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martes, 23 de septiembre de 2025

Liderazgo relacional: ¿Tiene algún sentido seguir hablando de ello?


Hace más de una década que imparto clases de liderazgo relacional a profesionales del ámbito del asesoramiento político. Mi participación se inició en un momento en el que parecía que este enfoque encajaba de manera natural con las dinámicas emergentes: se hablaba de abrir la gobernanza, de implicar a los agentes sociales, de incorporar la voz de la ciudadanía y de impulsar valores de colaboración. Era un clima en el que el liderazgo relacional se presentaba como la opción evidente.

 

Este año, sin embargo, me he visto en el dilema de preguntarme si todavía tenía sentido insistir en ello, dadas las condiciones políticas y sociales actuales a nivel mundial. Porque el escenario ha cambiado de forma vertiginosa. Hoy, apostar por el liderazgo relacional puede sonar incluso a gesto contracultural y uno se arriesga a que lo miren con cara de ¿qué me estas contando?

 

Conviene aclarar qué entendemos por liderazgo relacional. Como es de imaginar, no es un estilo que se base en la autoridad jerárquica ni en la imposición del relato, sino en la construcción de vínculos sólidos que permitan afrontar retos colectivos. Es un liderazgo que pone en el centro la calidad de las relaciones: cómo se comparte el poder, cómo se distribuye la voz, cómo se generan dinámicas de confianza y cómo se cuida la reciprocidad. En lugar de centrarse en controlar a las personas, busca crear las condiciones para que trabajen juntas de manera sostenible, confiable y corresponsable.

 

Pero, vivimos un tiempo en el que la palabra “ganar” se asocia a impactos inmediatos: titulares, control del relato o victorias electorales rápidas. En este contexto, el liderazgo relacional puede parecer poco efectista: no busca brillos instantáneos, sino legitimidad sostenida, confianza acumulada y adhesiones que resisten el paso del tiempo y las crisis.

 

La libertad, por ejemplo, se ha vaciado de su sentido comunitario para convertirse en un comodín al servicio de intereses particulares. Como advierte Joseph Stiglitz en Camino de libertad (2024), el término ha sido secuestrado por usos ideológicos que justifican desigualdades en lugar de ampliarlas, erosionando así el bien común y dificultando los pactos. El liderazgo relacional responde redefiniendo la libertad en clave de obligaciones compartidas: reglas que amplían la libertad colectiva, como sucede con la semaforización en el tráfico o con los estándares de transparencia que protegen a todos.

 

La desigualdad se ensancha y deja a la ciudadanía en posición de espectadora. La precariedad convierte el miedo en emoción dominante y favorece el refugio en liderazgos de protección inmediata y soluciones fáciles. Son respuestas que ofrecen calma en el corto plazo, pero que rara vez generan confianza duradera ni abren horizontes de transformación. El liderazgo relacional, en cambio, solo puede sostenerse si garantiza seguridad psicológica y compromisos mínimos de cuidado: tiempos previsibles, canales de escucha, reglas claras de trato y reparación.

 

Se premia la visibilidad por encima de la contribución, se normaliza la ética instrumental y el cortoplacismo social erosiona la paciencia necesaria para sembrar vínculos duraderos. Incluso la persona y sus derechos corren el riesgo de quedar reducidos a recursos útiles para agendas de poder.

 

En este marco, insistir en el liderazgo relacional puede parecer ir a contracorriente. Y sin embargo, es precisamente aquí donde cobra todo su sentido. Porque este tipo de liderazgo no se sostiene en modas ni en métricas de corto plazo, sino en principios éticos: cuidar los vínculos, redistribuir voz además de recursos, ritualizar la reciprocidad, situar a la persona en el centro y hacer de la integridad una práctica verificable.

 

Si en otros tiempos el liderazgo relacional podía presentarse como opción evidente, hoy se revela como opción necesaria. No porque los tiempos lo favorezcan, sino porque sin él, el desgaste institucional, la fragmentación social y la desconfianza seguirán creciendo. Y porque, en última instancia, gobernar desde el ego-sistema es una carrera hacia el agotamiento, mientras que hacerlo desde el eco-sistema es la única manera de perdurar.

 

En este sentido, cabe reconocer que sin liderazgo relacional la comunicación política corre el riesgo de seguir el camino de degradarse en propaganda y el marketing político en manipulación. Frente a los liderazgos de protección inmediata y las soluciones fáciles, el liderazgo relacional propone un camino más exigente pero también más duradero: cultivar vínculos, sostener la confianza y construir legitimidad compartida.

 

Por eso, después de tantas dudas, he llegado a la conclusión que sí: sigue teniendo todo el sentido impartir esta sesión de formación. Porque en un tiempo marcado por la desconfianza, convertir el liderazgo relacional en objeto de reflexión y de práctica es, en sí mismo, una herramienta de activismo. Una forma de resistir la crisis de confianza actual y de contribuir modestamente en la siembra de un horizonte político más ético, más sostenible y, en definitiva, a la altura de lo verdaderamente humano.



lunes, 14 de agosto de 2023

Comunicación pública efectiva, confianza, tiempo y paciencia

 

La comunicación efectiva es aquella en la que el mensaje cala en aquellas personas a las que se dirige y tiene capacidad de influir en su toma de decisiones, si no es así, si el mensaje llega, pero no se tiene en cuenta como algo válido, entonces este se olvida o, lo que es peor, puede consolidar opiniones preexistentes, contrarias y resistentes a lo que se está emitiendo. Así pues, se necesita receptividad para que la comunicación sea efectiva.

