miércoles, 6 de junio de 2012

Una de emprendedores

Recientemente un grupo de consultores [colegas y amig@s] decidieron organizar unas jornadas para impulsar un proyecto que podía suponer el establecimiento de una relación de colaboración a medio, largo plazo.

Como ellos cuatro debían estar al cien por cien centrados en los objetivos de la reunión, me propusieron que fuera yo quien la condujese, a lo que accedí gustosamente simplemente por tener la ocasión de compartir este momento inicial y aprender, realmente, de la experiencia.

Se daba la situación curiosa de que todos se hallan en puntos geográficos distantes y, aunque se conocían en mayor o menor grado a partir de su actividad en la red, la gran mayoría no habían tenido, hasta esta reunión, ningún encuentro presencial. Todas las conversaciones habían sido realizadas, hasta entonces, mediante otros canales, fundamentalmente el de la teleconferencia.

Llegado el primer día y después de las presentaciones se decidió llevar a cabo una actividad que permitiese exponer las expectativas de cada uno respecto al futuro de esta relación y que además sirviera para crear una historia del proyecto a partir de la cual poder rescatar las diferentes motivaciones y hacer emerger los valores que animaban a los miembros del grupo a emprenderlo.

Para ello se pensó en dedicar un tiempo a que, cada uno de ellos, por separado, pudiera escribir un cuento que narrase la historia a largo plazo de este equipo y que proyectase un futuro tan realista o fantástico como quisieran, desde el mismo momento en que cada uno salió de su casa para dirigirse a esa reunión.

Una vez se hubieron escuchado todos las narraciones, se escogió una de ellas como base a la que incorporar las ideas que se querían resaltar de las demás y el resultado fue una historia normalita, con su principio prudente y su tensión creciente hasta que, como suele suceder, se genera un aprendizaje que determina allá, hacia el final, una resolución abierta en la que se puede oler, fresca y reconfortante, la brisa del éxito por parte de un equipo que suele llegar cansado como para poder disfrutarla en toda su plenitud.

Es muy probable que tan sólo se trate de una proyección mía, pero ante este resultado, me pareció como si las tensiones y dificultades que se predecían atrajeran e hicieran emerger viejos recuerdos y sensaciones y que una chispa de pereza por iniciar una aventura en conjunto pudiera prender y apoderase súbitamente del ánimo de cada uno.

Un tanto desconcertado por el rumbo que podía tomar la actividad y temiendo que los resultados no fueran del todo útiles a los propósitos de la reunión comenté:

- ¿Y esto?… ¿Os sirve para algo?

A lo que uno de ellos respondió:

- ¡Claro que sí! ¿Cuántas veces hemos deseado volver hacia atrás en el tiempo sabiendo lo que sabemos ahora? Pues esta vez lo podemos hacer, tenemos la oportunidad de reescribir el relato sobre nuestro futuro a partir de los aprendizajes de esta historia que acabamos de elaborar.

Y así lo hicieron, como si de un viaje en el tiempo se tratara, volvieron al principio y, a partir de los aprendizajes obtenidos en la superación de aquellas adversidades ficticias, reescribieron una magnífica historia que, estoy seguro, será contada una y otra vez: Once upon a time…

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El método en sí mismo y en su totalidad me parece muy interesante como forma alternativa, sencilla y divertida de abordar las manidas visiones a las que nos tiene acostumbrados la metodología clásica de planificación.




viernes, 1 de junio de 2012

Neuras

Es un hecho indudable que lo “neuro” está de moda y también es más que probable que en poco tiempo deje de ser un prefijo que signifique alguna cosa debido a la facilidad con la que vampirizamos las palabras y las desecamos mediante un uso generalizado e indiscriminado de ellas, desproveyéndolas de cualquier significado concreto y clarificador que pudieran tener en un momento dado.

Lo cierto es que lo neuro parece haberse instalado como una manera de vestir cualquier disciplina con un hábito de verdad irrefutable. Es como un “oiga que no se trata de una elucubración filosófica más, sino que se desprende de la realidad descarnada de nuestro cerebro y como el resultado inevitable de nuestras sinapsis”, algo mucho más cierto que cualquier otra verdad empírica ya que no hace referencia a nada que necesite materializarse en el plano real sino a algo que se supone que existe por hallarse tan sólo en las cimas de las circunvoluciones o en las profundidades más oscuras de nuestros surcos cerebrales.

