Quizás sólo se trate de una regresión a los ocho años, que es, aproximadamente, la edad en la que quedé, por primera vez, maravillosamente fascinado ante la capacidad de la bolsa de viaje de la protagonista y prendado de la facilidad con la que se desplazaba de la realidad al fantástico mundo de los dibujos animados. O puede que sólo sea un efecto psicodélico colateral debido a la cantidad de veces que la he llegado a ver, con mi hija primero y con mi hijo después, pero, sea por lo que sea, en Mary Poppins veo una metáfora de la consultoría de a pié, que me atrevo a compartir con todas aquellas personas capaces de superar el posible prejuicio ante la versión caramelizada que la factoría Disney realizó del maravilloso personaje creado por Pamela Lyndon Travers.
Un padre tradicional, absolutamente obcecado en su carrera profesional, y una madre poco convencional, enredada en batallas sufragistas, subrogan el cuidado y educación de sus hijos a profesionales externas, las cuales fracasan una y otra vez ante la tentativa de disciplinar a los niños.
En una de estas, el padre, en un subidón patriarcal, decide tomar cartas en el asunto y contrata a alguien un poco particular que, y eso es importante, se compromete a dar respuesta al problema, acatando su autoridad pero sin subordinar, por ello, ni la relación laboral ni el método y transformando la demanda formulada por esa familia en un proyecto de intervención, con un principio y un final.
A partir de aquí, la profesional se desenvuelve de una guisa muy particular y para nosotros algo conocida, evaluando, introduciendo y formando en nuevas metodologías de trabajo totalmente orientadas a las personas y a la mejora de sus condiciones de vida, influyendo en la percepción de su entorno y fomentando valores basados en la responsabilidad social y en la cooperación, facilitando soluciones a medida, implicando a todos en el cambio para que éste pueda darse en cada una de sus partes y echando mano de la consultolabia, aunque sea un poco.
El resultado podría ser un ejemplo de trabajo bien hecho en la gestión del cambio organizativo; de cómo la demanda suele ser, tan sólo, la punta del iceberg de lo que se requiere, de cómo el proyecto ha de concluir con la independencia del cliente respecto del consultor y de que éste ha de partir a la búsqueda de nuevos proyectos donde aportar valor.
Si tuviera que elegir una patrona para la consultoría creo que sería Mary Poppins la que llamaría a mi puerta después de haber barrido, de un soplo, la cola de posibles candidatas al puesto y haberse empolvado graciosamente la nariz.






