Hay
quien se pregunta del por qué las organizaciones pueden resistirse a algo tan
obvio como la necesidad de gestionar y aprovechar el conocimiento experto de
sus profesionales.
Lógicamente,
la primera respuesta que viene a la cabeza como opción razonable es la falta
de tiempo, hay demasiadas cosas por hacer, más que el tiempo que se dispone
para hacerlas, y no deja de ser cierto.
Da
igual lo ocupados que estemos, sea lo que sea que tengamos que hacer, la
realidad es que ya nos hemos quedado sin tiempo.
Si
alguien, importa poco que sea conocido o no, al cruzarse con nosotros nos
pregunta si tenemos un momento, nos sale de improviso un "no tengo
tiempo" que emerge espontáneamente, como un resorte automático, sin
averiguar siguiera cuanto tiempo requiere ese "momento”, ni el tiempo que
podemos ofrecer. Porque, al margen de lo ocupados que estemos, en realidad nos
hemos quedado, mentalmente, sin tiempo para nada y ya sabemos que es la
mente la que determina la realidad, lo que es cierto y lo que no, del mundo en
el que vivimos.
Esta
falta crónica de tiempo es de difícil solución, ya que no se trata de un problema
que tenga alguien sino de uno de los rasgos que caracterizan el momento actual
en el que vivimos, quizás uno de los más importantes, si no el más importante
de todos, tal y como nos advierten observadores del Sistema como Byung-Chul Han, Daniel Innerarity, Robert Poynton o Luciano Concheiro, entre otros.
La
gestión del cambio organizativo, sobre todo de aquel que concierne a ámbitos
dependientes del "factor humano", como la Gestión del Conocimiento,
esta especialmente afectado por esta permanente falta de tiempo.
La
necesidad imperiosa de brevedad que empuja a exigir y esperar lo máximo en el mínimo
tiempo posible, genera una impaciencia que tolera poco la frustración ante la
no obtención de resultados inmediatos.
No
creo exagerar si afirmo que, se espera que los hábitos y creencias de las
personas o la misma cultura de la organización cambien con un chasquido de
los dedos, ya que no se dispone del tiempo necesario para que las cosas
maduren siguiendo su propia naturaleza, esta es una realidad a la que nos enfrentamos
continuamente aquellos y aquellas que nos dedicamos a proyectos de
transformación o cambio organizativo.
Al
margen de las ventajas, en términos de maniobrabilidad, que ofrecen, este es
uno de los principales atractivos de las metodologías ágiles de gestión de
proyectos, el de crear el espejismo de poder obtener resultados rápidos que
sacien la voracidad de inmediatez que caracteriza el momento actual.
Pero
afirmar, como he hecho hasta ahora, que no tenemos tiempo para nada, no es del
todo cierto, de hecho, siempre prestamos atención o estamos haciendo algo para
lo cual sí tenemos tiempo.
A
qué se debe que tengamos todo el tiempo para unas cosas y nada para otras es,
quizás, como ya atisbaba Michael Ende, la clave para entender el
momento actual, pero es muy probable que una de estas causas sea la importancia
que tiene para la persona o para la organización, aquello que requiere de su
tiempo, porque, esta claro que, para aquello que se cree importante, siempre
hay tiempo.
Y,
alerta, conviene tener en cuenta que cuando se dice "importante"
significa lo que es "realmente" importante, y no "algo que
debería importar, pero realmente no importa tanto como otras cosas".
EL PODER DE UNA CONVICCIÓN
Más
que el propósito o los resultados esperados, uno de los elementos que
determinan la vivencia e inversión de tiempo es la convicción que se
tenga sobre la necesidad y las posibilidades de aquello sobre lo que se
apuesta.
La
convicción determina, la capacidad de espera, la tolerancia a la frustración y,
en consecuencia, la persistencia en la consecución del objetivo. La convicción
es la fuente de la esperanza y, la esperanza es tiempo.
Cuando
no se está realmente convencido, hay menos capacidad de riesgo y cualquier
apuesta de tiempo -o de otro recurso- está sujeta a la obtención de resultados
inmediatos. La mínima contrariedad despierta todas las sospechas, invalida el
propósito o el medio para lograrlo y, lo peor, genera una falsa creencia, un
prejuicio, sobre la necesidad de cambio.
Dedicar
tiempo, aunque sea poco, a impulsar mecanismos estratégicos sin una fuerte
convicción sobre su necesidad y sobre sus posibilidades reales, es la forma más
común de perder, realmente, el tiempo, viene a ser como querer dar un gran
salto de longitud y emprender la carrera dudando de la posibilidad de
conseguirlo, el final es fácilmente previsible.
El
mejor antídoto contra la impaciencia causada por el síndrome #notengotiempoparanada
es la convicción, dedicar atención a construirla informándonos, comprobando
qué de nosotros se resiste a interiorizarla, cuanto de racional o de emocional
hay en este rechazo, hasta adoptarla como propia, es una de las mejores formas
de invertir el tiempo y de no perderlo poniendo a prueba ideas, metodologías o
proyectos en los que no creemos.
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En
la imagen:
"Alicia:
¿Cuánto tiempo es para siempre?
Conejo
blanco: A veces, sólo un segundo.“
[Alice's
Adventures in Wonderland]