Hace poco le oía decir a Kathinka Evers, que el lado bueno de esta moda reside en que por fin se saca el cerebro del armario y se le reconoce la importancia capital que tiene en lo que somos, en cómo nos relacionamos, en lo que queremos ser y en el mundo que construimos, algo que me pareció tan revelador a la par que obvio, como puede serlo el reconocerles a los ojos su importancia en la percepción del mundo que vemos. Pero la verdad es que las cosas son así, en cuanto al conocimiento se refiere, lamentablemente vamos con unos cuantos años de retraso respecto de lo que realmente sabemos.

Personalmente, en este tratamiento que se le está dando a lo neuro, hay algunos matices que considero en mayor o menor grado inquietantes y, en algunos casos, incluso irritantes:

Uno es la ligereza con la que se utiliza el prefijo neuro en algunos modelos explicativos de base científica inestable y con una más que cuestionable correlación neurofisiológica. Modelos a todas luces orientados a comercializar una psicología fácil entre almas fácilmente sugestionables que aspiran a simplificar, en un puñado de fórmulas, los más íntimos resortes del comportamiento humano.

Otro es el empobrecimiento de algunos discursos expertos por la vulgarización y utilización innecesaria de argumentos de corte neurológico, que acostumbran a ser generalistas e imprecisos y que revelan la falta de información o la insalubridad de las fuentes de las que se alimentan. Parece ser que saber que hay dos hemisferios, uno bueno o divertido y otro malo o aburrido, y que existe algo que se llama sistema límbico al que responsabilizar de las emociones, es suficiente base neurofuncional como para edificar sobre ella cualquier neuroteoría que se ponga a tiro. El mismo empeño para seguir esgrimiendo hasta el aburrimiento la manoseada importancia del hemisferio derecho en la creatividad humana sirve para seguir ignorando la importancia que, por ejemplo, juega el lóbulo frontal en la estimulación e inhibición de cualquier proceso cognitivo [o no cognitivo]; la existencia, localización y funciones de la amígdala cerebral o la influencia determinante de la cultura en la citoarquitectura de cada cerebro humano.

Por último y sabiendo que la ciencia está orientada a satisfacer no tan sólo el deseo de entender sino también el de controlar, resulta inquietante el avance de la neurociencia en aquellos ámbitos [neuromárketing, neuropolítica, etc] en los que el libre albedrío y la incertidumbre ante la respuesta esperada por parte de la personas es la única esperanza posible ante la manipulación más descarada. Algo de lo que ya nos advertía George Lakoff cuando nos hablaba sobre la utilización perversa que se hace en política de aquellos avances de la ciencia cognitiva aplicados a lo que piensan y cómo deciden las personas a la hora de votar. Sólo nos faltaba que se sirviera perfectamente aliñado el funcionamiento, impresionabilidad y plasticidad de nuestros cerebros a la ciega ambición e irresponsabilidad de aquellos que dicen gobernar nuestro futuro y estar al servicio de nuestras necesidades.

Pero ante el progreso ya se sabe que lo único posible es verlas venir…


sábado, 26 de mayo de 2012

A la altura de las expectativas

Sigue tan vigente como en el primer día aquella teoría enunciada por Douglas McGregor, allá por los años 60, y que se resume en la necesidad de huir del triste enfoque directivo basado en que en la naturaleza de las personas anida, de manera espontanea y natural, la tendencia al escaqueo y de que no puede concebirse otro motivo por el que la mayoría de los mortales arrimaría el hombro que el de obtener a cambio una ganancia al margen de la satisfacción por la calidad, resultado o implicaciones derivadas del trabajo realizado.

Por mucho que se avance en el planteamiento de modelos de liderazgo basados en la confianza, la capacidad y la buena disposición de las personas, a la hora de la verdad y de manera más o menos evidente, éstas son “gestionadas” como si la única vinculación posible con la organización fuera la del mercenariato más desapegado.

Resulta casi una obviedad que las políticas de recursos humanos escoran peligrosamente del lado de los “recursos” y de que el calificativo de “humanos” se emite desde la perspectiva gulliveriana de quien, con más o menos convicción, intenta conciliar los intereses de la organización con los de unos personajes que se mueven por razones prosaicas y ajenas a cualquier motivo que no sea el de obtener un beneficio tangible y relacionado siempre con intereses propios e indiferentes a los propósitos más elevados de la empresa.

Sea como fuere, cada vez que se trata de incorporar a las personas a proyectos o tareas que sean distintos o que trasciendan a las responsabilidades que tienen asignadas, se desarrolla de manera automática y paralela una reflexión dirigida a encontrar un modo con el que remunerarlas partiendo del acuerdo tácito de que ésta es la única manera por la que alguien accedería a hacer algo que difiera [o fuera un añadido] de lo que ya tiene contratado.

