lunes, 17 de julio de 2023

La importancia de la contemplación en la gestión del desconocimiento


A cuanta más información, más evidente se hace la magnitud de lo que se ignora, inevitablemente cada hito de conocimiento proyecta una sombra en la que se ocultan determinantes, causas y consecuencias que se desconocen; Omnia exeunt in mysterium” advertía Arthur Machen a través de uno de sus personajes en Los tres impostores, que viene a significar que todas las ramas del saber humano, una vez rastreadas hasta sus fuentes y principios finales, se desvanecen en el misterio.

En pleno apogeo de la transferencia y gestión del conocimiento, algunas organizaciones, equipos y personas se resisten a acomodarse en el espejismo de certeza que genera el conocimiento experto acumulado y, son más conscientes de la necesidad de minimizar el riesgo de lo que se desconoce y que se hace, cada vez, más evidente ante la incapacidad de prever las variables que determinan el futuro más inmediato en cualquiera de sus planos, desde el social al personal.

Encomendarse sólo al conocimiento y a lo aprendido con la experiencia no es suficiente, e ignorarlo puede llegar a ser, incluso, contraproducente para comprender el mundo en el que se vive y armonizarse con él; es necesario desarrollar actitudes, habilidades y mecanismos nuevos para evolucionar en un entorno donde conocimiento y desconocimiento son las dos caras de una misma moneda.

Es fácil decirlo, pero el reto es complicado, todo nuestro sistema gira en torno al saber y el conocimiento experto, desconfiando de todo aquello que no responda a algo comprobado y que genere una pauta que permita establecer respuestas previsibles. La manera de abordar el futuro es creando modelos que permitan realizar pronósticos y reivindicando la acción transformadora del entorno mediante el establecimiento de objetivos, tal y como describe François Jullien cuando compara la manera occidental de abordar la incertidumbre frente al pensamiento chino capaz de inducir "transformaciones silenciosas" apoyándose en el potencial que ofrece cada situación.

Todo lo que no sea así, lo que suponga admitir desconocimiento, genera incomodidad y mala fama para quien lo haga; tristemente, la expresión “misterio” de Machen, a la que nos referíamos al principio, es demasiado misteriosa como para ser tomada en serio. La relación con nuestro entorno es instrumental, ya sea para nutrir nuestra productividad, como para ocupar nuestros espacios de ocio; miramos lo que nos rodea esperando encontrar lo que necesitamos, ya sea un recurso o una respuesta a nuestras dudas. Todo aquello que no vemos no puede responder a estas necesidades y no existe.

Pero no es así, gestionar el desconocimiento supone en primer lugar esto, admitir que cada luz proyecta sus sombras y no vemos todo lo que hay, pero no verlo no supone necesariamente que no exista y que no influya en la dinámica de los acontecimientos.

En segundo lugar, gestionar el desconocimiento supone cambiar la relación con un entorno que sospechamos más complejo y que exige una visión del mundo que no obedezca tan sólo a lo que queremos o estamos dispuestos a ver, es necesario contener la mirada y el afán de encontrar para poder “contemplar”.

Mirar y contemplar son dos acciones muy distintas. Mirar es acercar el ojo a las cosas, implica un querer ver, poner foco, hay una intención de observar o encontrar algo en concreto ahí donde se proyecta la mirada.

Mirar permite analizar, profundizar, delimitar, comparar, definir o encontrar. Cuando buscamos miramos con la intención de distinguir y detectar aquello que queremos ver, con lo que, de alguna manera, mirar implica tener una idea previa de lo que queremos encontrar o, si no sabemos exactamente el qué, de detectar alguna cosa que resalte especialmente del conjunto; si buscamos a alguien entre la multitud, por ejemplo, es muy posible que no nos detengamos en nadie y obviemos a cualquiera que no encaje en el patrón de quien estamos buscando.

Contemplar, sin embargo, es acercar las cosas a los ojos ya que, a diferencia del mirar, no se focaliza la atención, no se dirige hacia ningún lugar, no hay intención de encontrar ni se busca nada en concreto, la atención permanece inactiva, receptiva, impregnándose de todo lo que hay, sin distinción. El propósito de la contemplación es dejarse impresionar por todo aquello que se halla en el campo de visión, sin establecer prioridades, sin ninguna ansia de aprehender, de quedarse con nada.

Así pues, mirar reduce la realidad a lo que se mira, permite encontrar o profundizar en algo pero invisibiliza el resto. En cambio, contemplar revela el mundo al abasto de nuestra percepción y permite descubrir aquello que mirando desconocíamos.

La clave se halla en la intención, cuando se mira siempre existe una intención clara que es la que dirige la mirada, existe un sujeto y un objeto. En cambio, para que la contemplación sea tal, no debe haber ninguna intención, no hay objetivo, es una acción que no persigue nada, de hecho, se trata de inacción, el sujeto desaparece para fundirse y ser un todo con el objeto. Hablando sobre la vida contemplativa, Byung Chul Han aconseja: 

“Frena, no hagas nada, escucha, es más, no esperes nada. Verás que algo pasa, empezarás a hacer cosas, pero por gusto, sin ninguna utilidad, “para nada”. “Solo la inactividad nos inicia en el misterio de la vida”

En el marco utilitarista de nuestra sociedad, donde sólo tiene sentido y se otorga valor a aquello que tiene un propósito claro y persigue un resultado concreto que se traduzca en algo medible y útil; la contemplación no es algo sencillo, ni bien visto, a lo sumo se asocia con un paseo ocioso por el campo con la clara intención de disfrutar de unas bonitas vistas, si no, ¿para qué? 

Gestionar el desconocimiento pone en cuestión este marco de pensamiento y exige abrirlo a otra manera de relacionarse con el entorno, una manera contemplativa, algo que no es nuevo, que ya se hallaba en el acervo de nuestra sabiduría clásica, tanto la asiática como la grecorromana y que ha sido enterrada bajo capas y capas de utilitarismo y productividad industrial. Sólo debemos tomar la decisión de si queremos y estamos dispuestos a invertir nuestro tiempo y nuestro ego en desenterrarla y aprender a contemplar, algo complicado, como sentencia también Han:

Todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y a solas en una habitación”

 

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Imagen de Chucksink en Pixabay

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