que la mayor pérdida no sea haber olvidado cómo aburrirnos, sino haber olvidado
cómo estar con nosotros mismos.
Cada vez
resulta más difícil permanecer unos minutos sin buscar una distracción. Como si
la propia compañía no bastara. Como si necesitáramos que algo sucediera
constantemente para sentir que el tiempo está siendo bien empleado.
No creo
que el aburrimiento sea el remedio para nada. Pero sí sospecho que integrarlo
en nuestras vidas nos devuelve una posibilidad que hemos ido dejando atrás:
permanecer presentes sin necesidad de ocupar cada instante, aceptar que no todo
silencio tiene que romperse.
No creo
que sea fácil, y probablemente nunca consigamos reconciliarnos del todo con el
aburrimiento. Pero puede que merezca la pena resistir el impulso de llenarlo.
Recuperar así una forma de atención distinta: menos impaciente, menos ansiosa
por obtener algo, más dispuesta a simplemente estar.
Tal vez
eso sea, al fin y al cabo, una parte esencial de lo que denominamos vida
interior.
--
En la
imagen, una pintura de R. Casas (1900)


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