“Una sola certeza, la presencia de mis alumnos depende estrechamente de la mía: de mi presencia en la clase entera y en cada individuo en particular, de mi presencia también en mi materia, de mi presencia física, intelectual y mental…” [Mal de escuela: Daniel Pennac]
Hace ya veintiocho años que hice mías y apliqué a mi práctica docente el aprender a aprender o el aprender haciendo y nunca he albergado duda alguna sobre la potencia que el debatir, manipular o construir puede tener sobre muchos aprendizajes.
Aprender mediante la práctica progresiva, guiada y modelada está en la base del aprendizaje de la mayoría de los oficios y de muchas [por no decir, todas] tareas que se llevan a cabo en un puesto de trabajo. Y quizás sea esto, la necesidad de dar al aprendizaje una forma tridimensional en nuestro cerebro, lo que lleva a interiorizarlo aplicando en ello todos los sentidos.
En cuanto a la importancia que tiene el trabajo en grupo y el debate para cocinar el aprendizaje junto a la diversidad de pensamientos, puntos de vista y experiencias de los participantes, ha sido una de mis máximas a lo largo de mi vida profesional, no tanto por la influencia que ejerce el hecho de que suela exigirse que aquella formación a la que me dedico sea “práctica”, entendiéndose por ello el que “hagan algo en el aula”, sino porque la tipología de participantes que suele asistir a mis cursos, talleres o charlas, tienen un bagaje experiencial tal que sería un verdadero derroche no tenerlo en cuenta y del que merece la pena asumir el rol de quien enciende la mecha para beneficiarme, junto a todos, de la explosión que normalmente suele seguir a continuación.
Pero hoy no he venido aquí para hablar de las excelencias del “aprender haciendo”, del “aprender compartiendo”, de los trabajos en grupo, de los debates plenarios o del e-learning, no. Sino que asisto para defender el lugar que una vez tuvo la “exposición oral” entre las metodologías docentes para favorecer el aprendizaje. Un lugar que no pocas veces es ocupado por dinámicas sinsentido que buscan evitar el rollo soporífero e hipnótico de quien seguramente tampoco sabe exponer o quizás, sencillamente, tan sólo no sabe.
Una sobrevaloración del trabajo en grupo en el aula ha llevado a que, por regla general, muchos gestores de formación hayan decidido que un tanto por ciento muy importante del tiempo de una sesión presencial deba dedicarse, independientemente de los objetivos formativos, a alguna actividad práctica que arranque al participante de la obnubilación, estupor o coma en la que se le supone, sin lugar a dudas, instalado al poco de cualquier exposición.
Lejos de ser compartida, esta posición choca con las expectativas de algunos participantes, ya que, así como hay quien lee recogido en sí mismo para trasladarse individualmente a aquellos escenarios o situaciones que se desarrollan en un libro sin necesidad de leer en voz alta o de compartir impresiones en un grupo de lectura, hay también quien tan sólo busca en algunos talleres aquello que alguien puede decirle y no persigue en la formación otra cosa que atender a un conocimiento experto que le interesa y que seguramente ha supuesto más esfuerzo en adquirirse que el tiempo que se emplea en transferirlo.
Sostengo que una exposición bien hecha está a la altura de la mejor de las dinámicas participativas y requiere, como en estas últimas, de la capacidad necesaria para llevarla a cabo. Esa capacidad no se refiere tan sólo al conocimiento experto que se exige para hablar sobre un tema sino a la capacidad de hilar el discurso y expresarlo en un relato orientado a convocar y capturar la presencia de cada participante.
Es este objetivo, el de capturar la presencia del participante y evitar que levite hasta perderse en la estela de problemas o preocupaciones que suele seguirle, lo que convierte a la exposición en quizás una de la técnicas más difíciles de llevar a cabo, ya que exige, por parte del docente, exponerse y expulsar del escenario mesas, sillas, atriles o cualquier objeto material o imaginado capaz de interponerse entre el diálogo que debe establecer con cada una de las personas a las que se dirige; echar mano y dominar aquellos ingredientes lingüísticos y paralingüísticos capaces de desplegar un discurso narrativo con una potencia visual similar a la de un cuento bien explicado y, quizás lo más difícil, entregarse con la pasión suficiente como para sujetar los cabos emocionales de aquellos que le escuchan.
Ahí radica su secreto, su dificultad y quizás la clave que explica muchas de las suspicacias que todavía despierta, ya que se ha demostrado sobradas veces que “enseñar”, por sí sólo, no comporta necesariamente que alguien aprenda.
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Fotografía de [cumClavis]





