viernes, 8 de septiembre de 2017

Ser sin anhelar


La obsesión por decidir lo que ha de ser el Mundo y transformarlo según nos parezca o convenga, viene de largo. Ya el principal texto del que brota la cultura judeocristiana en la que, con más o menos consciencia y acuerdo, estamos todos inmersos, explica que una de las primeras acciones que hizo el Hombre fue la de poner nombre a todos los animales. Y, por lo que se intuye en el texto, no parece que el Hombre, en toda su reciente y desnuda adultez, tuviera en cuenta el parecer de los solícitos animales de entonces, no. Da toda la pinta de que, en su flamante rol de taxonomista, lo que pretendía era comprender y con ello someterlo todo al dictado de su palabra. La cuestión es que, con esa actuación, el Hombre, dejó de pertenecer al Mundo como un miembro más para pasar a tomar, desde aquel momento, posesión sobre él.

El cambio, la mejora, la evolución, el desarrollo o la innovación son los términos con los que promovemos, alentamos y justificamos actualmente la actividad transformadora en la que continuamos inmersos. Como apunta François Jullien, la voluntad de alterar el curso natural de las cosas está en la base del modelo de planificación occidental y aquello en los que nos ocupamos suele ser la principal seña de identidad con la que nos damos conocer. No hace mucho, en un encuentro de carácter lúdico, las personas convocadas se presentaron aludiendo a su profesión aunque ésta no tuvieran nada que ver con el motivo por el que habían sido convocadas, el hecho fue considerado normal y todos se dieron por presentados de la manera más natural.

Transformar el Mundo, ya sea éste con mayúsculas o en las minúsculas del mundo de cada cual, es para muchas personas la única razón de existir y el factor con el que seguramente evalúan y se creen evaluadas, en términos de éxito o fracaso, a lo largo de una vida hasta el final de sus días.


Es una posibilidad en la que vivir, pero no la única. Volviendo al ejemplo bíblico del principio, se me ocurre que los niños, libres de la necesidad de proyectar la sombra de su Yo en el mundo, en sus primeros balbuceos, denominan a los animales imitando los sonidos con los que estos se expresan y así los perros son “guaus” y los gatos “miaus”, no hay imposición, hay aceptación.

Y es como si hubieran dos maneras de vivir una vida, aquella en la que derramamos nuestro Yo buscando transformarlo todo en aquello que deseamos y otra en la que esforzándonos por tomar consciencia de la maravilla que nos rodea, tan sólo aspiramos a inhalarla para ser el mundo en el que vivimos. Como concluye Pablo d'Ors: “No aspiro a contemplar, sino a ser contemplativo, que es tanto como ser sin anhelar”.


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La primera imagen corresponde a The Garden of Eden with the Fall of Man or The Earthly Paradise with the Fall of Adam and Eve [1617] de Peter Paul Rubens [las figuras] y de Jan Brueghel the Elder [la flora y la fauna].

La segunda imagen corresponde a una obra de Andrew Wyeth: “Wind from the Sea" [1947].


4 comentarios:

  1. No sé… creo que el mundo nos transforma por más que creamos lo contrario. Y más aún si somos capaces de acercarnos a esa aspiración de “ser contemplativos” perseguida por d`Ors. Para mí la cuestión es si sabemos disfrutar del proceso de interacción.

    Tras leer el post he rescatado alguna de esas (raras) etapas en las que he conseguido ser “contemplativa” y soy consciente de esa interacción transformadora pero debe haber algo en mi ADN que me empuja porque me ocurre, dicho con toda humildad, lo que decía María de Maeztu: “No me basta con ser, tengo que hacer”.

    Está claro que yo no he sido capaz de elegir :-) pero gracias por esta inspiradora reflexión Manel. Un abrazo.

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    1. Claro que lo has hecho, Isa. Se desprende directamente de tu comentario y estoy convencido de que coincidimos en que si se hace en libertad, cualquier elección, en principio, es buena. El post tan solo recuerda que hay otras posibilidades en las que vivir. En mi caso creo que voy a trabajarme esa posibilidad, para mí, recién descubierta, ya te contaré ;-)

      Y gracias a ti por la interacción tan viva y rica con la que regalas a este blog.

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  2. Post muy sugerente para iniciar el curso.
    La palabra como medio para aprehender y comprender la realidad me parece especialmente atrayente. Este verano leía un artículo que hacía referencia a cómo las construcciones metafóricas, útiles y eficaces para comprender realidades complejas, escondían una sesgada intención transformadora. Así hablar de la crisis económica en términos de ser vivo que “sufre depresiones” “estados de recuperación” o “contagios” evita de forma subliminar personalizar responsabilidades en el proceso. O la repetida explicación científica del espermatozoide, ”ágil”, “veloz”, “activo”, que “atrapa al óvulo” siempre a la “espera” o que “viaja sin rumbo” por la Trompa de Falopio, tiene connotaciones de otras historias, también perpetuadas, como la “bella durmiente despertada por el beso del príncipe”.
    Pensaba entonces y ahora que es muy difícil librarnos de un interesado afán transformador. Pero mejor orientar ese cambio de forma consciente.

    Un abrazo grande, Manel, y gracias por compartir generosamente espacio e inquietud.

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    1. Muy interesante esta aportación Elena, el análisis del discurso revela los micromecanismos con los que sesgamos nuestra percepción de cualquier cosa, continuamente.

      Personalmente veo muy enriquecedor liberarse del “afán” transformador y me apetece apostar por ello. Creo que la manera es tal cual la apuntas tú y tan difícil como sencilla. Probablemente se trata de ser coherente y no buscar cambiar, de no querer transformarse en alguien distinto de los que se es, sino de, simplemente, tomar consciencia y “mirarnos mirar”, de “observar al observador”… ;)

      Muchísima gracias por pasar y compartir, Elena. Siempre se aprende contigo. Un abrazo!

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