La idea de que para muchas personas es motivo suficiente participar de manera voluntaria en un proyecto o llevar a cabo una actuación que se entienda como interesante o necesaria, no suele inspirar muchos de nuestros escenarios directivos en los que revolotea, solitaria, la necesidad de encontrar aquella partida de zanahorias que estén a mejor precio o que se pueda pagar.

Es difícil encontrar una sola causa a este fenómeno. En un principio se puede llegar a pensar que esta filosofía se deriva de una proyección de los propios valores hacia los demás, pero también pudiera ser lo contrario y que se tratase más bien de una concepción “del otro” como alguien “ajeno” y con una concepción distinta del trabajo, ya que no es extraño que se dé el caso de que aquellas personas que esgrimen esa manera de proceder accedan frecuentemente a arrimar el hombro sin esperar contrapartida en aquellas situaciones en las que se cree necesario.

Tampoco es extraño deducir de este tipo de actitudes otros factores como pueden serlo el temor a que invitar a la colaboración exude un malestar organizativo que se intuye y se prefiere mantener subterráneamente o evitar aquello tan temido como generar expectativas a que una implicación en el proyecto por el propio proyecto suponga, como mínimo, incluir aquellos cambios y aportaciones que se puedan sugerir.

Sea como sea y por lo que sea, el peligro de todo esto radica en que las personas suelen estar a la altura de lo que se espera realmente de ellas, que al final uno sólo puede aspirar a obtener aquello que realmente está pidiendo y que, a la larga [o no tan larga] este tipo de expectativas desembocan en culturas corporativas acostumbradas a un tipo determinado de transacción y poco tolerantes a maneras distintas de actuar… vaya, un pez que se muerde la cola…


domingo, 20 de mayo de 2012

Las Nieblas de Ávalon

Aquellos que me conocen bien saben que, en mi, hubo un antes y un después a partir de Las Nieblas de Avalon, una obra que más allá de un entretenimiento bibliográfico fue como una inmersión bautismal y el emerger en algo muy íntimo que reconocí al instante como aquello que sin saber había estado buscando.

El argumento es muy conocido, corre el siglo VI d.c., las legiones han acudido a defender a una Roma moribunda y han dejado a la Britania celta a merced de las hostilidades de los anglos, jutos y sajones, los cuales buscan, sin cortarse un pelo, nuevos territorios donde establecerse.

Dividida entre una población romanizada que ha abrazado el cristianismo y una población que se mantiene en sus antiguas creencias y costumbres, Britania requiere urgentemente de un rey que pueda serlo de todos y, en consecuencia, reinar desde y para ambos sistemas de creencias. Y es aquí que surge la figura del rey Arturo en torno a la cual se hilará todo el argumento de esta novela que, aunque se apoye en la conocida historia, dejará las gestas y las batallas en un muy discreto segundo plano y captará toda la atención hacia la colisión y las trágicas consecuencias del enfrentamiento entre el cristianismo celoso, exclusivo y colonizador de la época y la antigua religión de la Diosa de claro corte telúrico y nítidamente orientada a armonizar la propia existencia con los ciclos naturales de la vida. No hay cascos, ni armaduras relucientes, ni fabulosos torneos en esta novela, no los hay ni se echan de menos.

Hay quien dice que Las Nieblas de Avalon es la historia del Rey Arturo escrita desde el punto de vista de las mujeres que aparecen en ella, pero yo diría que es más bien la historia de Morgana, su siniestra hermana, la cual logra deshacerse de las vestimentas de bruja, con las que ha sido tradicionalmente descrita por los clérigos medievales, para pasar a vestirse con los hábitos sagrados de una sacerdotisa de la Diosa y sucesora natural de la venerada Señora del Lago.

A diferencia de las grandes religiones soportadas a partir de fabulosas historias y normas contenidas en imponentes textos, la sola mención de la Diosa, entendida como la Vida que emana libre de los poros de la Tierra, pulsa una cuerda interior haciéndola vibrar de tal manera que la propia espiritualidad se funde con la misma alegría de ser y donde uno agradece y ama hasta el mínimo pliegue de la vida que está viviendo.

Éste es el efecto que causó en mí la lectura de Las Nieblas de Avalon y es por esto por lo que la considero una de aquellas obras “portal”, capaz de transportar a otro plano en el que es posible seguir existiendo, un manto en el que envolverse y liberarse de aquellos harapos tenebrosos y culpabilizantes con los que algunos crecimos.

The Last Sleep of Artur in Avalon [Edward Burne-Jones]

Tenía veintisiete años cuando, en uno de los primeros encuentros científicos de la Sociedad Catalana de Neuropsicología, mientras me hallaba cenando y hablando apasionadamente sobre alguna de las novelas del ciclo artúrico de Chrétien de Troyes, el Dr. Olivella, por entonces uno de mis referentes principales, haciéndose eco de mi entusiasmo me preguntó: ¿Conoces The Mists of Avalon?

