Veo cómo todo aquello que relacionamos con la palabra respeto converge en el concepto de otorgar a algo el carácter de “único” y, por lo tanto, formando parte de una diversidad que le da, a su vez y como en un bucle infinito, todavía más unicidad.
Y es que respetar no es otra cosa que tener la consciencia, y actuar en consecuencia, de que cada cosa y cada cual tienen su razón de ser, al margen de lo que decidamos o quisiéramos que fueran para cada uno de nosotros.
Es por eso que, la evidente dificultad que tienen las personas por contener la necesidad de decidir el destino de otras personas y, en general, de todo aquello que esté a su alcance, es realmente un problema, ya que, dar por supuesto que algo o alguien está fuera de lugar cuando no está donde queremos que esté, es una de las manifestaciones más irritantes de la falta de respeto con la que cada uno puede regalarse diariamente.
Referido a las relaciones interpersonales, cabe añadir a esta definición que el respeto consiste en considerar que una persona siempre tiene un motivo poderoso que ha determinado, en un momento dado, cualquiera de sus actuaciones. Que no es otra cosa que la extensión de que cualquier hecho tiene su propia razón de ser, al margen de nuestras propias conveniencias respecto de su existencia.
Aplicar este concepto altera de manera significativa multitud de juicios de valor y calificaciones que normalmente se emiten y se dejan caer despreocupadamente sobre la identidad de las propias personas, para pasar a juzgar tan sólo sus respuestas en términos de conveniencia personal, del equipo, de la organización o de la sociedad.
En el día a día de las organizaciones muchos vagos, irresponsables, desmotivados, lentos, enrocados, etc., dejarían automáticamente de serlo si se musculase mínimamente, en su cultura organizativa, la capacidad de respetar a las personas, dejando de adjetivarlas en función de sus actitudes y respuestas por parte de otras personas que, ignorando las circunstancias de cada uno, suelen tomarse a sí mismas y a sus propias motivaciones como el referente de lo que ha de interpretarse como lo normal y adecuado.
Es evidente que, hoy por hoy, el respeto por las personas, tal y como lo tratamos aquí, no es conditio sine qua non para ejercer el liderazgo, sino tan sólo un rasgo aislado que presentan algunos [pocos] y que, además, tiene muchas posibilidades de ser interpretado como una debilidad.
Es por eso que cabe preguntarse cómo sería la vida en nuestras organizaciones, cómo funcionarían nuestros equipos, cuál sería la calidad de nuestras relaciones interpersonales, cómo se reflejaría todo en la productividad, si ese concepto tan reclamado por todos y cacareado a los cuatro vientos como lo es el respeto, fuera realmente un valor impulsado indiscutiblemente desde el liderazgo. O quizás no... y sólo se trata de una pregunta tonta…