Para que una persona sea receptiva a lo que está escuchando, se requiere confianza en el emisor, esto es, que se le considere alguien o algo que no pretende manipular al auditorio hacia sus propios intereses mediante una información que se considera amañada, falsa y poco relevante o contraria a lo que se entiende por “sentido común” que no es otra cosa que  “los intereses personales” tomados por “generales”.

Para que sea posible esta confianza en el emisor, han de darse una serie de variables entre las que se encuentran, claro está, la fiabilidad de la fuente y la del propio emisor, es decir, que el mensaje provenga de alguien que sabe de lo que habla porque dispone de datos recientes y objetivos que avalan su relato. Pero, esto no siempre es posible porque, a menudo, la objetividad de los datos es difícil de comprobar y, los criterios para interpretarlos, imposibles de valorar si no se dispone de la formación o de la posición del emisor y es entonces cuando no es tanto la fuente o el perfil del emisor sino lo que se le intuye o se le quiere suponer, lo que determina la validez de su mensaje.

Otro aspecto relacionado con la confianza es la coherencia, es decir, poder trazar una correspondencia directa entre lo que dice y lo que pasa después, ya sea porque ha sucedido algo que ha anticipado o advertido, o porque esta persona actúa o ha actuado conforme a lo que ha dicho. Pero, cómo sabemos, hay muchas situaciones en las que, por falta de tiempo, se exige fiarle la confianza a alguien, y entonces se confía porqué oímos lo que queremos escuchar o porqué las maneras de aquella persona nos recuerdan a alguien en el que hemos confiado; este alguien puede ser una persona en concreto o una manera de ser que remite a una tipología de personas que despiertan estas sensaciones de confianza, pongamos por ejemplo las figuras paternales o alguien que encaja en el estereotipo jovial y campechano del que no cabe sospechar malas intenciones, un perfil que se conoce de sobras en la política española. Obviamente también sucede lo contrario y hay personas que generan desconfianza porque recuerdan a otras a las que se asocian experiencias o sensaciones negativas.

Un aspecto, íntimamente relacionado con el anterior, es el grado de simpatía o antipatía que genera la persona que comunica, algo que normalmente está vinculado no tan sólo a quien nos recuerda o a lo qué dice, sino a cómo lo dice y aquí es donde entran otros elementos de la comunicación como el timbre, el tono o el lenguaje corporal. Conocemos casos de personas que no logran colocar un mensaje fiable, coherente y necesario por dar la impresión de estar continuamente enfadadas o riñendo y, respecto a la vestimenta, es un clásico que complementos como la corbata aparezcan o desaparezcan en las campañas políticas según el público al que se dirigen.

Pero en todos los casos, incluso cuando se fía la confianza a aspectos puramente intuitivos, la construcción de una relación real de confianza requiere de tiempo para poder afianzarla con demostraciones que convenzan de la bondad [subjetiva] de las intenciones de quien comunica y abran la puerta a ganar en receptividad e influencia en el futuro.

En definitiva, el tiempo es la variable fundamental para que cualquier cosa pueda suceder, si se administra adecuadamente, es decir, si se le dedica el tiempo necesario y su administración está garantizada por la paciencia y la contención de la ambición de quien comunica.

Ejercitar la paciencia y poner límites a la ambición es clave en cualquier actividad, sobre todo en aquellas que tienen que ver con el logro de objetivos complejos y, ganar en confianza para garantizar la efectividad en la comunicación pública, lo es.

Los objetivos de comunicación han de estar alineados con el tiempo del que se dispone y, este tiempo, está muy relacionado con la capacidad de un auditorio para asimilarlos.

La impaciencia es uno de los factores más importantes por los que, en comunicación pública, algunas formaciones políticas, no tan sólo no generan confianza, sino que provocan oportunidades para que otros, se aprovechen de este factor y aviven la desconfianza hacia ellas.

Algunas consignas básicas para comunicar efectivamente en público:

  • Observa al auditorio y no irrumpas en su ecosistema cognitivo con un discurso que le aleje demasiado de su zona de confort.
  • Utiliza un lenguaje llano y cercano, evitando el rasgo narcisista de necesitar dejar claro lo que eres y lo que sabes.
  • La comunicación pública exige de pedagogía y está sujeta a las leyes del aprendizaje, por lo tanto, no hay que apresurarse a ofrecer soluciones que no se piden, ni proclamar necesidades que no son aún reconocidas como tales, es importante aproximarse poco a poco, primero sintonizar con el público, alineándose con sus prioridades y ampliar progresivamente el relato a medida que se va adquiriendo confianza.
  • Demuestra sinceridad abriendo el mensaje y explicando, claramente, las ventajas y riesgos de lo que estás diciendo, lo que puedes asegurar y lo que no puedes y el porqué de la apuesta por lo que propones.
  • Calcula el impacto de las palabras y de las construcciones verbales, imagina qué sensaciones despertarán en tu auditorio y si se entenderán tal y cómo tú quieres o si, por el contrario, pueden inducir a otros significados no deseados. Escoge con atención los términos y conceptos que vayas a utilizar y ten en cuenta el uso que, de lo que digas, pueden hacer aquellas personas, instituciones y organismos que compitan contigo.
  • Una sonrisa genera más simpatía y conexión que una bronca, sin necesidad de caer en formas azucaradas, es aconsejable transmitir serenidad, posibilidad, seguridad y equilibrio para generar confianza.

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Imagen de Gerd Altmann en Pixabay