Al poco me encontré envuelto en esas nieblas:

Habla Morgana

“En mis tiempos me llamaron muchas cosas: hermana, amante, sacerdotisa, hechicera, reina. Ahora, ciertamente me he tornado en hechicera y acaso llegue el momento en el que sea necesario que estas cosas se conozcan. Pero, bien mirado, creo que serán los cristianos quienes digan la última palabra. Perpetuamente se separa el mundo de las Hadas de aquel en el que Cristo gobierna. Nada tengo contra Cristo sino contra sus sacerdotes, que consideran a la Gran Diosa como a un demonio y niegan que alguna vez tuviera poder sobre este mundo. Cuanto más, declaran que su poder proviene de Satán…”

“Hubo un tiempo en el que un viajero, teniendo voluntad y conociendo sólo algunos secretos, podía adentrar su barca en el Mar Estival y arribar, no al Glastonbury de los monjes, sino a la Sagrada Isla de Avalon. Porque en aquel tiempo las puertas de los mundos se difuminaban entre las nieblas y se abrían, una a otra, cuando el viajero poseía la intención y la voluntad. Pues éste es el gran secreto que era conocido por todas las mujeres y hombres cultos de nuestra época: basándonos en nuestro pensamiento, creamos el mundo que nos rodea, diariamente renovado”

lunes, 14 de mayo de 2012

La proyección del propio valor

Desde que tengo memoria laboral, en muchos de los entornos organizativos que he conocido ha planeado la sombra omnipotente del mito de la polivalencia. Me refiero por polivalencia a aquella capacidad del profesional de hacer lo que sea que se le encomiende o se proponga por estar en posesión de las competencias necesarias como para hacerlo y le llamo mito porque en mi experiencia [que ya va siendo dilatada por una cuestión de edad…] no he conocido absolutamente a nadie que encaje decentemente en este perfil.

Actualmente, y acentuado por la liquidez de estos tiempos que ya va siendo aceitosa por aquello de que no hay donde agarrarse para no patinar y mantener la vertical, el mito de la polivalencia ha atravesado las paredes de las organizaciones para instalarse entre las condiciones pretendidamente más codiciadas de cualquier currículum que quiera captar la atención del agonizante mercado de trabajo actual. Y es que no hay nada como perseguir un mito para poder descartar al más flamante de los candidatos y así seguir suspirando por aquél que no llegará jamás. Una más de aquellas extrañas manifestaciones, ésta del buscar para no encontrar y así seguir buscando eternamente, que han singularizado al comportamiento humano a lo largo de los tiempos sin ningún indicio de estupefacción por parte de nadie.

Ironías aparte, no me inclino por la polivalencia del profesional ni antes, ni ahora y ni dentro, ni fuera de nuestras organizaciones ya que, de alguna manera, siempre me ha parecido que aquello que ha de servir para todo, realmente, no sirve bien a nada.

Y es que se mire como se mire, tanto la polivalencia como la especialidad más cerrada son los dos extremos de un continuum en el que ambas acaban coincidiendo y abrazándose por adolecer de sendas incapacidades que las hermanan: la una en la torpeza por apreciar ciertos detalles con la consideración que pueden merecer y la otra por la irritante miopía ante la influencia que tiene el todo en cada una de las partes.

Lo que nos ha hecho falta siempre, y ahora más que nunca, es la habilidad del profesional para ponerse en valor y proyectar su saber hacer desde donde se encuentra a cualquier punto de la organización, nada más y nada menos que la capacidad y la predisposición de sumar su perspectiva a cualquiera de los puntos de vista que la organización despliega en su entorno [añadiendo valor a lo que ofrece] y hacia su interno [en la lubricación de sus mecanismos y en la fluidificación de sus dinámicas de trabajo].

¿Qué puedo aportar yo, desde donde estoy, aquí o allá? Debería ser la pregunta en la boca de cualquiera, en cualquier organización y desde cualquier rincón de su estructura. Algo difícil todavía en un mundo que persigue, en la licuefacción de los rasgos profesionales de cada uno, huir de la rigidez acartonada y sepia del taylorismo más especializado y donde muchas personas buscan todavía un rincón en la organización que poder parcelar y mantener al margen de los demás.

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Este post es fruto de una reflexión personal en torno al diseño y estructuración de una nueva organización que está surgiendo como resultado de la fusión de otras cuatro. La elaboración de su futura cartera de servicios permitió contextualizar a cada profesional en el nuevo marco organizativo e imaginar el valor de sus posibles aportaciones al conjunto de actividades a desarrollar por la nueva entidad.